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La santidad
El gran
secreto de la santidad se reduce a parecerse más y más a El, que es el
único y amable Modelo.
Forja, 752
Vosotros y yo formamos parte de la familia de Cristo, porque El mismo nos
escogió antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin
mancha en su presencia por la caridad, habiéndonos predestinado como hijos
adoptivos por Jesucristo, a gloria suya, por puro efecto de su buena
voluntad (Eph I, 4-5). Esta elección gratuita, que hemos recibido del
Señor, nos marca un fin bien determinado: la santidad personal, como nos
lo repite insistentemente San Pablo: hæc est voluntas Dei: sanctificatio
vestra (1 Thes IV, 3), ésta es la Voluntad de Dios: vuestra santificación.
No lo olvidemos, por tanto: estamos en el redil del Maestro, para
conquistar esa cima.
Amigos de Dios, 2
Así como el clamor del océano se compone del ruido de cada una de las
olas, así la santidad de vuestro apostolado se compone de las virtudes
personales de cada uno de vosotros.
Camino, 960
La santidad está compuesta de heroísmos. —Por tanto, en el trabajo se nos
pide el heroísmo de "acabar" bien las tareas que nos corresponden, día
tras día, aunque se repitan las mismas ocupaciones. Si no, ¡no queremos
ser santos!
Surco, 529
La santidad "grande" está en cumplir los "deberes pequeños" de cada
instante.
Camino, 817
La santidad personal no es una entelequia, sino una realidad precisa,
divina y humana, que se manifiesta constantemente en hechos diarios de
Amor.
Forja, 440
Ciertamente se trata de un objetivo elevado y arduo. Pero no me perdáis de
vista que el santo no nace: se forja en el continuo juego de la gracia
divina y de la correspondencia humana. Todo lo que se desarrolla —advierte
uno de los escritores cristianos de los primeros siglos, refiriéndose a la
unión con Dios—, comienza por ser pequeño. Es al alimentarse gradualmente
como, con constantes progresos, llega a hacerse grande. Por eso te digo
que, si deseas portarte como un cristiano consecuente —sé que estás
dispuesto, aunque tantas veces te cueste vencer o tirar hacia arriba con
este pobre cuerpo—, has de poner un cuidado extremo en los detalles más
nimios, porque la santidad que Nuestro Señor te exige se alcanza
cumpliendo con amor de Dios el trabajo, las obligaciones de cada día, que
casi siempre se componen de realidades menudas.
Amigos de Dios, 7
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