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El Matrimonio
Dignidad
y grandeza
El matrimonio está hecho para que los que lo contraen se santifiquen en
él, y santifiquen a través de él: para eso los cónyuges tienen una gracia
especial, que confiere el sacramento instituido por Jesucristo. Quien es
llamado al estado matrimonial, encuentra en ese estado —con la gracia de
Dios— todo lo necesario para ser santo, para identificarse cada día más
con Jesucristo, y para llevar hacia el Señor a las personas con las que
convive.
Conversaciones, 91
Sacramento grande
El amor puro y limpio de los esposos es una realidad santa que yo, como
sacerdote, bendigo con las dos manos. La tradición cristiana ha visto
frecuentemente, en la presencia de Jesucristo en las bodas de Caná, una
confirmación del valor divino del matrimonio: fue nuestro Salvador a
las bodas —escribe San Cirilo de Alejandría— para santificar el
principio de la generación humana.
Es Cristo que pasa, 24
Fusión de almas y cuerpos
El matrimonio es un sacramento que hace de dos cuerpos una sola carne;
como dice con expresión fuerte la teología, son los cuerpos mismos de los
contrayentes su materia. El Señor santifica y bendice el amor del marido
hacia la mujer y el de la mujer hacia el marido: ha dispuesto no sólo la
fusión de sus almas, sino la de sus cuerpos. Ningún cristiano, esté o no
llamado a la vida matrimonial, puede desestimarla.
Es Cristo que pasa, 24
Formar un hogar
Los esposos cristianos han de ser conscientes de que están llamados a
santificarse santificando, de que están llamados a ser apóstoles, y de que
su primer apostolado está en el hogar. Deben comprender la obra
sobrenatural que implica la fundación de una familia, la educación de los
hijos, la irradiación cristiana en la sociedad. De esta conciencia de la
propia misión dependen en gran parte la eficacia y el éxito de su vida: su
felicidad.
Conversaciones, 91
Colaborar con Dios
Es importante que los esposos adquieran sentido claro de la dignidad de su
vocación, que sepan que han sido llamados por Dios a llegar al amor divino
también a través del amor humano; que han sido elegidos, desde la
eternidad, para cooperar con el poder creador de Dios en la procreación y
después en la educación de los hijos; que el Señor les pide que hagan, de
su hogar y de su vida familiar entera, un testimonio de todas las virtudes
cristianas.
Conversaciones, 93
Fidelidad como tarea
¿Matrimonio a prueba? ¡Qué poco sabe de amor quien habla así! El amor es
una realidad más segura, más real, más humana. Algo que no se puede tratar
como un producto comercial, que se experimenta y se acepta luego o se
desecha, según el capricho, la comodidad o el interés.
Esa falta de criterio es tan lamentable, que ni siquiera parece preciso
condenar a quienes piensan u obran así, porque ellos mismos se condenan a
la infecundidad, a la tristeza, a un aislamiento desolador, que padecerán
cuando pasen apenas unos años. No puedo dejar de rezar mucho por ellos,
amarlos con toda mi alma, y tratar de hacerles comprender que siguen
teniendo abierto el camino del regreso a Jesucristo: que podrán ser
santos, cristianos íntegros, si se empeñan, porque no les faltará ni el
perdón ni la gracia del Señor. Sólo entonces comprenderán bien lo que es
el amor: el Amor divino, y también el amor humano noble; y sabrán lo que
es la paz, la alegría, la fecundidad.
Conversaciones, 105
Una conquista mutua
Para que en el matrimonio se conserve la ilusión de los comienzos, la
mujer debe tratar de conquistar a su marido cada día; y lo mismo habría
que decir al marido con respecto a su mujer. El amor debe ser recuperado
en cada nueva jornada, y el amor se gana con sacrificio, con sonrisas y
con picardía también.
Conversaciones, 107
Dedicar tiempo y empeño
Por eso, me atrevo a afirmar que las mujeres tienen la culpa del ochenta
por ciento de las infidelidades de los maridos, porque no saben
conquistarlos cada día, no saben tener detalles amables, delicados. La
atención de la mujer casada debe centrarse en el marido y en los hijos.
Como la del marido debe centrarse en su mujer y en sus hijos. Y a esto hay
que dedicar tiempo y empeño, para acertar, para hacerlo bien. Todo lo que
haga imposible esta tarea, es malo, no va.
Conversaciones, 107
Virtudes de la convivencia
Los matrimonios tienen gracia de estado —la gracia del sacramento— para
vivir todas las virtudes humanas y cristianas de la convivencia: la
comprensión, el buen humor, la paciencia, el perdón, la delicadeza en el
trato mutuo. Lo importante es que no se abandonen, que no dejen que les
domine el nerviosismo, el orgullo o las manías personales. Para eso, el
marido y la mujer deben crecer en vida interior y aprender de la Sagrada
Familia a vivir con finura —por un motivo humano y sobrenatural a la vez—
las virtudes del hogar cristiano. Repito: la gracia de Dios no les falta.
Conversaciones, 108
La soberbia, el gran enemigo
Evitad la soberbia, que es el mayor enemigo de vuestro trato conyugal: en
vuestras pequeñas reyertas, ninguno de los dos tiene razón. El que está
más sereno ha de decir una palabra, que contenga el mal humor hasta más
tarde. Y más tarde —a solas— reñid, que ya haréis en seguida las paces.
Es Cristo que pasa, 26
Donación recíproca
Amar es... no albergar más que un solo pensamiento, vivir para la persona
amada, no pertenecerse, estar sometido venturosa y libremente, con el alma
y el corazón, a una voluntad ajena... y a la vez propia.
Surco, 797
Secretos del corazón
Las personas, cuando tienen el corazón muy pequeño, parece que guardan sus
afanes en un cajón pobre y apartado.
Surco, 802
Alguno ha comparado el corazón a un molino, que se mueve por el viento del
amor, de la pasión...
Efectivamente, ese "molino" puede moler trigo, cebada, estiércol...
—¡Depende de nosotros!
Surco, 811
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