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El dolor
Yo te voy a decir cuáles son
los tesoros del hombre en la tierra para que no los desperdicies: hambre,
sed, calor, frío, dolor, deshonra, pobreza, soledad, traición, calumnia,
cárcel...
Camino, 194
La respuesta definitiva
Ante esas pesadumbres, el cristiano sólo tiene una respuesta auténtica,
una respuesta que es definitiva: Cristo en la Cruz, Dios que sufre y que
muere, Dios que nos entrega su Corazón, que una lanza abrió por amor a
todos. Nuestro Señor abomina de las injusticias, y condena al que las
comete. Pero, como respeta la libertad de cada individuo, permite que las
haya. Dios Nuestro Señor no causa el dolor de las criaturas, pero lo
tolera porque —después del pecado original— forma parte de la condición
humana. Sin embargo, su Corazón lleno de Amor por los hombres le hizo
cargar sobre sí, con la Cruz, todas esas torturas: nuestro sufrimiento,
nuestra tristeza, nuestra angustia, nuestra hambre y sed de justicia.
Es Cristo que pasa, 168
Las aflicciones unen a Cristo
Si —ante la realidad del sufrimiento— sentís alguna vez que vacila vuestra
alma, el remedio es mirar a Cristo. La escena del Calvario proclama a
todos que las aflicciones han de ser santificadas, si vivimos unidos a la
Cruz.
Porque las tribulaciones nuestras, cristianamente vividas, se convierten
en reparación, en desagravio, en participación en el destino y en la vida
de Jesús, que voluntariamente experimentó por Amor a los hombres toda la
gama del dolor, todo tipo de tormentos. Nació, vivió y murió pobre; fue
atacado, insultado, difamado, calumniado y condenado injustamente; conoció
la traición y el abandono de los discípulos; experimentó la soledad y las
amarguras del castigo y de la muerte. Ahora mismo Cristo sigue sufriendo
en sus miembros, en la humanidad entera que puebla la tierra, y de la que
Él es Cabeza, y Primogénito, y Redentor.
Es Cristo que pasa, 168
Cursar la asignatura del dolor
Todo un programa, para cursar con aprovechamiento la asignatura del dolor,
nos da el Apóstol: “spe gaudentes” —por la esperanza, contentos, “in
tribulatione patientes” —sufridos, en la tribulación, “orationi
instantes” —en la oración, continuos.
Camino, 209
Une el dolor —la Cruz exterior o interior— con la Voluntad de Dios, por
medio de un “fiat!” generoso, y te llenarás de gozo y de paz.
Forja, 771
Bendito sea el dolor. —Amado sea el dolor. —Santificado sea el dolor...
¡Glorificado sea el dolor!
Camino, 208
Sufrir con alegría
Si unimos nuestras pequeñeces —las insignificantes y las grandes
contradicciones— a los grandes sufrimientos del Señor, Víctima —¡la única
Víctima es El!—, aumentará su valor, se harán un tesoro y, entonces,
tomaremos a gusto, con garbo, la Cruz de Cristo.
—Y no habrá así pena que no se venza con rapidez; y no habrá nada ni nadie
que nos quite la paz y la alegría.
Forja, 785
Ante el dolor ajeno
No pases indiferente ante el dolor ajeno. Esa persona —un pariente, un
amigo, un colega..., ése que no conoces— es tu hermano.
—Acuérdate de lo que relata el Evangelio y que tantas veces has leído con
pena: ni siquiera los parientes de Jesús se fiaban de El. —Procura que la
escena no se repita.
Surco, 251
Con la ayuda de María
Admira la reciedumbre de Santa María: al pie de la Cruz, con el mayor
dolor humano —no hay dolor como su dolor—, llena de fortaleza.
—Y pídele de esa reciedumbre, para que sepas también estar junto a la
Cruz.
Camino, 508
No estás solo. —Ni tú ni yo podemos encontrarnos solos. Y menos, si vamos
a Jesús por María, pues es una Madre que nunca nos abandonará.
Forja, 249
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