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Amar a la Iglesia
¡Qué
alegría, poder decir con todas las veras de mi alma: amo a mi Madre la
Iglesia santa!
Camino, 518
Querría —ayúdame con tu oración— que, en la Iglesia Santa, todos nos
sintiéramos miembros de un solo cuerpo, como nos pide el Apóstol; y que
viviéramos a fondo, sin indiferencias, las alegrías, las tribulaciones, la
expansión de nuestra Madre, una, santa, católica, apostólica, romana.
Querría que viviésemos la identidad de unos con otros, y de todos con
Cristo.
Forja, 630
Pide a Dios que en la Iglesia Santa, nuestra Madre, los corazones de
todos, como en la primitiva cristiandad, sean un mismo corazón, para que
hasta el final de los siglos se cumplan de verdad las palabras de la
Escritura: «multitudinis autem credentium erat cor unum et anima una»
—la multitud de los fieles tenía un solo corazón y una sola alma.
—Te hablo muy seriamente: que por ti no se lesione esta unidad santa.
¡Llévalo a tu oración!
Forja, 632
Olvídate de ti mismo... Que tu ambición sea la de no vivir más que para
tus hermanos, para las almas, para la Iglesia; en una palabra, para Dios.
Surco, 630
Si no tienes veneración suma por el estado sacerdotal y el religioso, no
es cierto que ames a la Iglesia de Dios.
Camino, 526
Medítalo con frecuencia: ¡soy católico, hijo de la Iglesia de Cristo! El
me ha hecho nacer en un hogar “suyo”, sin ningún merecimiento de mi parte.
—¡Cuánto te debo, Dios mío!
Forja, 16
Ama, venera, reza, mortifícate —cada día con más cariño— por el Romano
Pontífice, piedra basilar de la Iglesia, que prolonga entre todos los
hombres, a lo largo de los siglos y hasta el fin de los tiempos, aquella
labor de santificación y gobierno que Jesús confió a Pedro.
Forja, 134
Jesús es el modelo: ¡imitémosle!
—Imitémosle, sirviendo a la Iglesia Santa y a todas las almas.
Forja, 138
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