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Enseñanzas
de
San Josemaría
Con algunos miembros del Opus
Dei en el Colegio Romano de la Santa Cruz
Hijos de Dios
«Todos
los hombres son hijos de Dios. Pero un hijo puede reaccionar, frente a su
padre, de muchas maneras. Hay que esforzarse por ser hijos que procuran
darse cuenta de que el Señor, al querernos como hijos, ha hecho que
vivamos en su casa, en medio de este mundo, que seamos de su familia, que
lo suyo sea nuestro y lo nuestro suyo, que tengamos esa familiaridad y
confianza con El que nos hace pedir, como el niño pequeño, ¡la luna!».
Un cristiano es un hijo de Dios, en virtud del bautismo. La paternidad de
Dios es una verdad revelada por Cristo en el Evangelio y forma parte
importante de la doctrina cristiana. Quiso Dios que en el alma de
Josemaría Escrivá de Balaguer se grabara esta verdad –ser en Cristo, hijo
de Dios- con gran intensidad en un momento concreto: «Aprendí a llamar
Padre, en el Padrenuestro, desde niño; pero sentir, ver, admirar ese
querer de Dios de que seamos hijos suyos..., en la calle y en un tranvía
–una hora, hora y media, no lo sé–; Abba, Pater! tenía que gritar».
De modo especial en los momentos y situaciones más dolorosas el cristiano
se sabe hijo de Dios: «Cuando el Señor me daba aquellos golpes, por el año
treinta y uno, yo no lo entendía. Y de pronto, en medio de aquella
amargura tan grande, esas palabras. Tú eres mi hijo, tú eres Cristo. Y yo
sólo sabía repetir: Abba, Pater!; Abba, Pater!; Abba!, Abba!, Abba!
Ahora lo veo con una luz nueva, como un nuevo descubrimiento: como se ve,
al pasar los años, la mano del Señor, de la Sabiduría divina, del
Todopoderoso. Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es
encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón –lo veo con más claridad
que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser
Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios».
La filiación divina así sentida lleva a conducirse de acuerdo con ella:
fomenta la confianza en la providencia divina, la sencillez en el trato
con Dios, un profundo sentido de la dignidad de todo ser humano y de la
fraternidad entre los hombres, un verdadero amor cristiano al mundo y a
las realidades creadas por Dios, la serenidad y el optimismo.
«Descansad en la filiación divina. Dios es un Padre lleno de ternura, de
infinito amor. Llámale Padre muchas veces al día, y dile -a solas, en tu
corazón- que le quieres, que le adoras: que sientes el orgullo y la fuerza
de ser hijo suyo. Supone un auténtico programa de vida interior, que hay
que canalizar a través de tus relaciones de piedad con Dios -pocas, pero
constantes, insisto-, que te permitirán adquirir los sentimientos y las
maneras de un buen hijo».
Para vivir como hijos de Dios y sostener el empeño por santificar las
ocupaciones ordinarias, los cristianos necesitan «la frecuencia de
Sacramentos, la meditación, el examen de conciencia, la lectura
espiritual, el trato asiduo con la Virgen Santísima y con los Angeles
custodios...». Además, para identificarse con Jesucristo, buscan la
penitencia que les lleva a ofrecer sacrificios y mortificaciones,
especialmente aquellas que facilitan el cumplimiento fiel del deber y
hacen la vida más agradable a los demás, así como la renuncia a pequeñas
satisfacciones, el ayuno y la limosna. «Fomenta tu espíritu de
mortificación en los detalles de caridad, con afán de hacer amable a todos
el camino de santidad en medio del mundo: una sonrisa puede ser, a veces,
la mejor muestra del espíritu de penitencia».
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