CONFERENCIAS CUARESMALES

AÑO 2009

 

 

 
La oración
viernes, 20 de marzo de 2009

( Conferencia )


El ayuno

sábado, 21 de marzo de 2009

( Conferencia )

 

La limosna

domingo, 22 de marzo de 2009

( Conferencia )

 

 

 

Por  Don Josemaría Monforte

 

 

 

 

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La oración

Josemaría Monforte

Conferencia cuaresmal en la Parroquia de san Josemaría Escrivá de Valencia, a las 20.00 del viernes 20 de enero de 2009

Introducción

Desde el Miércoles de Ceniza y durante toda la Cuaresma escuchamos y pronunciamos las palabras oración, ayuno y limosna. Estamos acostumbrados desde la niñez como cristianos a pensar en ellas como en obras piadosas y buenas que todos los bautizados hemos de procurar vivir en este tiempo de preparación a los misterios pascuales del Señor.

Tal modo de pensar es correcto, pero no completo. ¿Por qué? Pues porque la oración, la limosna y el ayuno requieren ser comprendidos más profundamente si queremos insertarlos más a fondo en nuestras vidas y no considerarlos —como decía Juan Pablo II— como «simples prácticas pasajeras, que exigen de nosotros sólo algo momentáneo o que sólo momentáneamente nos privan de algo» (Juan Pablo II, Catequesis, 14-II-1979).

El verdadero sentido y fuerza que tienen la oración, el ayuno y la limosna en el proceso de conversión a Dios es que nos hacen progresar en nuestra madurez espiritual. Ambas van unidas: nuestra maduración espiritual es fruto de la conversión a Dios; y también la conversión se realiza mediante la oración, ayuno y limosna, como medios para una maduración espiritual, un progreso interior.

La Cuaresma debe dejar una impronta fuerte e indeleble en nuestra vida. Debe renovar en nosotros la conciencia de nuestra unión con Jesucristo, quien nos hace ver la necesidad de la conversión y nos marca el camino para realizarla. La senda hacia la conversión pasa por la oración, el ayuno y la limosna.

Hoy vamos a comenzar por la oración, tratando de comprender en profundidad su significado. En los próximos días reflexionaremos también sobre el ayuno y la limosna. Las tres prácticas guardan una estrecha relación entre sí. Como escribía un Padre de la Iglesia: «Tres son, hermanos, los resortes que hacen que la fe se mantenga firme, la devoción sea constante, y la virtud permanente. Estos tres resortes son: la oración, el ayuno y la misericordia. Porque la oración llama, el ayuno intercede, la misericordia recibe. Oración, miericordia y ayuno constituyen una sola y única cosa, y se vitalizan recíprocamente. El ayuno, en efecto, es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Que nadie trate de dividirlos, pues no pueden separarse. Quien posee uno solo de los tres, si al mismo tiempo no posee a los otros, no posee ninguno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le suplica» (San Pedro Crisólogo Sermóbn 43; PL 52, 320. 322).

El consejo del apóstol Pablo

Y además otra novedad para este año. Como estamos viviendo el año paulino que ha establecido Benedicto XVI, trataré de mostrar estos caminos de conversión y acercamiento a Dios a través de las enseñanzas de san Pablo. Tal novedad nos permite descubrir las raíces veterotestamentarias de estas prácticas que Jesús en el Nuevo Testamento aconsejó como sendas certeras en el encuentro con Dios. Saulo el fariseo que conocía muy bien la oracón, el ayuno y la limosna, va a vivirlas después de su encuentro con el Resucitado en el camino de Damasco de un modo nuevo, no con los ojos de Moisés, sino con los ojos de Cristo.

«"Orad constantemente" (1 Ts 5, 17), "dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo" (Ef 5, 20), "siempre en oración y suplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos" (Ef 6, 18)."No nos ha sido prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente; pero sí tenemos una ley que nos manda orar sin cesar" (Evagrio, cap. pract. 49). Este ardor incansable no puede venir más que del amor. Contra nuestra inercia y nuestra pereza, el combate de la oración es el del amor humilde, confiado y perseverante. Este amor abre nuestros corazones a tres evidencias de fe, luminosas y vivificantes:

Orar es siempre posible: El tiempo del cristiano es el de Cristo resucitado que está "con nosotros, todos los días" (Mt 28, 20), cualesquiera que sean las tempestades (cf Lc 8, 24). Nuestro tiempo está en las manos de Dios: Es posible, incluso en el mercado o en un paseo solitario, hacer una frecuente y fervorosa oración. Sentados en vuestra tienda, comprando o vendiendo, o incluso haciendo la cocina (San Juan Crisóstomo, ecl.2).

Orar es una necesidad vital: si no nos dejamos llevar por el Espíritu caemos en la esclavitud del pecado (cf Ga 5, 16-25). ¿Cómo puede el Espíritu Santo ser "vida nuestra", si nuestro corazón está lejos de él? Nada vale como la oración: hace posible lo que es imposible, fácil lo que es difícil. Es imposible que el hombre que ora pueda pecar (San Juan Crisóstomo, Anna 4, 5). Quien ora se salva ciertamente, quien no ora se condena ciertamente (San Alfonso María de Ligorio, mez.).

Oración y vida cristiana son inseparables porque se trata del mismo amor y de la misma renuncia que procede del amor. La misma conformidad filial y amorosa al designio de amor del Padre. La misma unión transformante en el Espíritu Santo que nos conforma cada vez más con Cristo Jesús. El mismo amor a todos los hombres, ese amor con el cual Jesús nos ha amado. "Todo lo que pidáis al Padre en mi Nombre os lo concederá. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros" (Jn 15, 16-17). Ora continuamente el que une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos encontrar realizable el principio de la oración continua (Orígenes, or. 12)». (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2742-2745)

Cuando hacemos retiros o ejercicios espirituales, una de las meditaciones suele ser sobre la oración. Nos preguntamos no sólo por la cantidad, sino por la calidad de nuestra oración: con qué frecuencia rezamos y cómo dejamos que nuestra vida se deje configurar por la voluntad de Dios.

Nuestra oración puede ser de alabanza, de súplica, de acción de gracias, o también de obediencia en la fe, dejándonos llenar por Aquel que nos ama. Con cierta frecuencia oramos dando gracias a Dios por la vida, por las personas que conocemos, por su obra en nosotros. Pero, ¿damos gracias a Dios por el don de la fe? Seguro que conocemos a personas a las que les gustaría poder creer, pero no saben cómo. Personas que viven su relación con Dios como una tragedia a la que no saben dar una respuesta.

San Pablo dice en su Carta a los romanos que su intención era llegar a España. No lo sabemos con seguridad. Pero en cualquier caso podemos aventurar que el Evangelio efectivamente llegó hasta estas playas del Mediterráneo por medio de personas que, como Pablo, entendieron la llamada urgente a la misión. Dicho de otra forma, ¿agradecemos a Dios su amor por nosotros, que nos ha concedido no sólo poder vivir en su presencia, sino la gracia que supone el habernos revelado a su Hijo Jesús?

En el texto de los Hechos de los apóstoles, los sumos sacerdotes prohíben explícitamente anunciar «el nombre de ese». Ni siquiera pronuncian el nombre de Jesús, para que el desprecio sea mayor. Pero los apóstoles responden de forma magnífica: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Dicho de otra forma: si Dios nos ha concedido conocer a su Hijo, ¿cómo nos podemos callar? La fe se vive como don gratuito que nos reconcilia con el Dios de la Vida y del Amor, y no se puede vivir de otra manera. Cuando oramos no podemos olvidar a todas las personas, que generación tras generación, han transmitido en nuestra vida el don, maravilloso a la vez que sencillo, de la fe en Jesús el Señor: nuestros padres, nuestros catequistas, nuestros acompañantes en la fe...

El conocido libro El peregrino ruso se desarrolla tomando esta frase paulina —orate sine intermissione—como único argumento: ¿De verdad es posible rezar ininterrumpidamente? Es más, ¿es necesario? De una forma bella, el anónimo autor de esta obra nos va llevando por las estepas rusas de la mano de este peregrino que repite sin cesar: «Jesús, ten misericordia de mí».

Nosotros no sabemos a ciencia cierta qué quería decir san Pablo con esta afirmación. Podemos, al menos, rastrear otros textos en los que menciona la necesidad de la oración (aproximación externa desde sus escritos), pero podemos también argumentar desde su condición de «apóstol místico», desde el único centro que tenía, desde Cristo.

La oración en el Antiguo Testamento

Y ¿cómo era la oración en los tiempos de la Antigua Ley? Lo resumimos con el Compendio del Catecismo:

«¿En qué sentido Abraham es un modelo de oración?.- Abraham es un modelo de oración porque camina en la presencia de Dios, le escucha y obedece. Su oración es un combate de la fe porque, aún en los momentos de prueba, él continúa creyendo que Dios es fiel. Aún más, después de recibir en su propia tienda la visita del Señor que le confía sus designios, Abraham se atreve a interceder con audaz confianza por los pecadores.

¿Cómo oraba Moisés? La oración de Moisés es modelo de la oración contemplativa: Dios, que llama a Moisés desde la zarza ardiente, conversa frecuente y largamente con él «cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (Ex 33, 11). De esta intimidad con Dios, Moisés saca la fuerza para interceder con tenacidad a favor del pueblo; su oración prefigura así la intercesión del único mediador, Cristo Jesús.

¿Qué relaciones tienen en el Antiguo Testamento el templo y el rey con la oración?.- A la sombra de la morada de Dios –el Arca de la Alianza y más tarde el Templo – se desarrolla la oración del Pueblo de Dios bajo la guía de sus pastores. Entre ellos, David es el rey «según el corazón de Dios» (cf Hch 13, 22), el pastor que ora por su pueblo. Su oración es un modelo para la oración del pueblo, puesto que es adhesión a la promesa divina, y confianza plena de amor, en Aquél que es el solo Rey y Señor.

¿Qué papel desempeña la oración en la misión de los Profetas?.- Los Profetas sacan de la oración luz y fuerza para exhortar al pueblo a la fe y a la conversión del corazón: entran en una gran intimidad con Dios c interceden por los hermanos, a quienes anuncian cuanto han visto y oído del Señor. Elías es el padre de los Profetas, de aquellos que buscan el Rostro de Dios. En el monte Carmelo, obtiene el retomo del pueblo a la fe gracias a la intervención de Dios, al que Elías suplicó así: «¡Respóndeme, Señor, respóndeme!» (IR 18, 37).

  ¿Cuál es la importancia de los Salmos en la oración? Los Salmos son el vértice de la oración en el Antiguo Testamento: la Palabra de Dios se convierte en oración del hombre. Indisociable-mente individual y comunitaria, esta oración, inspirada por el Espíritu Santo, canta las maravillas de Dios en la Creación y en la historia de la salvación. Cristo ha orado con los Salmos y los ha llevado a su cumplimiento. Por esto, siguen siendo un elemento esencial y permanente de la oración de la Iglesia, que se adaptan a los hombres de toda condición y tiempo» (Catecismo de la Iglesia Católica. Compendio, nn. 536-540).

Jesús como modelo de oración

Jesús no sólo es para los cristianos el gran modelo de oración, sino que Él mismo enseña a sus discípulos a orar y da a su Iglesia la oración que hasta el fin de los tiempos, como oración del Señor, será su más propia y genuina oración.

En efecto, Jesús de Nazaret en su largo y programático discurso del Sermón de la Montaña, refiere estos actos de piedad usual en las costumbres judías, pero purificándola con dos consejos muy prácticos: uno, evitando al rezar exhibirse o presumir delante de los hombres; y otro, el no emplear muchas palabras dando una importancia exagerada a la locuacidad (como era frecuente entre los gentiles):

«5Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que son amigos de orar puestos de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para exhibirse delante de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. 6Tú, por el contrario, cuando te pogas a orar, entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre que ve en lo oculto, te recompensará. 7Y al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles, que se figuran que por su locuacidad van a ser escuchados. 8No seáis, pues, como ellos; porque bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis».

Y termina enseñándoles una oración que resume todo lo que hemos de pedir al Padre del Cielo: «9Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro, que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre; 10venga tu Reino; hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo. 11El pan nuestro de cada día dánosle hoy; 12y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; 13y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal». Y añade como colofón: «14Pues si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre Celestial. 15Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados» (Mt 6, 5-15).

El camino de la oración nos resulta más cercano y familiar que el ayuno y la limosna. Quizá comprendemos mejor que sin la oración es imposible convertirse a Dios y seguir al Señor Jesús; y que permanecer en unión con Él es senda de maduración espiritual. Seguro que entre los que ahora me oís tenéis una experiencia propia de la oración y que podéis hacer partícipes a los demás.

¿Como se aprende a rezar? Pues rezando. Así obró Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre: «y pasó la noche orando» (Lc 6,12); otro día «subió a un monte apartado a orar y, llegada la noche, estab allí sólo» (Mt 14,23). Antes de su Pasión y Muerte fue al Monte de los Olivos y animó a los Apóstoles a orar, y El mismo, puesto de rodillas, oraba. Lleno de angustía, oraba más intensamente (cfr Lc 22,39-46). Sólo una vez, le preguntaron los apóstoles: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11,1), les dió el contenido más sencillo y profundo de su oración: el Padrenuestro.

La misma Transfiguración de Jesús fue una experiencia de oración (cfr Lc 9,28-29). La oración, de hecho, alcanza su culmen, y por ello se convierte en luz interior, cuando el espíritu del hombre se adhiere al de Dios y sus voluntades se funden, como formando una sola cosa. Junto con el ayuno y las obras de misericordia, la oración conforma la estructura que rige nuestra vida espiritual.

Rasgos de la oración cristiana

Oración y filiación divina. Con la novedad inaudita para su tiempo de llamar «Padre» a Dios, Cristo trae también la nueva relación filial para con Dios, el Padre celestial, y crea así la condición esencial para la oración propiamente cristiana. El cristiano no sólo puede llamar Padre a Dios, sino que se ha hecho hijo suyo (cf. Jn 3,1). Como hijo del Padre celestial puede pedirlo todo (Mc 11,24).

Pedir en el nombre de Jesús.- En el Evangelio de Juan, este modo de orar se llama oración «en el nombre» de Jesús (Jn 14,13s; 15,16; 16,23.26). Pedir en su nombre significa, por su mandato, según su voluntad, y también invocando su nombre o, uniendo las dos cosas, en tal unión con Él, como se describe en el capítulo 15 del Evangelio de Juan. Al mismo modo de orar se refiere el Señor cuando, en la conversación con la samaritana, habla de la adoración en espíritu y en verdad (Jn 4,23.24). Con esta expresión no ha de entenderse que la oración haya de hacerse en pura espiritualidad, es decir, con desprendimiento de todo lo material y como corresponde al verdadero conocimiento de Dios. Con ella se designa más bien aquel modo de adoración que sólo es posible a los hijos de Dios, es decir, a aquellos a quienes Cristo ha abierto el acceso a la realidad de Dios, a los que han nacido del Espíritu (cf. Jn 3,5). La adoración en espíritu y en verdad pudiera parafrasearse como adoración en unión con el espíritu de Dios, tal como fue dado por Cristo.

El apóstol Pablo señaladamente une la oración de los hijos de Dios con el Espíritu, por el que se concede la filiación divina al hombre. Parece cierto que Pablo piensa en la oración cuando dice: «El Espíritu mismo atestigua a nuestro espíritu que somos hijos de Dios» (Rom 8,16), y puede suponerse que alude el comienzo del padrenuestro cuando antes afirma: «Habéis recibido el espíritu de adopción, por elque gritamos: "Abba!, ¡padre!"» (Rom 8,15). Según Ga 4,6, es el Espíritu mismo de Dios quien grita en nosotros «¡padre!». Por si mismo, en efecto, el hombre no sabe cómo ha de orar debidamente a Dios. El Espíritu ayuda a su flaqueza e intercede por él con gemidos inefables (Rom 8,26). Pablo, pues, considera la oración cristiana como obra del Espíritu Santo, por lo cual está cierto de que es oída (Rom 8,27).

La oración en la Iglesia primitiva. De todos estos elementos se forma un cuadro de la oración cristiana, tal como se puede reconstruir de la oración real de la Iglesia primitiva, según el testimonio del libro de los Hechos, las cartas del NT y del Apocalipsis.

Por lo que atañe a lo exterior de la oración, la comunidad primitiva:

—conserva las horas judías de orar: a la hora nona, Pedro y Juan suben al templo para orar (Hch 3,1); a la ora sexta, sube Pedro a orar a la terraza de la casa en que se hospeda (Hch 9,10).

—Se ora, como siempre, en el templo y en las sinagogas, pero también se tienen reuniones en las casas cristianas para orar y celebrar en culto (Hch 2,42ss; cf. 4,43ss; 12,5).

—Se ora de pie (Mc 11,25; cf. Lc 18,9-14) o de rodillas, como Jesús en Getsemani (Mc 14,35; Act 7,60; cf. 21,5).

—Naturalmente, en la reunión litúrgica se ora en común (1 Cor 14,13ss; cf. Mt 18,19.20).

Resulta extraño que la oración de Pablo en sus cartas no recuerde los elementos fundamentales de la oración judía. Pareciera que la experiencia personal con Cristo y su posterior elaboración y sistematización hicieron que olvidara del todo la oración judía.

—Al menos esto podemos deducir si buscamos en el vocabulario de sus cartas la palabra «sinagoga», que no aparece nunca, pero que sí lo hace en el libro de los Hechos (quince veces). En el epistolario paulino sí encontramos la palabra Iglesia, en dieciséis ocasiones, refiriéndose a la comunidad o comunidades, nunca al edificio, sencillamente porque ni este existía ni se podía pensar en que algún día existiera.

—La confesión de fe judía —el shema—no posee dogmas de fe. Sin embargo, todos los judíos, cuando se acuestan y se levantan, confiesan que creen en un solo Dios, y piden que sólo a Él se le ame. Esta confesión de fe comienza de una forma curiosa: «Escucha». O, lo que es lo mismo, «atiende», «presta atención». La fe de Israel no sólo vive del reconocimiento de que Dios existe y de que es único, sino también de que se le debe amar con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas.

—Tampoco aparece la referencia al Shema Israel, la oración fundamental de los judíos, en ninguna de las cartas de Pablo. Sin embargo, sí aparece en los evangelios sinópticos, si bien con alguna diferencia. En el evangelio de Marcos, un escriba experto en la ley de Moisés se acerca a Jesús porque le ha escuchado y ve que argumenta bien. Entonces le pregunta cuál es el primer mandamiento de la Ley. En los demás evangelios, la escena es la misma: se trata de un escriba de la Ley, un hombre joven, impresionado por las palabras de Jesús, que se acerca a él para preguntarle: Mc 12,29-30.

—Desde los siglos anteriores al cristianismo, y coincidiendo con la restauración del segundo Templo de Jerusalén, los judíos recitan diariamente el Shema Israel. Se recita dos veces al día: durante el primer cuarto del día y después de la caída de la noche, siguiendo el mandato bíblico de decir la oración «al acostarte y al levantarte».

El Snema Israel se compone de tres textos bíblicos. El primero lo encontramos en Dt 6,4-9, el segundo en Dt 11,13-21; el tercero en Núm 15,37-41:

«Escucha, Israel:

El Señor, nuestro Dios, es el único Señor.

Ama al Señor, tu Dios, con todo tu corazón,

con toda tu alma y con todas tus fuerzas.

Graba sobre tu corazón las palabras que yo te dicto hoy.

Incúlcaselas a tus hijos

y repíteselas cuando estés en casa,

lo mismo que cuando estés de viaje,

acostado o levantado.

Átatelas a las manos para que te sirvan de señal,

póntelas en la frente entre los ojos.

Escríbelas en los postes de tu casa

y en tus puertas» (Dt 6,4-9)

—Aunque se deba recitar dos veces al día de forma obligatoria, para el judaísmo no es propiamente una oración, sino una declaración de fe. Es una afirmación de la unicidad y unidad de Dios que recuerda las obligaciones del judío para con Él: Lc 10,27 y Mt 22,37.

—Es más, Pablo recuerda en dos ocasiones el mandato de amar al prójimo escrito en la ley de Moisés, pero no lo relaciona con el Shema (Dt 6,4ss.), como hacen los evangelios de Mateo y Lucas. ¿Por qué?

Lv 19,18: «No serás vengativo, ni guardarás rencor hacia tus conciudadanos. Amarás al prójimo como a ti mismo: yo, el Señor»

Rm 13,19: «Porque: no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás y cualquier otro mandamiento, todo se reduce a esto: amarás al prójimo como a ti mismo».

Ga 5,14: «Porque toda la Ley se resume en ese precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo»

La oración cristiana y la bendición y alabanza

Este apartado no pretende ser un compendio explicativo sobre la oración cristiana, pues deberíamos comentar el Padrenuestro y no es nuestro propósito en este trabajo. Sólo queremos destacar algunas actitudes fundamentales que encontramos en los escritos del Apóstol. Todas tienen que ver con la nueva actitud que promueve el Evangelio y constituye una invitación a situarse de forma nueva ante Dios y los hermanos.

—«Bendecid, no maldigáis» (Rom 12,14). Es significativa esta exhortación, puesto que en el Nuevo Testamento desaparece el binomio «bendición-maldición» presente en el Antiguo Testamento. En el Antiguo Testamento, la «bendición-maldición» la encontramos, en primer lugar, en la llamada de Abrahán y en la propuesta que Dios mismo le hace: «Yo bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan. Por ti serán bendecidas todas las comunidades de la tierra» (Gén 12,2-3).

Aparece en la bendición de Isaac a Jacob: «Que los pueblos te sirvan y las naciones se inclinen ante ti. Sé señor de tus hermanos e inclínense ante ti los hijos de tu madre. Maldito sea el que te maldiga y bendito el que te bendiga» (Gén 27,29).

El recorrido de Israel por el desierto se mueve entre las dos promesas futuras antes de entrar en la Tierra prometida. «Cuando hayáis pasado el Jordán, se pondrán en el monte Garizín las tribus de Simeón, Leví. Judá, Isacar, José y Benjamín para pronunciar la bendición al pueblo. Las de Rubén, Gad, Aser, Zabulón, Dan.y Neftalí se pondrán en el monte Ebál para pronunciar la maldición al pueblo» (Dt 27,15).

—En un tema muy bíblico, el de la elección entre dos formas de vida (posteriormente en el cristianismo se instará a elegir entre dos caminos), Dios le pide a su pueblo que tome una decisión. Advierte que una de ellas está unida a la vida, pero es el pueblo el que debe decidir: «Yo pongo hoy por testigos al cielo y la tierra; pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que vivas tú y tu descendencia» (Dt 30,19).

Cuando llegamos al mensaje de Jesús, encontramos un nuevo sentido. Podemos citar dos textos con estas palabras. El primero es de Lucas; el otro, de Pablo. Incluso es posible establecer cierta correspondencia entre ellos: «Bendecid a los que os maldicen; orad por los que os calumnien» (Lc 6,28) y «Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis» (Rm 12,14).

La oración y la lucha ascética

«Vence el mal con el bien» (Rom 12,21). La ley de correspondencia que aplicamos espontáneamente en la vida dice: al mal que te hacen, devuélveles la misma moneda. «Ya me vendrá la pelota a mi campo», decimos. Sin embargo, recomendamos, al que te apoya o ayuda, favorécele. «Hoy por ti y mañana por mí». Esta ley no escrita que todos aplicamos en nuestra vida ordinaria, ya aparece en las Escrituras. El orante se queja ante Dios de que le devuelven «mal por bien» (Sal 109, 1-5).

—Pablo, en virtud de la nueva vida cristiana, insiste en que el nacido en el bautismo debe vivir no conforme a las normas de correspondencia en el trato de este mundo, sino conforme al espíritu de bondad del Evangelio:

«No devolváis a nadie mal por mal. Procurad hacer el bien ante todos los hombres. En cuanto de vosotros depende, haced todo lo posible para vivir en paz con todo el mundo» (Rom 12,17).

—Sin duda en la durísima ciudad de Roma, capital del Imperio, llena de esclavos y de señores, estas palabras resultarían llamativas: «No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien» (Rom 12,21).

—Esta consigna no sólo está dirigida a la gran ciudad, sino también a las otras comunidades dispersas por el Mediterráneo. También a los habitantes de Tesalónica les pide el mismo comportamiento: «Procurad que nadie vuelva a otro mal por mal; tened siempre por meta el bien, tanto entre vosotros como para los demás» (1 Tes 5,15).

—Si Pablo les pide a romanos y tesalonicenses que no se comporten como si fueran paganos, ¿qué nos diría a nosotros?

Oración y Gloria a Dios «con nombres propios»

La oración cristiana, como la bíblica, es una alabanza a Dios por todas las maravillas que hizo en el pasado y que sigue haciendo hoy.

—El pueblo de Israel no se cansa de cantar estas maravillas. Tanto en la experiencia de la salvación en el mar Rojo, cuando Dios les regala una libertad de forma gratuita:

«¿Quién igual a ti, Señor, entre los dioses? ¿Quién igual a ti, sublime en sabiduría, tremendo en gloria, autor de maravillas» (Éx 15,11);

—Como en la fe confiada de los orantes que acuden al templo de Jerusalén:

«Venid y ved las proezas de Dios, las maravillas que ha hecho por los hombres» (Sal 66,5).

—Las maravillas que hace Dios son motivo para bendecirlo:

«Bendito sea el Señor, Dios de Israel, el único que hace maravillas» (Sal 72,18). Y todo esto lo hace «por amor»: «Sólo Él ha hecho grandes maravillas, porque es eterno su amor» (Sal 136,4). A Dios pertenece la «gloria y el poder»: «Tuya es, Señor, la grandeza, el poder, el honor, la majestad y la gloria, pues todo cuanto hay en el cielo y en la tierra es tuyo» (l Crón 29,11), y todas las naciones están convocadas a su alabanza: «Familias de los pueblos, rendid ante el Señor, rendid ante el Señor la gloria y el poder» (Sal 96,7).

—Pablo, fiel a la tradición bíblica, sabe que sólo a Dios se le puede rendir Gloria (dóxa) y honor. La novedad está en que esta sabiduría de Dios, y este honor que se le debe, se ha manifestado personalmente en Cristo.

—Muchas veces, nuestros acompañantes espirituales nos recomiendan mencionar nombres de personas en nuestra oración. No se trata sólo de rezar de forma genérica: «Te pido por toda la humanidad», o te ruego «por todos los que sufren», que también es necesario. Pablo recuerda a personas concretas. Detrás de cada uno de ellos hay historias pequeñas, quizá poco importantes, pero que son grandes para Dios. Pablo no tiene ningún reparo en ir deslabazando nombres en sus cartas, como si de un rosario de historias personales se tratara.

«El Señor me librará de todo mal y me dará la salvación en su reino celestial. A Él la gloria por los siglos de los siglos. Amén. Saluda a Prisca y Áquila, ya la familia de Onesíforo. Erasto se quedó en Corinto. A Trófimo lo dejé enfermo en Mileto. Ven antes del invierno. Te saludan Eubulo, Pudente, Lino, Claudia y todos los hermanos. Que Jesús, el Señor, esté contigo. Que la gracia esté con vosotros» (2 Tim 4,19).

Las doxologías paulinas

A Dios se le alaba, se le bendice y se le da gloria (dóxa). La oración de bendición es bien conocida en el mundo hebreo, por lo cual no debería extrañamos que Pablo la use con frecuencia. Pero Pablo no sólo alaba a Dios, sino que alaba al Padre por el Hijo, por Jesucristo.

Pablo alaba al Dios creador: «Porque de Él y por Él y para Él son todas las cosas. A Él la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (Rom 11,36).

Pablo alaba a Dios, cuya sabiduría se nos ha revelado plenamente en Jesucristo: «A Dios, el único sabio, por medio de Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (Rom 16,27).

Pablo alaba al Dios Único y Padre, cuya voluntad es que toda la humanidad se salve: «Al rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén» (l Tim 1,17).

Pablo alaba a Dios por los siglos: «A Dios, Padre nuestro, la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (Flp 4,20). «Os deseamos la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y de Jesucristo nuestro Señor, que se entregó a sí mismo por nuestros pecados para sacamos de este mundo perverso, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (Ga 1,3-5). «El Señor me librará de todo mal y me dará la salvación en su reino celestial. A Él la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (2Tim 4,18).

Despedida mariana

«Queridos hermanos y hermanas, os exhorto a encontrar en este tiempo de Cuaresma momentos prolongados de silencio, si es posible de retiro, para revisar la propia vida a la luz del designio de amor del Padre celestial. Dejaos guiar en esta escucha más intensa de Dios por la Virgen María, maestra y modelo de oración. También Ella, en la profunda oscuridad de la Pasión de Cristo, no perdió sino que custodió en su espíritu la luz del Hijo divino. ¡Por este motivo, la invoquemos como Maestra de la confianza y de la esperanza!» (Benedicto XVI, Angelus, 8-III-2009).

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

La ayuno

Josemaría Monforte

Conferencia cuaresmal en la Parroquia de san Josemaría Escrivá de Valencia, a las 20.00 del sábado 21 de enero de 2009

Sumario

Introducción.- Mensaje cuaresmal 2009 de Benedicto XVI.- Ayuda para evitar el pecado.- El ayuno de en el Antiguo Testamento.- El ayuno en el Nuevo Testamento.- El ayuno en la primitiva Iglesia y las enseñanzas paulinas.- El ayuno en nuestros días.- Práctica ascética de la mortificación.- Último fin del ayuno: unión con Dios.- Despedida mariana.

Introducción

Si ayer nos ocúpabamos de la oración, hoy vamos a reflexionar sobre el ayuno cuaresmal. ¡Queridos hermanos y hermanas! Al comenzar la Cuaresma, un tiempo que constituye un camino de preparación espiritual más intenso, la Liturgia nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a las que la tradición bíblica cristiana confiere un gran valor —la oración, el ayuno y la limosna— para disponernos a celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer experiencia del poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual, "ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos" (Pregón pascual).

Mensaje cuaresmal 2009 de Benedicto XVI

En mi acostumbrado Mensaje cuaresmal (11-XII-2008), este año deseo detenerme a reflexionar especialmente sobre el valor y el sentido del ayuno. En efecto, la Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de ayuno que el Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública. Leemos en el Evangelio: "Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mt 4,1-2). Al igual que Moisés antes de recibir las Tablas de la Ley (cfr. Ex 34, 8), o que Elías antes de encontrar al Señor en el monte Horeb (cfr. 1R 19,8), Jesús orando y ayunando se preparó a su misión, cuyo inicio fue un duro enfrentamiento con el tentador.

Ayuda para evitar el pecado

Podemos preguntarnos qué valor y qué sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí mismo sería bueno y útil para nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y toda la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. Por esto, en la historia de la salvación encontramos en más de una ocasión la invitación a ayunar. Ya en las primeras páginas de la Sagrada Escritura el Señor impone al hombre que se abstenga de consumir el fruto prohibido: "De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio" (Gn 2, 16-17).

Comentando la orden divina, San Basilio observa que "el ayuno ya existía en el paraíso", y "la primera orden en este sentido fue dada a Adán". Por lo tanto, concluye: "El ‘no debes comer’ es, pues, la ley del ayuno y de la abstinencia" (cfr. Sermo de ieiunio: PG 31, 163, 98).

Puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Señor. Es lo que hizo Esdras antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida, invitando al pueblo reunido a ayunar "para humillarnos —dijo— delante de nuestro Dios" (8,21). El Todopoderoso escuchó su oración y aseguró su favor y su protección.

Lo mismo hicieron los habitantes de Nínive que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se arrepintieran, proclamaron, como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo: "A ver si Dios se arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos" (3,9). También en esa ocasión Dios vio sus obras y les perdonó.

El ayuno de en el Antiguo Testamento

La Ley sólo prescribe el ayuno para el gran día de la expiación (Lev 16,29-30; 23,27.32; Núm 29,7). La práctica por lo contrario es muy rica y varia, aun prescindiendo de las prescripciones levíticas sobre comidas, abstinencias en sacerdotes, nazireos y recabitas, de que no vamos a tratar aquí. Ayunan personas de todos los estados, individuos y el pueblo entero, hasta el ganado (Jon 3,7), por propio impulso o por ordenación superior, de un día a tres, a siete, a tres semanas, a cuarenta días, constantemente, durante toda la vida (Jdt 8,6).

Desde la cautividad, se van haciendo más numerosos los días anuales de ayuno (Zac 7,3.5; 8,19) y ayunos especiales antes desconocidos (2Par 20,3-4; cf. Jon 3,5-9) se ordenan con mayor frecuencia (Esd 4,16; Neh 9,1). Los piadosos ayunaban dos veces a la semana (Lc 18,12).

En el AT el ayuno no se practica casi nunca solo. Es la parte llamativa, que pide serio empeño externo, del comportamiento ritual y religioso del individuo o de un grupo (del pueblo), cuando se dirigen a Dios en la necesidad.

Con la esencial renuncia a la comida y bebida, o su limitación (por ej., Dan 10,3), van unidos el llanto, lamentaciones a gritos, vestido de saco, ceniza, polvo, rasgadura de los vestidos, abstención de comercio sexual, renuncia al aseo corporal, como lociones y baños, andar con los pies descalzos, omisión del saludo, dormir sobre el suelo (así 2Sam 12,16), y, en los ayunos públicos, reuniones de culto y descanso del trabajo (JI 1,14; 2,14-16; 1Re 21,9-10.12; Jer 36,6.9).

Nunca faltan desde luego la oración (por ej., Neh 1,4; Bar 1,5) y las obras corporales de misericordia (Is 58,3-7). Se habla a menudo del ayuno juntamente con estas obras de misericordia, como trasunto de la piedad (por ej., Tob 12,8).

Las circunstancias exteriores son en su propio medio la expresión natural de dolor profundo (cf. el ayuno como duelo por un muerto, 1Sam 31,13; 2Sam 1,11.12; luto de viuda en Jdt 8,5.6). De ahí que el ayuno es desterrado por la alegría (Jdt 8,6; Jl 2,18-27; Zac 7,3; 8,19). 'inná nafso = humillar su alma ( = a sí mismo) describe a menudo parafrásticamente o sustituye a sum = ayunar (Lev 16,29.31; 23,27.29.32; Núm 29,7; 30,14; Is 58,3.5; Sal 34-35,13; cf. 1Re 21, 17.19; Eclo 2,17).

Es la expresión externa de la humillación consciente y voluntaria ante el poder de Dios que amenaza y castiga, del íntimo apartamiento del pecado, por el que se provocó la ira de Dios (cf Eclo 2,17ss). Según los casos, es expresión de esta disposición de espíritu, o exhortación y medio para lograrIa. El hombre que tiene conciencia de su culpa y dependencia, hace lo posible para apartar el motivo de que Dios intervenga .con mano dura y de moverle también humanamente a compasión.

El ayuno en el Nuevo Testamento

En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios.

El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que "ve en lo secreto y te recompensará" (Mt 6,18). Él mismo nos da ejemplo al responder a Satanás, al término de los 40 días pasados en el desierto, que "no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4,4).

Los profetas, los sabios y Jesús mismo atacan no el ayuno en si mismo, sino el ayuno sin alma, que no es ya humillación, sino soberbia y exigencia ante Dios (Zac 7,5-6; Lc 18, 12.14; Mt 6,16-17). Lo que importa es el cumplimiento de los deberes más importantes de la moralidad externa e interna, sobre todo de la justicia y la caridad (Is 58, 3-5; Jer 14,12; Eclo 34[31],25-26 [30-31]; Jl 2,12.13). Isaias da al ayuno agradable a Dios y fructífero el sentido traslaticio de practicar la justicia y las obras de caridad (Is 58,6-12). Contra una tendencia al acrobatismo y al alarde, que se manifiesta tanto más claramente cuanto más avanza la historia (cf. Mt 6,16-18), profetas y sabios mantienen enhiesto el ideal de la verdadera piedad.

El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el "alimento verdadero", que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden del Señor de "no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal", con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia.

Además, el ayuno en el AT es también oración, que lo espera todo de Dios (Is 58,3;.Jr 14,2; Mt 6,18). Apenas se habla del aspecto ascético en el sentido de nuestra «mortificación». Toda concepción mágica está totalmente ausente de la Biblia. Los fines externos (finis operantis) son múltiples:

—arrepentimiento de los pecados (lSam 7,6; Eclo 34 [31],25-26[30-31],

—alejamiento de un mal y castigo (lRe 21,27.29; Est 4,1-3.16; 9,31),

—apaciguamiento de la cólera de Dios (n 2,14-17),

—parte o confirmación de votos, apoyo de peticiones (lSam 14,24; 2Sam 12, 15-23; Jl 1,13ss; 2,15; Esd 8,21; Tob 7,12; cf Act 23,12.14),

—recuerdo de catástrofes nacionales (Zac 7,3; 8,18-20; Est 9,31).

—Prepara a encuentros especiales con Dios: revelaciones (Ex 34,28; Dt 9,9; Jue 20, 26.27; Dan 9,3; 10,2; Act 13,2; Lc 2,37; 1,80),

—y otras operaciones (Act 14,23; cf. Mc 4,2 par; 9,29).

—En los cultos oficiales, el ayuno es una preparación ritual de penitencia (lSam 7,6; Jue 20,26).

—La reconciliación se atribuye a la acción ritual del sacerdote (Lev 16,32-34; Núm 29,11).

Decía el Señor en el Sermón de la Montaña: 16Cuando ayunéis no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. 17Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, 18para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto, te recompensará (Mt 6,16-18). Todo un criterio básico de rectitud para agtradar a Dios..

 

El ayuno en la primitiva Iglesia y las enseñanzas paulinas

La práctica del ayuno está muy presente en la primera comunidad cristiana. He aquí algunos ejemplos:

Mientras celebraban el culto del Señor y ayunaban, dijo el Espíritu Santo: Separadme a Bernabé y a Saulo para la obra que les he destinado. Y después de ayunar, orar e imponerles las manos, los despidieron (Hch 13,2-3).

Después de predicar el Evangelio en aquella ciudad y hacer numerosos discípulos, se volvieron a Listra, Iconio y Antioquía, confortando los ánimos de los discípulos y exhortándoles a perseverar en la fe, diciéndoles que es preciso que entremos en el Reino de Dios a través de muchas tribulaciones. Después de ordenar presbíteros en cada iglesia, haciendo oración y ayunando, les encomendaron al Señor en quien habían creído (Hch 14,22-23).

Llevábamos largo tiempo sin comer, y entonces Pablo se alzó en medio de ellos y dijo: Mejor hubiera sido, amigos, escucharme y no habernos hecho a la mar desde Creta, pues habríamos evitado este daño y esta pérdida. Pero ahora os invito a tener buen ánimo, porque ninguno de vosotros perecerá; sólo se perderá la nave (Hch 27,21-22)

Que la vida de Jesús se nos manifieste en nuestra carne mortal (2 Co 4,11)

A nadie damos motivo alguno de escándalo, para que no sea vituperado nuestro ministerio, sino que en todo nos acreditamos como ministros de Dios: con mucha paciencia, en tribulaciones, necesidades y angustias; en azotes, prisiones y tumultos; en fatigas, desvelos y ayunos (2 Co 6,3-5)

También los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir los deseos del "viejo Adán" y abrir en el corazón del creyente el camino hacia Dios. El ayuno es, además, una práctica recurrente y recomendada por los santos de todas las épocas. Como recordábamos ayer, escribe San Pedro Crisólogo: "El ayuno es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica" (Sermo 43: PL 52, 320, 332).

Dentro de la misma perspectiva pudiera entenderse la respuesta de Jesús a la pregunta sobre el ayuno que le hacen los fariseos y discípulos de Juan (sobre todo Mc 2,18-20. 21-22; cf. Mt 9,14-17; Lc 5,33-39). Jesús rechaza lisamente la doble imposición que viene dentro de la pregunta: que Él y los suyos se pongan entre los reconocidamente piadosos y que consiguientemente, tengan por necesario el ayuno tal como ellos lo practican (Mc 2,19).

Jesús, con la parábola del esposo y de los «hijos de la cámara nupcial», funda su repulsa en su presencia, la presencia del Mesias. Texto y contexto de las dos parábolas que siguen, sobre la fundamental novedad de la realidad cristiana y la necesidad de nuevas categorias (Mc 2,21-22), hacen por lo menos muy verosímil que Jesús (Mc 2,20) no habla de fechas, ni aprobando ni reprobando, sino de algo más profundo que tiene aún que brillar para los preguntantes. Su estrecha mentalidad ritualista pasa por alto el solo hecho decisivo: Jesús, la salud, está alli.

Si entendieran esto, comprederían lo futil de su descarriada preocupación. A los discípulos les espera otro ayuno, que no se impondrán ni tasarán ellos a sí mismos: después de la muerte y resurrección de Jesús se verán dolorosamente privados de su presencia visible (Mc 2,20; cf. Mt 9,15; 2 Cor 5,6-8; Flp 1,23). Así pues, en Mc 2,20 «ayunar» se toma en sentido traslaticio y figuradamente, lo mismo que «esposo» (alegoría). Con ello orienta Jesús la atención a la salud. Zacarías (8,18-19) señala el gozo de la consumación; Jesús, la necesidad del tránsito terreno. Uno y otro emplean el término «ayunar» para caracterizar situaciones distintas de la salud: Zacarías por la supresión del ayuno, Jesús por un nuevo sentido que lo ha de informar. Uno y otro se desentienden de minucias rituales que han pasado injustificadamente a primer plano. De la respuesta de Jesús no cabe deducir nada ni en pro ni en contra de la práctica cristiana del ayuno. De hecho nadie vio aquí originaria ni uniformemente el fundamento para ello.

Como «sombra de lo futuro», las prescripciones rituales, la «comida y bebida», en el «reino de Dios», son de suyo indiferentes (Col 2,16-17; Rom 14,17; 1 Cor 8,8). Jesús no trae nuevas normas externas, sino la plenitud de la salud y piedad. El cristiano debe configurada libremente por la recta intención.

Con qué fuerza y también con qué incertidumbre se mantuvo por largo tiempo en determinados sectores el interés por prácticas, como la del ayuno, reguladas en muchos casos por la ley y las costumbres, pónenlo de manifiesto numerosas dificultades afines a la pregunta de Mc 2,18-20, que se hallan en los apócrifos y en los escritores cristianos, prácticamente todos los oscuros logia que, en el evangelio copto de Tomás, se ocupan del ayuno y lo rechazan.

Pasajes del NT, que ofrecen críticamente dificultad, en los que no se sabe de cierto si originariamente hablaban del ayuno, atestiguan por su presencia la estima que se tenía en otros sectores (Mc 9,29 = Mt 17,21; Act 10,30; 1 Cor 7,5). El ejemplo y la doctrina de Jesús (Mt 4,2 par; 6,16-18) recomiendan positivamente el recto ayuno, y continúan el fondo auténtico y duradero de las costumbres judaicas.

Precisamente al repudiar formas externas caducadas del ayuno, Jesús designa la existencia humana como un ayuno; con ello nos da implícitamente a entender que también en la nueva economía tiene lugar o razón de ser un ayuno corporal rectamente entendido.

El ayuno en nuestros días

El ayuno en el Islam y en el Budismo, por ejemplo, trata de liberarnos del peso de las cosas creadas. Pero para el cristiano «el deseo místico no es nunca el descenso en sí mismo, sino el descenso en la profundización de la fe, donde se encuentra a Dios».

En nuestros días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo.

Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una "terapia" para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. En la Constitución apostólica Pænitemini de 1966, el Siervo de Dios Pablo VI identificaba la necesidad de colocar el ayuno en el contexto de la llamada a todo cristiano a no "vivir para sí mismo, sino para aquél que lo amó y se entregó por él y a vivir también para los hermanos" (cfr. Cap. I).

La Cuaresma podría ser una buena ocasión para retomar las normas contenidas en la citada Constitución apostólica, valorizando el significado auténtico y perenne de esta antigua práctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40).

La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. San Agustín, que conocía bien sus propias inclinaciones negativas y las definía "retorcidísima y enredadísima complicación de nudos" (Confesiones, II, 10.18), en su tratado La utilidad del ayuno, escribía: "Yo sufro, es verdad, para que Él me perdone; yo me castigo para que Él me socorra, para que yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura" (Sermo 400, 3, 3: PL 40, 708).

Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.

Práctica ascética de la mortificación

Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos.

En su Primera carta San Juan nos pone en guardia: "Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?" (3,17). Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre (cfr. Enc. Deus caritas est, 15).

Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y atención hacia los hermanos, animo a las parroquias y demás comunidades a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la limosna.

Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se hacían colectas especiales (cfr. 2 Co 8-9; Rm 15,25-27), y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se había recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). También hoy hay que redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el tiempo litúrgico cuaresmal.

Lo que he dicho muestra con gran claridad que el ayuno representa una práctica ascética importante, un arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. Oportunamente, un antiguo himno litúrgico cuaresmal exhorta: "Utamur ergo parcius, / verbis, cibis et potibus, / somno, iocis et arctius / perstemus in custodia – Usemos de manera más sobria las palabras, los alimentos y bebidas, el sueño y los juegos, y permanezcamos vigilantes, con mayor atención".

Último fin del ayuno: unión con Dios

El ayuno es restricción del consumo del mundo, es privación del mal, y también privación del bien, es honor de Dios. Hay que ayunar de comida, de gastos, de viajes, de vestidos, de lecturas, noticias, relaciones, Tv, prensa, espectáculos, actividad sexual (1 Co 7,5) de todo lo que es ávido consumo del mundo visible.

La vida cristiana es, en el más estricto sentido de la palabra, una vida elegante, es decir, una vida personal, desde dentro, que elige siempre y en todo; lo contrario, justamente, de una vida masificada y automática, en la que las necesidades, muchas veces falsas, y las pautas conductuales, muchas veces malas, son impuestas por el ambiente, desde fuera.

Es únicamente en esta vida elegante del ayuno donde puede desarrollarse en plenitud la pobreza evangélica.

«Ese hacer penitencia, que el Señor propone como condición indispensable para entrar en el Reino de los cielos, esconde mucho más que el ejercicio de unas prácticas exteriores. La expresión griega utilizada por el evangelista, reflejo de la que empleó el Señor, significa un profundo cambio interior de la inteligencia y de la voluntad. Jesucristo pide a los que de veras deseen seguirle un vuelco completo del modo de pensar, sentir y actuar, que afecta antes que nada al corazón. Jesús invita a los hombres y mujeres —a ti y a mí, en este instante— a abandonar el rumbo de los pensamientos y deseos mundanos, que alejan del Padre celestial, para emprender una nueva dirección, la que Él mismo ha dejado señalada en el Evangelio. Les invita a convertirse, es decir, a cambiar radicalmente la dirección de los propios pasos, a volverse a Dios, único centro y fin de toda la existencia humana. Naturalmente, esa mudanza se ha de manifestar en hechos, pues todo cambio verdadero de ideas y de corazón ha de concretarse en obras (cfr Lc 3,8)» (Mons. Echevarría, Carta, 1-I-1999)

Por lo tanto, que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de la Cuaresma.

——Mortificarse, negarse a determinados bienes sensibles, en el plano natural lleva al autodominio, mantiene la supremacía del espíritu sobre las pasiones. Sin embargo, la mortificación cristiana —la Cruz del Señor— lleva, además, a la renuncia del propio yo, para conformarnos a Cristo. Este el sentido de la mortificación: Es necesario que él crezca y que yo disminuya (Jn 3, 30).

——Se trata de dar paso a la nueva Vida y no simplemente a una vida humana más equilibrada.

——Necesaria para alcanzar la santidad (cfr. Camino, 187, 189).

- 187. Paradoja: para Vivir hay que morir.

- 189. Todo lo que te no lleve a Dios es un estorbo. Arráncalo y tíralo lejos.

——Para el apostolado (cfr. Camino, 192, 199, 938, 946).

- 192. Siempre sales vencido. —Proponte, cada vez, la salvación de un alma determinada, o su santificación, o su vocación al apostolado... —Así estoy seguro de tu victoria.

- 199. Si el grano de trigo no muere queda infecundo. —¿No quieres ser grano de trigo, morir por la mortificación, y dar espigas bien granadas? —¡Que Jesús bendiga tu trigal!

- 938. Procura vivir de tal manera que sepas, voluntariamente, privarte de la comodidad y bienestar que verías mal en los hábitos de otro hombre de Dios. Mira que eres el grano de trigo del que habla el Evangelio. —Si no te entierras y mueres, no habrá fruto.

- 946. Si queréis entregaros a Dios en el mundo, antes que sabios —ellas no hace falta que sean sabias: basta que sean discretas—habéis de ser espirituales, muy unidos al Señor por lo oración: habéis de llevar un manto invisible que cubra todos y cada uno de vuestros sentidos y potencias: orar, orar y orar; expiar, expiar y expiar.

——Para hacer la vida agradable a los demás (cfr. Camino 179, 198; Surco, 779, 819, 990; Forja, 149).

- 179.- Busca mortificaciones que no mortifiquen a los demás.

- 198.- Estos son los frutos sabrosos del alma mortificada: compresión y transigencia para las miserias ajenas: intransigencia para las propias.

- 799.- ¡Grítaselo fuerte, que ese grito es chifladura de enamorado!: Señor, aunque te amo..., ¡no te fíes de mí! ¡Atame a Ti, cada día más!

- 819.- El Amor se robustece también con negación y mortificación.

- 990.- Te presentas como un teórico formidable... —Pero ¡no cedes ni en menudencias insignificantes! —¡No creo en ese espíritu tuyo de mortificación!

- 149. Por mi miseria, me quejaba yo a un amigo de que parece que Jesús está de paso... y de que me deja solo. -Al instante, reaccioné con dolor, lleno de confianza: no es así, Amor mío: yo soy quien, sin duda, se apartó de Ti: ¡ya no más!

——Mortificación interior y de la lengua (cfr. Camino 443-445, 447-449; Surco, 902, 904; Forja, 152).

443. No hagas crítica negativa: cuando no puedas alabar, cállate.

444. Nunca hables mal de tu hermano, aunque tengas sobrados motivos. —Ve primero al Sagrario, y luego ve al Sacerdote, tu padre, y desahoga también tu pena con él.Y con nadie más.

445. La murmuración es roña que ensucia y entorpece el apostolado. —Va contra la caridad,. resta fuerzas, quita la paz, y hace perder la unión con Dios.

447. Después de ver en qué se emplean, ¡íntegras!, muchas vidas (lengua, lengua, lengua, con todas sus consecuencias), me parece más necesario y más amable el silencio. —Y entiendo muy bien que pidas cuentas, Señor, de la palabra ociosa.

448. Es más fácil decir que hacer. —Tú..., que tienes esa lengua tajante —de hacha—, ¿has probado alguna vez, por casualidad siquiera, a hacer "bien" lo que, según tu "autorizada" opinión, hacen los otros menos bien?

449. Eso se llama: susurración, murmuración, trapisonda, enredo, chisme, cuento, insidia..., ¿calumnia?, .¿vileza?—Es difícil que la "función de criterio", de quien no tiene por qué ejercitarla, no acabe en "faena de comadres".

902. Acostúmbrate a hablar cordialmente de todo y de todos; en particular, de cuantos trabajan en el servicio de Dios. Y cuando no sea posible, ¡calla!: también los comentarios bruscos o desenfadados pueden rayar en la murmuración o en la difamación.

904. ¡De los sacerdotes de Cristo no se ha de hablar más que para alabarles! —Deseo con toda mi alma que mis hermanos y yo lo tengamos muy en cuenta, para nuestra conducta diaria.

152. Cuídame el ejercicio de una mortificación muy interesante: que tus conversaciones no giren en torno a ti mismo.

Despedida mariana

Que nos acompañe la Beata Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en "tabernáculo viviente de Dios". Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La limosna

Josemaría Monforte

Conferencia cuaresmal en la Parroquia de san Josemaría Escrivá de Valencia, a las 20.00 del domingo 22 de enero de 2009

Sumario

Introducción.- ¿Qué significa la palabra «limosna»?.- La limosna en la Antigua Ley.- ¿Cómo ve Cristo la limosna? ¿Y san Pablo?.- La famosa colecta paulina.- Mensaje cuaresmal 2008 de Benedicto XVI.- Administradores de los bienes materiales.- La rectitud en la limosna.- Es mejor dar que recibir.- La limosna nos educa en la generosidad.- La limosna nos hace testigos del amor de Cristo.- Despedida mariana.

 

Introducción

Tras meditar estos días pasados sobre la oración y el ayuno, vamos ahora a tratar sobre la limosna, última práctuica cuaresmal.

¡Cuán fuerte es la seducción de las riquezas materiales y cuán tajante tiene que ser nuestra decisión de no idolatrarlas! lo afirma Jesús de manera perentoria: "No podéis servir a Dios y al dinero" (Lc 16,13). La limosna nos ayuda a vencer esta constante tentación, educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los demás lo que poseemos por bondad divina. Las colectas especiales en favor de los pobres, que en Cuaresma se realizan en muchas partes del mundo, tienen esta finalidad. De este modo, a la purificación interior se añade un gesto de comunión eclesial, al igual que sucedía en la Iglesia primitiva.

¿Qué significa la palabra «limosna»?

La palabra griega «eleemosyne» proviene de «éleos», que quiere decir compasión y misericordia; inicialmente indicaba la actitud del hombre misericordioso y, luego, todas las obras de caridad hacia los necesitados. Esta palabra transformada ha quedado en casi todas las lenguas europeas: en francés: «aumone»; en español: «limosna»; en portugués: «esmola»; en alemán: «Almosen»; en inglés: «Alms». Incluso la expresión polaca «jalmuzna» es la transformación de la palabra griega.

Debemos distinguir aquí el significado objetivo de este término del significado que le damos en nuestra conciencia social. Como resulta de lo que ya hemos dicho antes, atribuimos frecuentemente al término «limosna», en nuestra conciencia social, un significado negativo.

La palabra «limosna» no la oímos hoy con gusto. Notamos en ella algo humillante. Esta palabra parece suponer un sistema social en el que reina la injusticia, la desigual distribución de bienes, un sistema que debería ser cambiado con reformas adecuadas. Y si tales reformas no se realizasen, se delinearía en el horizonte de la vida social la necesidad de cambios radicales, sobre todo en el ámbito de las relaciones entre los hombres.

Encontramos la misma convicción en los textos de los profetas del Antiguo Testamento, a quienes recurre frecuentemente la liturgia en el tiempo de Cuaresma. Los profetas consideran este problema a nivel religioso: no hay verdadera conversión a Dios, no puede existir «religión» auténtica sin reparar las injurias e injusticias en las relaciones entre los hombres, en la vida social. Sin embargo, en tal contexto los profetas exhortan a la limosna. Y tampoco emplean la palabra «limosna», que, por lo demás, en hebreo es «sadaqah», es decir, precisamente «justicia». Piden ayuda para quienes sufren injusticia y para los necesitados: no tanto en virtud de la misericordia cuanto sobre todo en virtud del deber de la caridad operante.

«¿Sabéis qué ayuno quiero yo?: romper las ataduras de iniquidad, deshacer los haces opresores, dejar libres a los oprimidos y quebrantar todo yugo; partir el pan con el hambriento, albergar al pobre sin abrigo, vestir al desnudo y no volver tu rostro ante el hermano» (Is 58,6-7).

La palabra griega «eleemosyne» se encuentra en los libros tardíos de la Biblia, y la práctica de la limosna es una comprobacion de auténtica religiosidad. Jesús hace de la limosna una condición del acercamiento a su reino (cf. Lc 12,32-33) y de la verdadera perfección (cf. Mc 10,21 y par.). Por otra parte, cuando Judas –frente a la mujer que ungía los pies de Jesús pronuncio la frase: «¿Por qué este ungüento no se vendió en trescientos denarios y se dio a los pobres?» (Jn 12,5), Cristo defiende a la mujer respondiendo: «Pobres siempre los tenéis con vosotros, pero a mí no me tenéis siempre» (Jn 12,8). Una y otra frase ofrecen motivo de gran reflexión.
 

Son diversas las circunstancias que han contribuido a esta visión negativa de la limosna, que ha llegado hasta nuestros días. En cambio, la «limosna» en sí misma, como ayuda a quien tiene necesidad de ella, como «el hacer participar a los otros de los propios bienes», no suscita en absoluto semejante asociación negativa. Podemos no estar de acuerdo con el que hace la limosna por el modo en que la hace. Podemos también no estar de acuerdo con quien tiende la mano pidiendo limosna, en cuanto que no se esfuerza para ganarse la vida por sí. Podemos no aprobar la sociedad, el sistema social, en el que haya necesidad de limosna. Sin embargo, el hecho mismo de prestar ayuda a quien tiene necesidad de ella, el hecho de compartir con los otros los propios bienes, debe suscitar respeto.

Vemos,pues, cuán necesario es liberarse del influjo de las varias circunstancias accidentales para entender las expresiones verbales: circunstancias, con frecuencia, impropias que pesan sobre su significado corriente. Estas circunstancias, por lo demás, a veces son positivas en sí mismas (por ejemplo, en nuestro caso: la aspiración a una sociedad justa en la que no haya necesidad de limosna porque reine en ella la justa distribución de bienes).

Cuando el Señor Jesús habla de limosna, cuando pide practicarla, lo hace siempre en el sentido de ayudar a quien tiene necesidad de ello, de compartir los propios bienes con los necesitados, es decir, en el sentido simple y esencial, que no nos permite dudar del valor del acto denominado con el término «limosna», al contrario, nos apremia a aprobarlo: como acto bueno, como expresión de amor al prójimo y como acto salvífico.

Además, en un momento de particular importancia, Cristo pronuncia estas palabras significativas: «Pobres... siempre los tenéis con vosotros» (Jn 12,8). Con tales palabras no quiere decir que los cambios de las estructuras sociales y económicas no valgan y que no se deban intentar diversos caminos para eliminar la injusticia, la humillación, la miseria, el hambre. Quiere decir sólo que en el hombre habrá siempre necesidades que no podrán ser satisfechas de otro modo sino con la ayuda al necesitado y con hacer participar a los otros de los propios bienes... ¿De qué ayuda se trata? ¿Acaso sólo de «limosna», entendida bajo la forma de dinero, de socorro material?

La limosna en la Antigua Ley

En sus diversos estratos, las ordenaciones de la Torah en favor de viudas, huérfanos, extranjeros y levitas acerca de la cosecha, diezmos, préstamos, año de remisión y jubilar, se refieren a diversos tributos y prestaciones, pues la limosna no puede ser regulada jurídicamente por casos particulares, ya que se trata de un don voluntario y personal al necesitado, sin derecho a reciprocidad o compensación (cf. Ex 22,20-26; 32; Lev 25; Dt 15).

Pero aquellas ordenaciones pueden fomentar e incitar más amplia ayuda material voluntaria, es decir, limosnas, sobre todo por ser los motivos religiosos y, más aún, hasta universales:

—la voluntad de Yahveh (por ej., Lev 19,15-18);

—la salvación inmerecida obliga al pueblo a bondad semejante (Lev 19,34; 25-38; Dt 24, 18.22; 15,15).

—Dios es el verdadero propietario de la tierra y de sus productos, por lo que necesidad significa ya derecho (Lev 25,23; Job 31,15-22).

A diferencia de Occidente, la justicia no era en todo el Antiguo Oriente una relación simplemente de hombre a hombre, sino entre poderosos y ricos de una parte, y débiles y pobres por otra. El término Sedaqa viene a ser casi idéntico a misericordia (Prov 21,21; 29,7.14; Jer 22,16). Sin duda bajo el influjo del arameo y de la espantosa extensión de la miseria durante el exilio y después de él, la palabra recibe también la significación de limosna propiamente dicha.

Los LXX la traducen al parecer caprichosamente ora por eleemósyné, ora por dikaiosyné. A menudo se ponen ambos términos paralelamente. Además, la limosna se parafrasea frecuentemente. Así es a menudo difícil separarla de otras exigencias negativas y positivas de la justicia y de la caridad.

Dar limosna va haciéndose tanto más importante, cuanto más largamente meditan y predican sobre ello profetas y sabios. Sin la limosna, no conciben la verdadera moralidad, piedad y justicia en sentido amplio (Ez 18,7.16) se la nombra a la par con el ayuno y la oración (Tob 12,8 BA; cf. Mt 6,2. 16); es meritoria y opera el perdón de los pecados (Prov 11,4; 19,17-22; Tob 4,7-11; 12,9; Sal 40/41,1ss; Dan 4,24; Eclo 3,30.32.33); es una condición de la salud (Is 58,6-12); se equipara al sacrificio (Tob 4,11; Eclo 32[35],2; Heb 13,16).

Entre las formas innúmeras de recomendación, no faltan en la literatura sapiencial indicaciones sobre las ventajas de dar limosna (Prov 28,27), sobre las desventajas y daños del obrar, «insolente y necio», del avaro (Eclo 14,3-10; 20,10-17; 41,[19]21; Prov 28,8; Job 27,13-17), ni exhortaciones a la cautela (Eclo 12,1-6; cf. Didakhé 1,5-6). Sin embargo, el pobre es en el fondo cosa de Dios, Dios es su abogado (Prov 14,31; 17,5; 19,17; Eclo 4,6.10). El lado ético está tan fuertemente acentuado que se tiene por más importante que el don mismo la palabra amable que lo acompaña (Eclo 18,15-18; 4,1-6).

El judaísmo deja que el dar limosna prolifere de manera inorgánica tan independiente que se tiene finalmente como cumplimiento de toda la Ley.

¿Cómo ve Cristo la limosna? ¿Y san Pablo?

En el NT perviven la alta estimación y práctica de la limosna (Jn 13,29; Lc 16,19-31; Act 3,2; 6,1-6; 10,2-31; 1 Cor 16,15-17; cf. 1Tim 5,16; 1Cor 11,20-22). Así lo ponen también de manifiesto los numerosos pasajes que se toman del AT. No ha de afirmarse, en cambio, una influencia por parte del mundo helenístico. Tampoco el fundamento que Jesús le da en el amor es del todo nuevo, pues su mandamiento del amor enlaza con el AT (Dt 6,5; Lev 19,18; cf. Eclo 4,2; 18,15ss; 41, [22]25).

Pero su máximo mandamiento equipara el amor a Dios y al prójimo (Mt 22,34-40; Lc 10,25-28; Mc 12,28-31; cf. 1 Jn 3,14-22; 4,7-8). Ciertamente, Cristo no quita la limosna de nuestro campo visual. Piensa también en la limosna pecuniaria, material, pero a su modo. A este propósito, es más elocuente que cualquier otro el ejemplo de la viuda pobre, que depositaba en el tesoro del templo algunas pequeñas monedas: desde el punto de vista material, una oferta difícilmente comparable con las que daban otros. Sin embargo, Cristo dijo: «Esta viuda... echó todo lo que tenía para el sustento» (Lc 21,3-4). Por lo tanto, cuenta sobre todo el valor interior del don: la disponibilidad a compartir todo, la prontitud a darse a sí mismos.

Recordemos aquí a San Pablo: «Si repartiere toda mi hacienda... no teniendo caridad, nada me aprovecha» (1 Cor 13,3). También San Agustín escribe muy bien a este propósito: «Si extiendes la mano para dar, pero no tienes misericordia en el corazón, no has hecho nada; en cambio, si tienes misericordia en el corazón, aun cuando no tuvieses nada que dar con tu mano, Dios acepta tu limosna» (Enarrat. in Ps. CXXV 5).

Aquí tocamos el núcleo central del problema. En la Sagrada Escritura y según las categorías evangélicas, «limosna» significa, ante todo, don interior. Significa la actitud de apertura «hacia el otro». Precisamente tal actitud es un factor indispensable de la «metanoia», esto es, de la conversión, así como son también indispensables la oración y el ayuno. En efecto, se expresa bien San Agustín: «¡Cuán prontamente son acogidas las oraciones de quien obra el bien!, y esta es la justicia del hombre en la vida presente: el ayuno, la limosna, la oración» (Enarrat. in Ps. XLII 8): es decir:

—la oración, como apertura a Dios;

—el ayuno, como expresión del dominio de sí, incluso en el privarse de algo, en el decir «no» a sí mismos;

—y, finalmente, la limosna como apertura «a los otros».

El Evangelio traza claramente este cuadro cuando nos habla de la penitencia, de la metanoia. Sólo con una actitud total –en relación con Dios, consigo mismo y con el prójimo– el hombre alcanza la conversión y permanece en estado de conversión.

La «limosna» así entendida tiene un significado, en cierto sentido, decisivo para tal conversión. Para convencerse de ello, basta recordar la imagen del juicio final que Cristo nos ha dado: «Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; peregriné, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; preso, y vinisteis a verme. Y le responderán los justos: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos peregrino y te acogimos, desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el Rey les dirá: En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,35-40).

Los Padres de la Iglesia dirán después con San Pedro Crisólogo: «La mano del pobre es el gazofilacio de Cristo, porque todo lo que el pobre recibe es Cristo quien lo recibe» (Sermo VIII 4); y con San Gregorio Nacianceno: «El Señor de todas las cosas quiere la misericordia, no el sacrificio; y nosotros la damos a través de los pobres» (De pauperum amore XI).

Por lo tanto, esta apertura a los otros, que se expresa con la «ayuda», con el «compartir» la comida, el vaso de agua, la palabra buena, el consuelo, la visita, el tiempo precioso, etc., este don interior ofrecido al otro llega directamente a Cristo, directamente a Dios. Decide el encuentro con Él. Es la conversión.

En el Evangelio, y aun en toda la Sagrada Escritura, podemos encontrar muchos textos que lo confirman. La «limosna» entendida según el Evangelio, según la enseñanza de Cristo, tiene un significado definitivo, decisivo en nuestra conversión a Dios. Si falta la limosna, nuestra vida no converge aun plenamente hacia Dios.

La famosa colecta paulina

El orden de la primitiva comunidad de Jerusalén (Act 2,44-45; 4,32-35), y más claramente las colectas de Pablo (Ga 2,10; 1 Cor 16,1-3; Rom 15,15-27.31; 2 Cor 8-9; cf. 1 Cor 11,20-22), comprenden, entre otras cosas, limosnas organizadas, es decir, dentro de un marco social y con un fin social, s¡yre.rilho.rdnpuestás por la situación interna del momento en la Iglesia.

Pablo reprueba todo exceso (2Cor 12-13). Recomienda con sentido absolutamente realista primero el derecho, aunque no exclusivo, de los que profesan la misma fe (Ga 6,10), y trata de cortar abusos (1 Tes 4,11; 2 Tes 3,6-15; 1 Tim 5,16; cf. Jds 12.16). El dar actual no puede ni debe pasar por alto ciertos límites y reglas de orden físico, moral y social (cf. 2 Cor 8,13).

Sin embargo, la disposición como tal no puede conocer limites, y se mantiene aun con sacrificios personales (Ef 4,28). Se ha de dar con sencillez (Rom 12,8; 2 Cor 8,2; 9,11.13), es decir, mirando sólo a Dios (cf. Mt 6,21; Lc 12,14); por eso se ha de dar naturalmente con generosidad, con buena voluntad y amor (2Cor 9,5.7-9; Rom 12,8). Sólo lo que sale «del corazón» tiene valor (2Cor 9,7), no los dones de la avaricia (2Cor 9,5.7; cf. 1 Tim 6;10). Se ha de dar con equidad (isótes, 2Cor 8,13-14), pero no como corrección de situaciones humanas o terrenas.

Todo es jaris, en su múltiple significación, empezando por la pobreza de Cristo, que opera gracia (2 Cor 8,9), hasta el dinero que los cristianos, por amor de Cristo, han gastado por otros cristianos (1 Cor 16,3; cf. 2 Cor 8-9). No hay en ello una palabra de agradecimiento a los hombres. Todo es amor dado por Dios, de suerte que los que reciben son fortalecidos en la fe y la caridad, y alaban y dan gracias a Dios (2 Cor 9,8-15; cf. Flp 2,13-15; 2 Cor 8,5).

San Pablo habla de ello en sus cartas acerca de la colecta en favor de la comunidad de Jerusalén:

Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros fueseis ricos por su pobreza. Y en esto os doy un consejo, porque es lo que os conviene: puesto que desde el año pasado habéis sido los primeros no sólo en realizar la colecta, sino también en quererla, ahora, pues, llevadla también a cabo para que, según fue la prontitud del querer, así sea también su terminación, con arreglo a vuestras posibilidades; porque, si hay prontitud en la voluntad, es bien acogida con lo que tenga, sin importar lo que no tiene. Pues no se trata de que para otros haya desahogo y para vosotros apuros, sino de que, según las normas de la igualdad, vuestra abundancia remedie ahora su necesidad, para que la abundancia de ellos pueda remediar vuestra necesidad, a fin de que haya equidad, según está escrito: El que mucho recogió, no tuvo de más; y el que poco, no tuvo de menos (2 Co 8,9-15).

Por ahora, sin embargo, me marcho a Jerusalén en servicio de los santos. Pues Macedonia y Acaya han tenido a bien hacer una colecta en favor de los pobres de entre los santos que viven en Jerusalén. Pues les pareció bien, y son deudores de ellos; porque si los gentiles participaron de sus bienes espirituales, deben también servirles a ellos con los bienes materiales (Rm 15,25-27).

Mensaje cuaresmal 2008 de Benedicto XVI

¡Queridos hermanos y hermanas!.- Cada año, la Cuaresma nos ofrece una ocasión providencial para profundizar en el sentido y el valor de ser cristianos, y nos estimula a descubrir de nuevo la misericordia de Dios para que también nosotros lleguemos a ser más misericordiosos con nuestros hermanos. En el tiempo cuaresmal la Iglesia se preocupa de proponer algunos compromisos específicos que acompañen concretamente a los fieles en este proceso de renovación interior: son la oración, el ayuno y la limosna. Este año, en mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, deseo detenerme a reflexionar sobre la práctica de la limosna, que representa una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales.

"Nuestro Señor Jesucristo, siendo rico, por vosotros se hizo pobre" (2 Cor 8,9)

Benedicto XVI, Roma, 30 de octubre de 2007

Administradores de los bienes materiales

Según las enseñanzas evangélicas, no somos propietarios de los bienes que poseemos, sino administradores: por tanto, no debemos considerarlos una propiedad exclusiva, sino medios a través de los cuales el Señor nos llama, a cada uno de nosotros, a ser un instrumento de su providencia hacia el prójimo. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, los bienes materiales tienen un valor social, según el principio de su destino universal (cf. nº 2404).

En el Evangelio es clara la amonestación de Jesús hacia los que poseen las riquezas terrenas y las utilizan solo para sí mismos. Frente a la muchedumbre que, carente de todo, sufre el hambre, adquieren el tono de un fuerte reproche las palabras de San Juan: "Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?" (1 Jn 3,17). La llamada a compartir los bienes resuena con mayor elocuencia en los países en los que la mayoría de la población es cristiana, puesto que su responsabilidad frente a la multitud que sufre en la indigencia y en el abandono es aún más grave. Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad.

La rectitud en la limosna

El Evangelio indica una característica típica de la limosna cristiana: tiene que hacerse en secreto. "Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha", dice Jesús, "así tu limosna quedará en secreto" (Mt 6,3-4). Y poco antes había afirmado que no hay que alardear de las propias buenas acciones, para no correr el riesgo de quedarse sin la recompensa en los cielos (cf. Mt 6,1-2). La preocupación del discípulo es que todo sea para mayor gloria de Dios. Jesús nos enseña: "Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestra buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5,16). Por tanto, hay que hacerlo todo para la gloria de Dios y no para la nuestra.

Queridos hermanos y hermanas —dice benedicto XVI—, que esta conciencia acompañe cada gesto de ayuda al prójimo, evitando que se transforme en una manera de llamar la atención. Si al cumplir una buena acción no tenemos como finalidad la gloria de Dios y el verdadero bien de nuestros hermanos, sino que más bien aspiramos a satisfacer un interés personal o simplemente a obtener la aprobación de los demás, nos situamos fuera de la perspectiva evangélica. En la sociedad moderna de la imagen hay que estar muy atentos, ya que esta tentación se plantea continuamente. La limosna evangélica no es simple filantropía: es más bien una expresión concreta de la caridad, la virtud teologal que exige la conversión interior al amor de Dios y de los hermanos, a imitación de Jesucristo, que muriendo en la cruz se entregó a sí mismo por nosotros.

¿Cómo no dar gracias a Dios por tantas personas que en el silencio, lejos de los reflectores de la sociedad mediática, llevan a cabo con este espíritu acciones generosas de ayuda al prójimo necesitado? Sirve de bien poco dar los propios bienes a los demás si el corazón se hincha de vanagloria por ello. Por este motivo, quien sabe que "Dios ve en lo secreto" y en lo secreto recompensará, no busca un reconocimiento humano por las obras de misericordia que realiza.

Es mejor dar que recibir

La Escritura, al invitarnos a considerar la limosna con una mirada más profunda, que trascienda la dimensión puramente material, nos enseña que hay mayor felicidad en dar que en recibir (Hch 20,35). Cuando actuamos con amor expresamos la verdad de nuestro ser: en efecto, no hemos sido creados para nosotros mismos, sino para Dios y para los hermanos (cf. 2 Cor 5,15). Cada vez que por amor de Dios compartimos nuestros bienes con el prójimo necesitado experimentamos que la plenitud de vida viene del amor y lo recuperamos todo como bendición en forma de paz, de satisfacción interior y de alegría. El Padre celestial recompensa nuestras limosnas con su alegría.

Más aún: san Pedro cita entre los frutos espirituales de la limosna el perdón de los pecados. "La caridad –escribe– cubre multitud de pecados" (1P 4,8). Como repite a menudo la liturgia cuaresmal, Dios nos ofrece a los pecadores la posibilidad de ser perdonados. El hecho de compartir con los pobres lo que poseemos nos dispone a recibir ese don. En este momento pienso en los que sienten el peso del mal que han hecho y, precisamente por eso, se sienten lejos de Dios, temerosos y casi incapaces de recurrir a él. La limosna, acercándonos a los demás, nos acerca a Dios y puede convertirse en un instrumento de auténtica conversión y reconciliación con él y con los hermanos.

La limosna nos educa en la generosidad

La limosna educa a la generosidad del amor. San José Benito Cottolengo solía recomendar: "Nunca contéis las monedas que dais, porque yo digo siempre: si cuando damos limosna la mano izquierda no tiene que saber lo que hace la derecha, tampoco la derecha tiene que saberlo" (Detti e pensieri, Edilibri, n. 201). Al respecto es significativo el episodio evangélico de la viuda que, en su miseria, echa en el tesoro del templo "todo lo que tenía para vivir" (Mc 12,44). Su pequeña e insignificante moneda se convierte en un símbolo elocuente: esta viuda no da a Dios lo que le sobra, no da lo que posee, sino lo que es: toda su persona.

Este episodio conmovedor se encuentra dentro de la descripción de los días que precedente inmediatamente a la pasión y muerte de Jesús, el cual, como señala San Pablo, se hizo pobre a fin de enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor 8,9); se ha entregado a sí mismo por nosotros. La Cuaresma nos impulsa a seguir su ejemplo, también a través de la práctica de la limosna. Siguiendo sus enseñanzas podemos aprender a hacer de nuestra vida un don total; imitándolo estaremos dispuestos a dar, no tanto algo de lo que poseemos, sino a darnos a nosotros mismos.

¿Acaso no se resume todo el Evangelio en el único mandamiento de la caridad? Por tanto, la práctica cuaresmal de la limosna se convierte en un medio para profundizar nuestra vocación cristiana. El cristiano, cuando gratuitamente se ofrece a sí mismo, da testimonio de que no es la riqueza material la que dicta las leyes de la existencia, sino el amor. Por tanto, lo que da valor a la limosna es el amor, que inspira formas distintas de don, según las posibilidades y las condiciones de cada uno.

En suma, la limosna hace que el cristiano se vuelva al prójimo, le conozca, le ame, le escuche, le dé su tiempo y su atención, y le preste ayuda, consejo, presencia, dinero, casa, compañía, afecto. Pero difícilmente estamos disponibles para el prójimo si no está despegado del mundo y encendido en el amor a Dios. El cristiano sin oración, cebado en el consumo de sus criaturas, no está libre ni para Dios por el ayuno, ni para los hombres por la limosna.

La limosna nos hace testigos del amor de Cristo

El fin de la limosna cristiana no es la eliminación permanente o general de toda necesidad, cualquiera sea su causa (Mt 26,11; Mc 14,7; cf. Dt 15,11), sino una actuación de la caridad, sugerida o impuesta por las circunstancias. Por eso, se habla relativamente poco en el Nuevo Testamento en forma expresa de la limosna, excepto cuando lo pide un fin que hay que lograr inmediatamente, como las colectas de Pablo, de las que ya hablamos.

A Jesús le importa la validez universal de la caridad, ora en las exposiciones contra una escrupulosidad ritual sin amor (Lc 11,39-42; cf. Mt 23, 25-26), ora en la aplicación y aclaración de sus consecuencias (por ej., Lc 12,33-34; Mt 6,1-4.19-21). La limosna comparte la no bleza de la caridad.

Por eso, la Cuaresma nos invita a "entrenarnos" espiritualmente, también mediante la práctica de la limosna, para crecer en la caridad y reconocer en los pobres a Cristo mismo. Los Hechos de los Apóstoles cuentan que el apóstol san Pedro dijo al tullido que le pidió una limosna en la entrada del templo: "No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, echa a andar" (Hch 3,6).

Con la limosna regalamos algo material, signo del don más grande que podemos ofrecer a los demás con el anuncio y el testimonio de Cristo, en cuyo nombre está la vida verdadera. Por tanto, este tiempo ha de caracterizarse por un esfuerzo personal y comunitario de adhesión a Cristo para ser testigos de su amor.

«Gracias a hombres y mujeres obedientes al Espíritu Santo—decía Benedicto XVI en su mensaje de Cuaresma de 2006—, han surgido en la Iglesia muchas obras de caridad, dedicadas a promover el desarrollo: hospitales, universidades, escuelas de formación profesional, pequeñas empresas. Son iniciativas que han demostrado, mucho antes que otras actuaciones de la sociedad civil, la sincera preocupación hacia el hombre por parte de personas movidas por el mensaje evangélico. Estas obras indican un camino para guiar aún hoy el mundo hacia una globalización que ponga en el centro el verdadero bien del hombre y, así, lleve a la paz auténtica.

Con la misma compasión de Jesús por las muchedumbres, la Iglesia siente también hoy que su tarea propia consiste en pedir a quien tiene responsabilidades políticas y ejerce el poder económico y financiero que promueva un desarrollo basado en el respeto de la dignidad de todo hombre. Una prueba importante de este esfuerzo será la efectiva libertad religiosa, entendida no sólo como posibilidad de anunciar y celebrar a Cristo, sino también de contribuir a la edificación de un mundo animado por la caridad. En este esfuerzo se inscribe también la consideración efectiva del papel central que los auténticos valores religiosos desempeñan en la vida del hombre, como respuesta a sus interrogantes más profundos y como motivación ética respecto a sus responsabilidades personales y sociales. Basándose en estos criterios, los cristianos deben aprender a valorar también con sabiduría los programas de sus gobernantes.

No podemos ocultar que muchos que profesaban ser discípulos de Jesús han cometido errores a lo largo de la historia. Con frecuencia, ante problemas graves, han pensado que primero se debía mejorar la tierra y después pensar en el cielo. La tentación ha sido considerar que, ante necesidades urgentes, en primer lugar se debía actuar cambiando las estructuras externas. Para algunos, la consecuencia de esto ha sido la transformación del cristianismo en moralismo, la sustitución del creer por el hacer. Por eso, mi predecesor de venerada memoria, Juan Pablo II, observó con razón: «La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien. En un mundo fuertemente secularizado, se ha dado una "gradual secularización de la salvación", debido a lo cual se lucha ciertamente en favor del hombre, pero de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal. En cambio, nosotros sabemos que Jesús vino a traer la salvación integral» (Enc. Redemptoris missio, 11)».

Despedida mariana

Que María, Madre y Esclava fiel del Señor, ayude a los creyentes a proseguir la "batalla espiritual" de la Cuaresma armados con la oración, el ayuno y la práctica de la limosna, para llegar a las celebraciones de las fiestas de Pascua renovados en el espíritu. Con este deseo, os imparto a todos una especial bendición apostólica.

 

 

 

 

 

 

 

 

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