La ayuno
Josemaría Monforte
Conferencia
cuaresmal en la
Parroquia de san
Josemaría Escrivá de
Valencia, a las
20.00 del sábado 21
de enero de 2009
Sumario
Introducción.-
Mensaje cuaresmal
2009 de Benedicto
XVI.- Ayuda para
evitar el pecado.-
El ayuno de en el
Antiguo Testamento.-
El ayuno en el Nuevo
Testamento.- El
ayuno en la
primitiva Iglesia y
las enseñanzas
paulinas.- El ayuno
en nuestros días.-
Práctica ascética de
la mortificación.-
Último fin del
ayuno: unión con
Dios.- Despedida
mariana.
Introducción
Si ayer nos
ocúpabamos de la
oración, hoy vamos a
reflexionar sobre el
ayuno cuaresmal.
¡Queridos
hermanos y hermanas!
Al comenzar la
Cuaresma, un tiempo
que constituye un
camino de
preparación
espiritual más
intenso, la Liturgia
nos vuelve a
proponer tres
prácticas
penitenciales a las
que la tradición
bíblica cristiana
confiere un gran
valor —la oración,
el ayuno y la
limosna— para
disponernos a
celebrar mejor la
Pascua y, de este
modo, hacer
experiencia del
poder de Dios que,
como escucharemos en
la Vigilia pascual,
"ahuyenta los
pecados, lava las
culpas, devuelve la
inocencia a los
caídos, la alegría a
los tristes, expulsa
el odio, trae la
concordia, doblega a
los poderosos"
(Pregón pascual).
Mensaje cuaresmal
2009 de Benedicto
XVI
En mi acostumbrado
Mensaje cuaresmal
(11-XII-2008), este
año deseo detenerme
a reflexionar
especialmente sobre
el valor y el
sentido del ayuno.
En efecto, la
Cuaresma nos
recuerda los
cuarenta días de
ayuno que el Señor
vivió en el desierto
antes de emprender
su misión pública.
Leemos en el
Evangelio: "Jesús
fue llevado por el
Espíritu al desierto
para ser tentado por
el diablo. Y después
de hacer un ayuno
durante cuarenta
días y cuarenta
noches, al fin
sintió hambre" (Mt
4,1-2). Al igual que
Moisés antes de
recibir las Tablas
de la Ley (cfr. Ex
34, 8), o que Elías
antes de encontrar
al Señor en el monte
Horeb (cfr. 1R
19,8), Jesús orando
y ayunando se
preparó a su misión,
cuyo inicio fue un
duro enfrentamiento
con el tentador.
Ayuda para evitar el
pecado
Podemos preguntarnos
qué valor y
qué sentido tiene
para nosotros, los
cristianos,
privarnos de algo
que en sí mismo
sería bueno y útil
para nuestro
sustento.
Las Sagradas
Escrituras y toda la
tradición cristiana
enseñan que el ayuno
es una gran ayuda
para evitar el
pecado y todo lo que
induce a él. Por
esto, en la historia
de la salvación
encontramos en más
de una ocasión la
invitación a ayunar.
Ya en las primeras
páginas de la
Sagrada Escritura el
Señor impone al
hombre que se
abstenga de consumir
el fruto prohibido:
"De cualquier
árbol del jardín
puedes comer, mas
del árbol de la
ciencia del bien y
del mal no comerás,
porque el día que
comieres de él,
morirás sin remedio"
(Gn 2, 16-17).
Comentando la orden
divina, San Basilio
observa que "el
ayuno ya existía en
el paraíso", y "la
primera orden en
este sentido fue
dada a Adán". Por lo
tanto, concluye: "El
‘no debes comer’ es,
pues, la ley del
ayuno y de la
abstinencia" (cfr.
Sermo de ieiunio:
PG 31, 163, 98).
Puesto que el pecado
y sus consecuencias
nos oprimen a todos,
el ayuno se nos
ofrece como un medio
para recuperar la
amistad con el
Señor. Es lo que
hizo Esdras antes de
su viaje de vuelta
desde el exilio a la
Tierra Prometida,
invitando al pueblo
reunido a ayunar
"para humillarnos
—dijo— delante de
nuestro Dios"
(8,21). El
Todopoderoso escuchó
su oración y aseguró
su favor y su
protección.
Lo mismo hicieron
los habitantes de
Nínive que,
sensibles al
llamamiento de Jonás
a que se
arrepintieran,
proclamaron, como
testimonio de su
sinceridad, un ayuno
diciendo: "A ver
si Dios se
arrepiente y se
compadece, se aplaca
el ardor de su ira y
no perecemos"
(3,9). También en
esa ocasión Dios vio
sus obras y les
perdonó.
El ayuno de en el
Antiguo Testamento
La Ley sólo
prescribe el ayuno
para el gran día de
la expiación
(Lev 16,29-30;
23,27.32; Núm 29,7).
La práctica por lo
contrario es muy
rica y varia, aun
prescindiendo de las
prescripciones
levíticas sobre
comidas,
abstinencias en
sacerdotes, nazireos
y recabitas, de que
no vamos a tratar
aquí. Ayunan
personas de todos
los estados,
individuos y el
pueblo entero, hasta
el ganado (Jon 3,7),
por propio impulso o
por ordenación
superior, de un día
a tres, a siete, a
tres semanas, a
cuarenta días,
constantemente,
durante toda la vida
(Jdt 8,6).
Desde la cautividad,
se van haciendo más
numerosos los días
anuales de ayuno (Zac
7,3.5; 8,19) y
ayunos especiales
antes desconocidos
(2Par 20,3-4; cf.
Jon 3,5-9) se
ordenan con mayor
frecuencia (Esd
4,16; Neh 9,1). Los
piadosos ayunaban
dos veces a la
semana (Lc 18,12).
En el AT el ayuno no
se practica casi
nunca solo.
Es la parte
llamativa, que pide
serio empeño
externo, del
comportamiento
ritual y religioso
del individuo o de
un grupo (del
pueblo), cuando se
dirigen a Dios en la
necesidad.
Con la esencial
renuncia a la comida
y bebida, o su
limitación (por ej.,
Dan 10,3), van
unidos el llanto,
lamentaciones a
gritos, vestido de
saco, ceniza, polvo,
rasgadura de los
vestidos, abstención
de comercio sexual,
renuncia al aseo
corporal, como
lociones y baños,
andar con los pies
descalzos, omisión
del saludo, dormir
sobre el suelo (así
2Sam 12,16), y, en
los ayunos públicos,
reuniones de culto y
descanso del trabajo
(JI 1,14; 2,14-16;
1Re 21,9-10.12; Jer
36,6.9).
Nunca faltan desde
luego la oración
(por ej., Neh 1,4;
Bar 1,5) y las obras
corporales de
misericordia (Is
58,3-7). Se habla a
menudo del ayuno
juntamente con estas
obras de
misericordia, como
trasunto de la
piedad (por ej., Tob
12,8).
Las circunstancias
exteriores son en su
propio medio la
expresión natural de
dolor profundo
(cf. el ayuno como
duelo por un muerto,
1Sam 31,13; 2Sam
1,11.12; luto de
viuda en Jdt 8,5.6).
De ahí que el ayuno
es desterrado por la
alegría (Jdt 8,6; Jl
2,18-27; Zac 7,3;
8,19). 'inná
nafso = humillar
su alma ( = a sí
mismo) describe a
menudo
parafrásticamente o
sustituye a sum
= ayunar (Lev
16,29.31;
23,27.29.32; Núm
29,7; 30,14; Is
58,3.5; Sal
34-35,13; cf. 1Re
21, 17.19; Eclo
2,17).
Es la
expresión externa de
la humillación
consciente y
voluntaria ante el
poder de Dios que
amenaza y castiga,
del íntimo
apartamiento del
pecado, por el que
se provocó la ira de
Dios (cf Eclo
2,17ss). Según los
casos, es expresión
de esta disposición
de espíritu, o
exhortación y medio
para lograrIa. El
hombre que tiene
conciencia de su
culpa y dependencia,
hace lo posible para
apartar el motivo de
que Dios intervenga
.con mano dura y de
moverle también
humanamente a
compasión.
El ayuno en el Nuevo
Testamento
En el Nuevo
Testamento, Jesús
indica la razón
profunda del ayuno,
estigmatizando la
actitud de los
fariseos, que
observaban
escrupulosamente las
prescripciones que
imponía la ley, pero
su corazón estaba
lejos de Dios.
El verdadero ayuno,
repite en otra
ocasión el divino
Maestro, consiste
más bien en cumplir
la voluntad del
Padre celestial, que
"ve en lo secreto y
te recompensará" (Mt
6,18). Él mismo nos
da ejemplo al
responder a Satanás,
al término de los 40
días pasados en el
desierto, que "no
solo de pan vive el
hombre, sino de toda
palabra que sale de
la boca de Dios" (Mt
4,4).
Los profetas, los
sabios y Jesús mismo
atacan no el ayuno
en si mismo, sino el
ayuno sin alma, que
no es ya
humillación, sino
soberbia y exigencia
ante Dios
(Zac 7,5-6; Lc 18,
12.14; Mt 6,16-17).
Lo que importa es el
cumplimiento de los
deberes más
importantes de la
moralidad externa e
interna, sobre todo
de la justicia y la
caridad (Is 58, 3-5;
Jer 14,12; Eclo
34[31],25-26
[30-31]; Jl
2,12.13). Isaias da
al ayuno agradable a
Dios y fructífero el
sentido traslaticio
de practicar la
justicia y las obras
de caridad (Is
58,6-12). Contra una
tendencia al
acrobatismo y al
alarde, que se
manifiesta tanto más
claramente cuanto
más avanza la
historia (cf. Mt
6,16-18), profetas y
sabios mantienen
enhiesto el ideal de
la verdadera piedad.
El verdadero ayuno,
por consiguiente,
tiene como finalidad
comer el "alimento
verdadero", que es
hacer la voluntad
del Padre (cfr. Jn
4,34). Si, por lo
tanto, Adán
desobedeció la orden
del Señor de "no
comer del árbol de
la ciencia del bien
y del mal", con el
ayuno el creyente
desea someterse
humildemente a Dios,
confiando en su
bondad y
misericordia.
Además, el
ayuno en el AT es
también oración, que
lo espera todo de
Dios (Is
58,3;.Jr 14,2; Mt
6,18). Apenas se
habla del aspecto
ascético en el
sentido de nuestra
«mortificación».
Toda concepción
mágica está
totalmente ausente
de la Biblia. Los
fines externos
(finis operantis)
son múltiples:
—arrepentimiento de
los pecados (lSam
7,6; Eclo 34
[31],25-26[30-31],
—alejamiento de un
mal y castigo (lRe
21,27.29; Est
4,1-3.16; 9,31),
—apaciguamiento de
la cólera de Dios (n
2,14-17),
—parte o
confirmación de
votos, apoyo de
peticiones (lSam
14,24; 2Sam 12,
15-23; Jl 1,13ss;
2,15; Esd 8,21; Tob
7,12; cf Act
23,12.14),
—recuerdo de
catástrofes
nacionales (Zac 7,3;
8,18-20; Est 9,31).
—Prepara a
encuentros
especiales con Dios:
revelaciones (Ex
34,28; Dt 9,9; Jue
20, 26.27; Dan 9,3;
10,2; Act 13,2; Lc
2,37; 1,80),
—y otras operaciones
(Act 14,23; cf. Mc
4,2 par; 9,29).
—En los cultos
oficiales, el ayuno
es una preparación
ritual de penitencia
(lSam 7,6; Jue
20,26).
—La reconciliación
se atribuye a la
acción ritual del
sacerdote (Lev
16,32-34; Núm
29,11).
Decía el Señor en el
Sermón de la
Montaña: 16Cuando
ayunéis no os
finjáis tristes como
los hipócritas, que
desfiguran su rostro
para que los hombres
noten que ayunan. En
verdad os digo que
ya recibieron su
recompensa. 17Tú,
en cambio, cuando
ayunes, perfuma tu
cabeza y lávate la
cara, 18para
que no adviertan los
hombres que ayunas,
sino tu Padre, que
está en lo oculto,
te recompensará
(Mt 6,16-18). Todo
un criterio básico
de rectitud para
agtradar a Dios..
El ayuno en la
primitiva Iglesia y
las enseñanzas
paulinas
La práctica del
ayuno está muy
presente en la
primera comunidad
cristiana. He aquí
algunos ejemplos:
—Mientras
celebraban el culto
del Señor y
ayunaban, dijo el
Espíritu Santo:
Separadme a Bernabé
y a Saulo para la
obra que les he
destinado. Y después
de ayunar, orar e
imponerles las
manos, los
despidieron
(Hch 13,2-3).
—Después de
predicar el
Evangelio en aquella
ciudad y hacer
numerosos
discípulos, se
volvieron a Listra,
Iconio y Antioquía,
confortando los
ánimos de los
discípulos y
exhortándoles a
perseverar en la fe,
diciéndoles que es
preciso que entremos
en el Reino de Dios
a través de muchas
tribulaciones.
Después de ordenar
presbíteros en cada
iglesia, haciendo
oración y ayunando,
les encomendaron al
Señor en quien
habían creído
(Hch 14,22-23).
—Llevábamos
largo tiempo sin
comer, y entonces
Pablo se alzó en
medio de ellos y
dijo: Mejor hubiera
sido, amigos,
escucharme y no
habernos hecho a la
mar desde Creta,
pues habríamos
evitado este daño y
esta pérdida. Pero
ahora os invito a
tener buen ánimo,
porque ninguno de
vosotros perecerá;
sólo se perderá la
nave (Hch
27,21-22)
—Que la vida
de Jesús se nos
manifieste en
nuestra carne mortal
(2 Co 4,11)
—A nadie damos
motivo alguno de
escándalo, para que
no sea vituperado
nuestro ministerio,
sino que en todo nos
acreditamos como
ministros de Dios:
con mucha paciencia,
en tribulaciones,
necesidades y
angustias; en
azotes, prisiones y
tumultos; en
fatigas, desvelos y
ayunos (2 Co
6,3-5)
También los Padres
de la Iglesia hablan
de la fuerza del
ayuno, capaz de
frenar el pecado,
reprimir los deseos
del "viejo Adán" y
abrir en el corazón
del creyente el
camino hacia Dios.
El ayuno es, además,
una práctica
recurrente y
recomendada por los
santos de todas las
épocas. Como
recordábamos ayer,
escribe San Pedro
Crisólogo: "El ayuno
es el alma de la
oración, y la
misericordia es la
vida del ayuno. Por
tanto, quien ora,
que ayune; quien
ayuna, que se
compadezca; que
preste oídos a quien
le suplica aquel
que, al suplicar,
desea que se le
oiga, pues Dios
presta oído a quien
no cierra los suyos
al que le súplica" (Sermo
43: PL 52, 320,
332).
Dentro de la misma
perspectiva pudiera
entenderse la
respuesta de Jesús a
la pregunta sobre el
ayuno que le hacen
los fariseos y
discípulos de Juan
(sobre todo Mc
2,18-20. 21-22; cf.
Mt 9,14-17; Lc
5,33-39). Jesús
rechaza lisamente la
doble imposición que
viene dentro de la
pregunta: que Él y
los suyos se pongan
entre los
reconocidamente
piadosos y que
consiguientemente,
tengan por necesario
el ayuno tal como
ellos lo practican
(Mc 2,19).
Jesús, con la
parábola del esposo
y de los «hijos de
la cámara nupcial»,
funda su repulsa en
su presencia, la
presencia del Mesias.
Texto y contexto de
las dos parábolas
que siguen, sobre la
fundamental novedad
de la realidad
cristiana y la
necesidad de nuevas
categorias (Mc
2,21-22), hacen por
lo menos muy
verosímil que Jesús
(Mc 2,20) no habla
de fechas, ni
aprobando ni
reprobando, sino de
algo más profundo
que tiene aún que
brillar para los
preguntantes. Su
estrecha mentalidad
ritualista pasa por
alto el solo hecho
decisivo: Jesús, la
salud, está alli.
Si entendieran esto,
comprederían lo
futil de su
descarriada
preocupación. A los
discípulos les
espera otro ayuno,
que no se impondrán
ni tasarán ellos a
sí mismos: después
de la muerte y
resurrección de
Jesús se verán
dolorosamente
privados de su
presencia visible (Mc
2,20; cf. Mt 9,15; 2
Cor 5,6-8; Flp
1,23). Así pues, en
Mc 2,20 «ayunar» se
toma en sentido
traslaticio y
figuradamente, lo
mismo que «esposo»
(alegoría). Con ello
orienta Jesús la
atención a la salud.
Zacarías (8,18-19)
señala el gozo de la
consumación; Jesús,
la necesidad del
tránsito terreno.
Uno y otro emplean
el término «ayunar»
para caracterizar
situaciones
distintas de la
salud: Zacarías por
la supresión del
ayuno, Jesús por un
nuevo sentido que lo
ha de informar. Uno
y otro se
desentienden de
minucias rituales
que han pasado
injustificadamente a
primer plano. De la
respuesta de Jesús
no cabe deducir nada
ni en pro ni en
contra de la
práctica cristiana
del ayuno. De hecho
nadie vio aquí
originaria ni
uniformemente el
fundamento para
ello.
Como «sombra de lo
futuro», las
prescripciones
rituales, la «comida
y bebida», en el
«reino de Dios», son
de suyo indiferentes
(Col 2,16-17; Rom
14,17; 1 Cor 8,8).
Jesús no trae nuevas
normas externas,
sino la plenitud de
la salud y piedad.
El cristiano debe
configurada
libremente por la
recta intención.
Con qué fuerza y
también con qué
incertidumbre se
mantuvo por largo
tiempo en
determinados
sectores el interés
por prácticas, como
la del ayuno,
reguladas en muchos
casos por la ley y
las costumbres,
pónenlo de
manifiesto numerosas
dificultades afines
a la pregunta de Mc
2,18-20, que se
hallan en los
apócrifos y en los
escritores
cristianos,
prácticamente todos
los oscuros logia
que, en el
evangelio copto de
Tomás, se ocupan del
ayuno y lo rechazan.
Pasajes del NT, que
ofrecen críticamente
dificultad, en los
que no se sabe de
cierto si
originariamente
hablaban del ayuno,
atestiguan por su
presencia la estima
que se tenía en
otros sectores (Mc
9,29 = Mt 17,21; Act
10,30; 1 Cor 7,5).
El ejemplo y la
doctrina de Jesús
(Mt 4,2 par;
6,16-18) recomiendan
positivamente el
recto ayuno, y
continúan el fondo
auténtico y duradero
de las costumbres
judaicas.
Precisamente al
repudiar formas
externas caducadas
del ayuno, Jesús
designa la
existencia humana
como un ayuno; con
ello nos da
implícitamente a
entender que también
en la nueva economía
tiene lugar o razón
de ser un ayuno
corporal rectamente
entendido.
El ayuno en nuestros
días
El ayuno en el Islam
y en el Budismo, por
ejemplo, trata de
liberarnos del peso
de las cosas
creadas. Pero para
el cristiano «el
deseo místico no es
nunca el descenso en
sí mismo, sino el
descenso en la
profundización de la
fe, donde se
encuentra a Dios».
En nuestros días,
parece que la
práctica del ayuno
ha perdido un poco
su valor espiritual
y ha adquirido más
bien, en una cultura
marcada por la
búsqueda del
bienestar material,
el valor de una
medida terapéutica
para el cuidado del
propio cuerpo.
Está claro que
ayunar es bueno para
el bienestar físico,
pero para los
creyentes es, en
primer lugar, una
"terapia" para curar
todo lo que les
impide conformarse a
la voluntad de Dios.
En la Constitución
apostólica
Pænitemini de
1966, el Siervo de
Dios Pablo VI
identificaba la
necesidad de colocar
el ayuno en el
contexto de la
llamada a todo
cristiano a no
"vivir para sí
mismo, sino para
aquél que lo amó y
se entregó por él y
a vivir también para
los hermanos" (cfr.
Cap. I).
La Cuaresma podría
ser una buena
ocasión para retomar
las normas
contenidas en la
citada Constitución
apostólica,
valorizando el
significado
auténtico y perenne
de esta antigua
práctica
penitencial, que
puede ayudarnos a
mortificar nuestro
egoísmo y a abrir el
corazón al amor de
Dios y del prójimo,
primer y sumo
mandamiento de la
nueva ley y
compendio de todo el
Evangelio (cfr. Mt
22,34-40).
La práctica fiel del
ayuno contribuye,
además, a dar unidad
a la persona, cuerpo
y alma, ayudándola a
evitar el pecado y a
acrecer la intimidad
con el Señor. San
Agustín, que conocía
bien sus propias
inclinaciones
negativas y las
definía
"retorcidísima y
enredadísima
complicación de
nudos" (Confesiones,
II, 10.18), en su
tratado La utilidad
del ayuno, escribía:
"Yo sufro, es
verdad, para que Él
me perdone; yo me
castigo para que Él
me socorra, para que
yo sea agradable a
sus ojos, para
gustar su dulzura"
(Sermo 400, 3, 3: PL
40, 708).
Privarse del
alimento material
que nutre el cuerpo
facilita una
disposición interior
a escuchar a Cristo
y a nutrirse de su
palabra de
salvación. Con el
ayuno y la oración
Le permitimos que
venga a saciar el
hambre más profunda
que experimentamos
en lo íntimo de
nuestro corazón: el
hambre y la sed de
Dios.
Práctica ascética de
la mortificación
Al mismo tiempo, el
ayuno nos ayuda a
tomar conciencia de
la situación en la
que viven muchos de
nuestros hermanos.
En su Primera carta
San Juan nos pone en
guardia: "Si alguno
que posee bienes del
mundo, ve a su
hermano que está
necesitado y le
cierra sus entrañas,
¿cómo puede
permanecer en él el
amor de Dios?"
(3,17). Ayunar por
voluntad propia nos
ayuda a cultivar el
estilo del Buen
Samaritano, que se
inclina y socorre al
hermano que sufre (cfr.
Enc. Deus caritas
est, 15).
Al escoger
libremente privarnos
de algo para ayudar
a los demás,
demostramos
concretamente que el
prójimo que pasa
dificultades no nos
es extraño.
Precisamente para
mantener viva esta
actitud de acogida y
atención hacia los
hermanos, animo a
las parroquias y
demás comunidades a
intensificar durante
la Cuaresma la
práctica del ayuno
personal y
comunitario,
cuidando asimismo la
escucha de la
Palabra de Dios, la
oración y la
limosna.
Este fue, desde el
principio, el estilo
de la comunidad
cristiana, en la que
se hacían colectas
especiales (cfr. 2
Co 8-9; Rm
15,25-27), y se
invitaba a los
fieles a dar a los
pobres lo que,
gracias al ayuno, se
había recogido (cfr.
Didascalia Ap.,
V, 20,18). También
hoy hay que
redescubrir esta
práctica y
promoverla,
especialmente
durante el tiempo
litúrgico cuaresmal.
Lo que he dicho
muestra con gran
claridad que el
ayuno representa una
práctica ascética
importante, un
arma espiritual para
luchar contra
cualquier posible
apego desordenado a
nosotros mismos.
Privarnos por
voluntad propia del
placer del alimento
y de otros bienes
materiales, ayuda al
discípulo de Cristo
a controlar los
apetitos de la
naturaleza
debilitada por el
pecado original,
cuyos efectos
negativos afectan a
toda la personalidad
humana.
Oportunamente, un
antiguo himno
litúrgico cuaresmal
exhorta: "Utamur
ergo parcius, /
verbis, cibis et
potibus, / somno,
iocis et arctius /
perstemus in
custodia – Usemos de
manera más sobria
las palabras, los
alimentos y bebidas,
el sueño y los
juegos, y
permanezcamos
vigilantes, con
mayor atención".
Último fin del
ayuno: unión con
Dios
El ayuno es
restricción del
consumo del mundo,
es privación del
mal, y también
privación del bien,
es honor de Dios.
Hay que ayunar de
comida, de gastos,
de viajes, de
vestidos, de
lecturas, noticias,
relaciones, Tv,
prensa,
espectáculos,
actividad sexual (1
Co 7,5) de todo lo
que es ávido consumo
del mundo visible.
La vida cristiana
es, en el más
estricto sentido de
la palabra, una
vida elegante,
es decir, una vida
personal, desde
dentro, que
elige
siempre y en todo;
lo contrario,
justamente, de una
vida masificada y
automática, en la
que las necesidades,
muchas veces falsas,
y las pautas
conductuales, muchas
veces malas, son
impuestas por el
ambiente, desde
fuera.
Es únicamente en
esta vida elegante
del ayuno donde
puede desarrollarse
en plenitud la
pobreza evangélica.
«Ese hacer
penitencia, que
el Señor propone
como condición
indispensable para
entrar en el Reino
de los cielos,
esconde mucho más
que el ejercicio de
unas prácticas
exteriores. La
expresión griega
utilizada por el
evangelista, reflejo
de la que empleó el
Señor, significa un
profundo cambio
interior de la
inteligencia y de la
voluntad. Jesucristo
pide a los que de
veras deseen
seguirle un vuelco
completo del modo de
pensar, sentir y
actuar, que afecta
antes que nada al
corazón. Jesús
invita a los hombres
y mujeres —a ti y a
mí, en este
instante— a
abandonar el rumbo
de los pensamientos
y deseos mundanos,
que alejan del Padre
celestial, para
emprender una nueva
dirección, la que Él
mismo ha dejado
señalada en el
Evangelio. Les
invita a
convertirse, es
decir, a cambiar
radicalmente la
dirección de los
propios pasos, a
volverse a Dios,
único centro y fin
de toda la
existencia humana.
Naturalmente, esa
mudanza se ha de
manifestar en
hechos, pues todo
cambio verdadero de
ideas y de corazón
ha de concretarse en
obras (cfr Lc 3,8)»
(Mons. Echevarría,
Carta,
1-I-1999)
Por lo tanto, que en
cada familia y
comunidad cristiana
se valore la
Cuaresma para alejar
todo lo que distrae
el espíritu y para
intensificar lo que
alimenta el alma y
la abre al amor de
Dios y del prójimo.
Pienso,
especialmente, en un
mayor empeño en la
oración, en la
lectio divina, en el
Sacramento de la
Reconciliación y en
la activa
participación en la
Eucaristía, sobre
todo en la Santa
Misa dominical. Con
esta disposición
interior entremos en
el clima penitencial
de la Cuaresma.
——Mortificarse,
negarse a
determinados bienes
sensibles, en el
plano natural lleva
al autodominio,
mantiene la
supremacía del
espíritu sobre las
pasiones. Sin
embargo, la
mortificación
cristiana —la Cruz
del Señor— lleva,
además, a la
renuncia del propio
yo, para
conformarnos a
Cristo. Este el
sentido de la
mortificación: Es
necesario que él
crezca y que yo
disminuya (Jn 3,
30).
——Se trata de dar
paso a la nueva Vida
y no simplemente a
una vida humana más
equilibrada.
——Necesaria para
alcanzar la santidad
(cfr. Camino,
187, 189).
- 187. Paradoja:
para Vivir hay que
morir.
- 189. Todo lo que
te no lleve a Dios
es un estorbo.
Arráncalo y tíralo
lejos.
——Para el
apostolado (cfr.
Camino, 192,
199, 938, 946).
- 192. Siempre sales
vencido. —Proponte,
cada vez, la
salvación de un alma
determinada, o su
santificación, o su
vocación al
apostolado... —Así
estoy seguro de tu
victoria.
- 199. Si el grano
de trigo no muere
queda infecundo.
—¿No quieres ser
grano de trigo,
morir por la
mortificación, y dar
espigas bien
granadas? —¡Que
Jesús bendiga tu
trigal!
- 938. Procura vivir
de tal manera que
sepas,
voluntariamente,
privarte de la
comodidad y
bienestar que verías
mal en los hábitos
de otro hombre de
Dios. Mira que eres
el grano de trigo
del que habla el
Evangelio. —Si no te
entierras y mueres,
no habrá fruto.
- 946. Si queréis
entregaros a Dios en
el mundo, antes que
sabios —ellas no
hace falta que sean
sabias: basta que
sean
discretas—habéis de
ser espirituales,
muy unidos al Señor
por lo oración:
habéis de llevar un
manto invisible que
cubra todos y cada
uno de vuestros
sentidos y
potencias: orar,
orar y orar; expiar,
expiar y expiar.
——Para hacer la
vida agradable a los
demás (cfr.
Camino 179, 198;
Surco, 779,
819, 990; Forja,
149).
- 179.- Busca
mortificaciones que
no mortifiquen a los
demás.
- 198.- Estos son
los frutos sabrosos
del alma
mortificada:
compresión y
transigencia para
las miserias ajenas:
intransigencia para
las propias.
- 799.- ¡Grítaselo
fuerte, que ese
grito es chifladura
de enamorado!:
Señor, aunque te
amo..., ¡no te fíes
de mí! ¡Atame a Ti,
cada día más!
- 819.- El Amor se
robustece también
con negación y
mortificación.
- 990.- Te presentas
como un teórico
formidable... —Pero
¡no cedes ni en
menudencias
insignificantes!
—¡No creo en ese
espíritu tuyo de
mortificación!
- 149. Por mi
miseria, me quejaba
yo a un amigo de que
parece que Jesús
está de paso... y de
que me deja solo.
-Al instante,
reaccioné con dolor,
lleno de confianza:
no es así, Amor mío:
yo soy quien, sin
duda, se apartó de
Ti: ¡ya no más!
——Mortificación
interior y de la
lengua (cfr.
Camino 443-445,
447-449; Surco,
902, 904; Forja,
152).
443. No hagas
crítica negativa:
cuando no puedas
alabar, cállate.
444. Nunca hables
mal de tu hermano,
aunque tengas
sobrados motivos.
—Ve primero al
Sagrario, y luego ve
al Sacerdote, tu
padre, y desahoga
también tu pena con
él.Y con nadie más.
445. La murmuración
es roña que ensucia
y entorpece el
apostolado. —Va
contra la caridad,.
resta fuerzas, quita
la paz, y hace
perder la unión con
Dios.
447. Después de ver
en qué se emplean,
¡íntegras!, muchas
vidas (lengua,
lengua, lengua, con
todas sus
consecuencias), me
parece más necesario
y más amable el
silencio. —Y
entiendo muy bien
que pidas cuentas,
Señor, de la palabra
ociosa.
448. Es más fácil
decir que hacer.
—Tú..., que tienes
esa lengua tajante
—de hacha—, ¿has
probado alguna vez,
por casualidad
siquiera, a hacer
"bien" lo que, según
tu "autorizada"
opinión, hacen los
otros menos bien?
449. Eso se llama:
susurración,
murmuración,
trapisonda, enredo,
chisme, cuento,
insidia...,
¿calumnia?,
.¿vileza?—Es difícil
que la "función de
criterio", de quien
no tiene por qué
ejercitarla, no
acabe en "faena de
comadres".
902. Acostúmbrate a
hablar cordialmente
de todo y de todos;
en particular, de
cuantos trabajan en
el servicio de Dios.
Y cuando no sea
posible, ¡calla!:
también los
comentarios bruscos
o desenfadados
pueden rayar en la
murmuración o en la
difamación.
904. ¡De los
sacerdotes de Cristo
no se ha de hablar
más que para
alabarles! —Deseo
con toda mi alma que
mis hermanos y yo lo
tengamos muy en
cuenta, para nuestra
conducta diaria.
152. Cuídame el
ejercicio de una
mortificación muy
interesante: que tus
conversaciones no
giren en torno a ti
mismo.
Despedida mariana
Que nos acompañe la
Beata Virgen María,
Causa nostræ
laetitiæ, y nos
sostenga en el
esfuerzo por liberar
nuestro corazón de
la esclavitud del
pecado para que se
convierta cada vez
más en "tabernáculo
viviente de Dios".
Con este deseo,
asegurando mis
oraciones para que
cada creyente y cada
comunidad eclesial
recorra un
provechoso
itinerario
cuaresmal, os
imparto de corazón a
todos la Bendición
Apostólica.