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MENSAJE DEL SANTO
PADRE
BENEDICTO XVI
el DOMINGO DE RESURRECCIÓN 2009
antes de impartir la
bendición "urbi et orbi" a los miles de peregrinos
presentes
en la Plaza de San Pedro
y a quienes le escuchaban a través de los medios de
comunicación.
"Queridos hermanos y
hermanas Christus resurrexit! - ¡Cristo ha
resucitado!
La gran Vigilia de esta noche nos ha hecho revivir
el acontecimiento decisivo y siempre actual de la
Resurrección, misterio central de la fe cristiana.
En las iglesias se han encendido innumerables cirios
pascuales para simbolizar la luz de Cristo que ha
iluminado e ilumina a la humanidad, venciendo para
siempre las tinieblas del pecado y del mal. Y hoy
resuenan con fuerza las palabras que asombraron a
las mujeres que habían ido la madrugada del primer
día de la semana al sepulcro donde habían puesto el
cuerpo de Cristo, bajado apresuradamente de la cruz.
Tristes y desconsoladas por la pérdida de su
Maestro, encontraron apartada la gran piedra y, al
entrar, no hallaron su cuerpo. Mientras estaban
allí, perplejas y confusas, dos hombres con vestidos
resplandecientes les sorprendieron, diciendo: "¿Por
qué buscáis entre los muertos al que vive? No está
aquí, ha resucitado" (Lucas 24, 5-6) "Non est
hic, sed resurrexit" (Lucas 24, 6). Desde
aquella mañana, estas palabras siguen resonando en
el universo como anuncio perenne, e impregnado a la
vez de infinitos y siempre nuevos ecos, que
atraviesa los siglos.
"No está aquí... ha resucitado". Los mensajeros
celestes comunican ante todo que Jesús "no está
aquí": el Hijo de Dios no ha quedado en el sepulcro,
porque no podía permanecer bajo el dominio de la
muerte (cf. Hechos 2, 24) y la tumba no podía
retener "al que vive" (Apocalipsis 1, 18), al
que es la fuente misma de la vida. Porque, del mismo
modo que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo,
también Cristo crucificado quedó sumido en el seno
de la tierra (cf. Mateo 12, 40) hasta
terminar un sábado. Aquel sábado fue ciertamente "un
día solemne", como escribe el evangelista Juan
(19, 31), el más solemne de la historia, porque,
en él, el "Señor del sábado" (Mateo 12, 8)
llevó a término la obra de la creación (cf.
Génesis 2, 1-4a), elevando al hombre y a todo el
cosmos a la gloriosa libertad de los hijos de Dios
(cf. Romanos 8, 21). Cumplida esta obra
extraordinaria, el cuerpo exánime ha sido traspasado
por el aliento vital de Dios y, rotas las barreras
del sepulcro, ha resucitado glorioso. Por esto los
ángeles proclaman "no está aquí": ya no se le puede
encontrase en la tumba. Ha peregrinado en la tierra
de los hombres, ha terminado su camino en la tumba,
como todos, pero ha vencido a la muerte y, de modo
absolutamente nuevo, por un puro acto de amor, ha
abierto la tierra de par en par hacia el Cielo.
Su resurrección, gracias al Bautismo que nos
"incorpora" a Él, es nuestra resurrección. Lo había
preanunciado el profeta Ezequiel: "Yo mismo abriré
vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros
sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de
Israel" (Ezequiel 37, 12). Estas palabras
proféticas adquieren un valor singular en el día de
Pascua, porque hoy se cumple la promesa del Creador;
hoy, también en esta época nuestra marcada por la
inquietud y la incertidumbre, revivimos el
acontecimiento de la resurrección, que ha cambiado
el rostro de nuestra vida, ha cambiado la historia
de la humanidad. Cuantos permanecen todavía bajo las
cadenas del sufrimiento y la muerte, aguardan, a
veces de modo inconsciente, la esperanza de Cristo
resucitado.
Que el espíritu del Resucitado traiga consuelo y
seguridad, particularmente, a África a las
poblaciones de Darfur, que atraviesan una dramática
situación humanitaria insostenible; a las de las
regiones de los Grandes Lagos, donde muchas heridas
aún no han cicatrizado; a los pueblos del Cuerno de
África, de Costa de Marfil, de Uganda, de Zimbabwe y
de otras naciones que aspiran a la reconciliación, a
la justicia y al desarrollo. Que en Irak prevalezca
finalmente la paz sobre la trágica violencia, que
continúa causando víctimas despiadadamente. También
deseo ardientemente la paz para los afectados por el
conflicto de Tierra Santa, invitando a todos a un
diálogo paciente y perseverante que elimine los
obstáculos antiguos y nuevos. Que la comunidad
internacional, que reafirma el justo derecho de
Israel a existir en paz, ayude al pueblo palestino a
superar las precarias condiciones en que vive y a
construir su futuro encaminándose hacia la
constitución de un auténtico y propio Estado. Que el
Espíritu del Resucitado suscite un renovado
dinamismo en el compromiso de los Países de
Latinoamérica, para que se mejoren las condiciones
de vida de millones de ciudadanos, se extirpe la
execrable plaga de secuestros de personas y
consoliden las instituciones democráticas, en
espíritu de concordia y de solidaridad activa. Por
lo que respecta a las crisis internacionales
vinculadas a la energía nuclear, que se llegue a una
salida honrosa para todos mediante negociaciones
serias y leales, y que se refuerce en los
responsables de las Naciones y de las Organizaciones
Internacionales la voluntad de lograr una
convivencia pacífica entre etnias, culturas y
religiones, que aleje la amenaza del terrorismo.
Éste es el camino de la paz para el bien de toda la
humanidad.
Que el Señor Resucitado haga sentir por todas partes
su fuerza de vida, de paz y de libertad. Las
palabras con las que el ángel confortó los corazones
atemorizados de las mujeres en la mañana de Pascua,
se dirigen a todos: "¡No tengáis miedo!...No está
aquí. Ha resucitado" (Mt 28,5-6). Jesús ha
resucitado y nos da la paz; Él mismo es la paz. Por
eso la Iglesia repite con firmeza: "Cristo ha
resucitado – Christós anésti". Que la humanidad del
tercer milenio no tenga miedo de abrirle el corazón.
Su Evangelio sacia plenamente el anhelo de paz y de
felicidad que habita en todo corazón humano. Cristo
ahora está vivo y camina con nosotros. ¡Inmenso
misterio de amor! Christus resurrexit, quia Deus
caritas est! Alleluia!"
Traducción del original italiano distribuida por la
Santa Sede
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