|
CARTA
ENCÍCLICA
CARITAS IN VERITATE
DEL SUMO PONTÍFICE
BENEDICTO XVI
A LOS OBISPOS, A LOS PRESBÍTEROS Y
DIÁCONOS, A LAS PERSONAS CONSAGRADAS, A TODOS LOS
FIELES LAICOS
Y A TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD
SOBRE EL DESARROLLO HUMANO INTEGRAL EN LA CARIDAD Y
EN LA VERDAD
|
INTRODUCCIÓN
1. La caridad en la verdad, de la que
Jesucristo se ha hecho testigo con su vida
terrenal y, sobre todo, con su muerte y
resurrección, es la principal fuerza
impulsora del auténtico desarrollo de cada
persona y de toda la humanidad. El amor —«caritas»—
es una fuerza extraordinaria, que mueve a
las personas a comprometerse con valentía y
generosidad en el campo de la justicia y de
la paz. Es una fuerza que tiene su origen en
Dios, Amor eterno y Verdad absoluta. Cada
uno encuentra su propio bien asumiendo el
proyecto que Dios tiene sobre él, para
realizarlo plenamente: en efecto, encuentra
en dicho proyecto su verdad y, aceptando
esta verdad, se hace libre (cf. Jn
8,22). Por tanto, defender la verdad,
proponerla con humildad y convicción y
testimoniarla en la vida son formas
exigentes e insustituibles de caridad. Ésta
«goza con la verdad» (1 Co 13,6).
Todos los hombres perciben el impulso
interior de amar de manera auténtica; amor y
verdad nunca los abandonan completamente,
porque son la vocación que Dios ha puesto en
el corazón y en la mente de cada ser humano.
Jesucristo purifica y libera de nuestras
limitaciones humanas la búsqueda del amor y
la verdad, y nos desvela plenamente la
iniciativa de amor y el proyecto de vida
verdadera que Dios ha preparado para
nosotros. En Cristo, la caridad en la
verdad se convierte en el Rostro de su
Persona, en una vocación a amar a nuestros
hermanos en la verdad de su proyecto. En
efecto, Él mismo es la Verdad (cf. Jn
14,6).
2. La caridad es la vía maestra de la
doctrina social de la Iglesia. Todas las
responsabilidades y compromisos trazados por
esta doctrina provienen de la caridad que,
según la enseñanza de Jesús, es la síntesis
de toda la Ley (cf. Mt 22,36-40).
Ella da verdadera sustancia a la relación
personal con Dios y con el prójimo; no es
sólo el principio de las micro-relaciones,
como en las amistades, la familia, el
pequeño grupo, sino también de las
macro-relaciones, como las relaciones
sociales, económicas y políticas. Para la
Iglesia —aleccionada por el Evangelio—, la
caridad es todo porque, como enseña San Juan
(cf. 1 Jn 4,8.16) y como he recordado
en mi primera Carta encíclica «Dios es
caridad» (Deus
caritas est): todo proviene de la
caridad de Dios, todo adquiere forma por
ella, y a ella tiende todo. La caridad
es el don más grande que Dios ha dado a los
hombres, es su promesa y nuestra esperanza.
Soy consciente de las desviaciones y la
pérdida de sentido que ha sufrido y sufre la
caridad, con el consiguiente riesgo de ser
mal entendida, o excluida de la ética vivida
y, en cualquier caso, de impedir su correcta
valoración. En el ámbito social, jurídico,
cultural, político y económico, es decir, en
los contextos más expuestos a dicho peligro,
se afirma fácilmente su irrelevancia para
interpretar y orientar las responsabilidades
morales. De aquí la necesidad de unir no
sólo la caridad con la verdad, en el sentido
señalado por San Pablo de la «veritas in
caritate» (Ef 4,15), sino también
en el sentido, inverso y complementario, de
«caritas in veritate». Se ha de
buscar, encontrar y expresar la verdad en la
«economía» de la caridad, pero, a su
vez, se ha de entender, valorar y practicar
la caridad a la luz de la verdad. De este
modo, no sólo prestaremos un servicio a la
caridad, iluminada por la verdad, sino que
contribuiremos a dar fuerza a la verdad,
mostrando su capacidad de autentificar y
persuadir en la concreción de la vida
social. Y esto no es algo de poca
importancia hoy, en un contexto social y
cultural, que con frecuencia relativiza la
verdad, bien desentendiéndose de ella, bien
rechazándola.
3. Por esta estrecha relación con la verdad,
se puede reconocer a la caridad como
expresión auténtica de humanidad y como
elemento de importancia fundamental en las
relaciones humanas, también las de carácter
público. Sólo en la verdad resplandece la
caridad y puede ser vivida
auténticamente. La verdad es luz que da
sentido y valor a la caridad. Esta luz es
simultáneamente la de la razón y la de la
fe, por medio de la cual la inteligencia
llega a la verdad natural y sobrenatural de
la caridad, percibiendo su significado de
entrega, acogida y comunión. Sin verdad, la
caridad cae en mero sentimentalismo. El amor
se convierte en un envoltorio vacío que se
rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo
fatal del amor en una cultura sin verdad. Es
presa fácil de las emociones y las opiniones
contingentes de los sujetos, una palabra de
la que se abusa y que se distorsiona,
terminando por significar lo contrario. La
verdad libera a la caridad de la estrechez
de una emotividad que la priva de contenidos
relacionales y sociales, así como de un
fideísmo que mutila su horizonte humano y
universal. En la verdad, la caridad refleja
la dimensión personal y al mismo tiempo
pública de la fe en el Dios bíblico, que es
a la vez «Agapé» y «Lógos»:
Caridad y Verdad, Amor y Palabra.
4. Puesto que está llena de verdad, la
caridad puede ser comprendida por el hombre
en toda su riqueza de valores, compartida y
comunicada. En efecto, la verdad es «lógos»
que crea «diá-logos» y, por
tanto, comunicación y comunión. La verdad,
rescatando a los hombres de las opiniones y
de las sensaciones subjetivas, les permite
llegar más allá de las determinaciones
culturales e históricas y apreciar el valor
y la sustancia de las cosas. La verdad abre
y une el intelecto de los seres humanos en
el lógos del amor: éste es el anuncio
y el testimonio cristiano de la caridad. En
el contexto social y cultural actual, en el
que está difundida la tendencia a
relativizar lo verdadero, vivir la caridad
en la verdad lleva a comprender que la
adhesión a los valores del cristianismo no
es sólo un elemento útil, sino indispensable
para la construcción de una buena sociedad y
un verdadero desarrollo humano integral. Un
cristianismo de caridad sin verdad se puede
confundir fácilmente con una reserva de
buenos sentimientos, provechosos para la
convivencia social, pero marginales. De este
modo, en el mundo no habría un verdadero y
propio lugar para Dios. Sin la verdad, la
caridad es relegada a un ámbito de
relaciones reducido y privado. Queda
excluida de los proyectos y procesos para
construir un desarrollo humano de alcance
universal, en el diálogo entre saberes y
operatividad.
5. La caridad es amor recibido y ofrecido.
Es «gracia» (cháris). Su origen es el
amor que brota del Padre por el Hijo, en el
Espíritu Santo. Es amor que desde el Hijo
desciende sobre nosotros. Es amor creador,
por el que nosotros somos; es amor redentor,
por el cual somos recreados. Es el Amor
revelado, puesto en práctica por Cristo (cf.
Jn 13,1) y «derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo» (Rm
5,5). Los hombres, destinatarios del amor de
Dios, se convierten en sujetos de caridad,
llamados a hacerse ellos mismos instrumentos
de la gracia para difundir la caridad de
Dios y para tejer redes de caridad.
La doctrina social de la Iglesia responde a
esta dinámica de caridad recibida y
ofrecida. Es «caritas in veritate in re
sociali», anuncio de la verdad del amor
de Cristo en la sociedad. Dicha doctrina es
servicio de la caridad, pero en la verdad.
La verdad preserva y expresa la fuerza
liberadora de la caridad en los
acontecimientos siempre nuevos de la
historia. Es al mismo tiempo verdad de la fe
y de la razón, en la distinción y la
sinergia a la vez de los dos ámbitos
cognitivos. El desarrollo, el bienestar
social, una solución adecuada de los graves
problemas socioeconómicos que afligen a la
humanidad, necesitan esta verdad. Y
necesitan aún más que se estime y dé
testimonio de esta verdad. Sin verdad, sin
confianza y amor por lo verdadero, no hay
conciencia y responsabilidad social, y la
actuación social se deja a merced de
intereses privados y de lógicas de poder,
con efectos disgregadores sobre la sociedad,
tanto más en una sociedad en vías de
globalización, en momentos difíciles como
los actuales.
6. «Caritas in veritate» es el
principio sobre el que gira la doctrina
social de la Iglesia, un principio que
adquiere forma operativa en criterios
orientadores de la acción moral.
Deseo volver a recordar particularmente dos
de ellos, requeridos de manera especial por
el compromiso para el desarrollo en una
sociedad en vías de globalización: la
justicia y el bien común.
Ante todo, la justicia. Ubi
societas, ibi ius: toda sociedad elabora
un sistema propio de justicia. La caridad
va más allá de la justicia, porque amar
es dar, ofrecer de lo «mío» al otro; pero
nunca carece de justicia, la cual lleva a
dar al otro lo que es «suyo», lo que le
corresponde en virtud de su ser y de su
obrar. No puedo «dar» al otro de lo mío sin
haberle dado en primer lugar lo que en
justicia le corresponde. Quien ama con
caridad a los demás, es ante todo justo con
ellos. No basta decir que la justicia no es
extraña a la caridad, que no es una vía
alternativa o paralela a la caridad: la
justicia es «inseparable de la caridad»[1],
intrínseca a ella. La justicia es la primera
vía de la caridad o, como dijo Pablo VI, su
«medida mínima»[2],
parte integrante de ese amor «con obras y
según la verdad» (1 Jn 3,18), al que
nos exhorta el apóstol Juan. Por un lado, la
caridad exige la justicia, el reconocimiento
y el respeto de los legítimos derechos de
las personas y los pueblos. Se ocupa de la
construcción de la «ciudad del hombre» según
el derecho y la justicia. Por otro, la
caridad supera la justicia y la completa
siguiendo la lógica de la entrega y el
perdón[3].
La «ciudad del hombre» no se promueve sólo
con relaciones de derechos y deberes sino,
antes y más aún, con relaciones de
gratuidad, de misericordia y de comunión. La
caridad manifiesta siempre el amor de Dios
también en las relaciones humanas, otorgando
valor teologal y salvífico a todo compromiso
por la justicia en el mundo.
7. Hay que tener también en gran
consideración el bien común. Amar a alguien
es querer su bien y trabajar eficazmente por
él. Junto al bien individual, hay un bien
relacionado con el vivir social de las
personas: el bien común. Es el bien de ese
«todos nosotros», formado por individuos,
familias y grupos intermedios que se unen en
comunidad social[4].
No es un bien que se busca por sí mismo,
sino para las personas que forman parte de
la comunidad social, y que sólo en ella
pueden conseguir su bien realmente y de modo
más eficaz. Desear el bien común y
esforzarse por él es exigencia de
justicia y caridad. Trabajar por el bien
común es cuidar, por un lado, y utilizar,
por otro, ese conjunto de instituciones que
estructuran jurídica, civil, política y
culturalmente la vida social, que se
configura así como pólis, como
ciudad. Se ama al prójimo tanto más
eficazmente, cuanto más se trabaja por un
bien común que responda también a sus
necesidades reales. Todo cristiano está
llamado a esta caridad, según su vocación y
sus posibilidades de incidir en la pólis.
Ésta es la vía institucional —también
política, podríamos decir— de la caridad, no
menos cualificada e incisiva de lo que pueda
ser la caridad que encuentra directamente al
prójimo fuera de las mediaciones
institucionales de la pólis. El
compromiso por el bien común, cuando está
inspirado por la caridad, tiene una valencia
superior al compromiso meramente secular y
político. Como todo compromiso en favor de
la justicia, forma parte de ese testimonio
de la caridad divina que, actuando en el
tiempo, prepara lo eterno. La acción del
hombre sobre la tierra, cuando está
inspirada y sustentada por la caridad,
contribuye a la edificación de esa ciudad
de Dios universal hacia la cual avanza
la historia de la familia humana. En una
sociedad en vías de globalización, el bien
común y el esfuerzo por él, han de abarcar
necesariamente a toda la familia humana, es
decir, a la comunidad de los pueblos y
naciones[5],
dando así forma de unidad y de paz a la
ciudad del hombre, y haciéndola en
cierta medida una anticipación que prefigura
la ciudad de Dios sin barreras.
8. Al publicar en 1967 la Encíclica
Populorum progressio, mi venerado
predecesor Pablo VI ha iluminado el gran
tema del desarrollo de los pueblos con el
esplendor de la verdad y la luz suave de la
caridad de Cristo. Ha afirmado que el
anuncio de Cristo es el primero y principal
factor de desarrollo[6]
y nos ha dejado la consigna de caminar por
la vía del desarrollo con todo nuestro
corazón y con toda nuestra inteligencia[7],
es decir, con el ardor de la caridad y la
sabiduría de la verdad. La verdad originaria
del amor de Dios, que se nos ha dado
gratuitamente, es lo que abre nuestra vida
al don y hace posible esperar en un
«desarrollo de todo el hombre y de todos los
hombres»[8],
en el tránsito «de condiciones menos humanas
a condiciones más humanas»[9],
que se obtiene venciendo las dificultades
que inevitablemente se encuentran a lo largo
del camino.
A más de cuarenta años de la publicación de
la Encíclica, deseo rendir homenaje y honrar
la memoria del gran Pontífice Pablo VI,
retomando sus enseñanzas sobre el
desarrollo humano integral y siguiendo
la ruta que han trazado, para actualizarlas
en nuestros días. Este proceso de
actualización comenzó con la Encíclica
Sollicitudo rei socialis, con la que
el Siervo de Dios Juan Pablo II quiso
conmemorar la publicación de la
Populorum progressio con ocasión de
su vigésimo aniversario. Hasta entonces, una
conmemoración similar fue dedicada sólo a la
Rerum novarum. Pasados otros veinte
años más, manifiesto mi convicción de que la
Populorum progressio merece ser
considerada como «la
Rerum novarum de la época
contemporánea», que ilumina el camino de la
humanidad en vías de unificación.
9. El amor en la verdad —caritas in
veritate— es un gran desafío para la
Iglesia en un mundo en progresiva y
expansiva globalización. El riesgo de
nuestro tiempo es que la interdependencia de
hecho entre los hombres y los pueblos no se
corresponda con la interacción ética de la
conciencia y el intelecto, de la que pueda
resultar un desarrollo realmente humano.
Sólo con la caridad, iluminada por la luz
de la razón y de la fe, es posible
conseguir objetivos de desarrollo con un
carácter más humano y humanizador. El
compartir los bienes y recursos, de lo que
proviene el auténtico desarrollo, no se
asegura sólo con el progreso técnico y con
meras relaciones de conveniencia, sino con
la fuerza del amor que vence al mal con el
bien (cf. Rm 12,21) y abre la
conciencia del ser humano a relaciones
recíprocas de libertad y de responsabilidad.
La Iglesia no tiene soluciones técnicas que
ofrecer[10]
y no pretende «de ninguna manera mezclarse
en la política de los Estados»[11].
No obstante, tiene una misión de verdad que
cumplir en todo tiempo y circunstancia en
favor de una sociedad a medida del hombre,
de su dignidad y de su vocación. Sin verdad
se cae en una visión empirista y escéptica
de la vida, incapaz de elevarse sobre la
praxis, porque no está interesada en tomar
en consideración los valores —a veces ni
siquiera el significado— con los cuales
juzgarla y orientarla. La fidelidad al
hombre exige la fidelidad a la verdad,
que es la única garantía de libertad
(cf. Jn 8,32) y de la posibilidad
de un desarrollo humano integral. Por
eso la Iglesia la busca, la anuncia
incansablemente y la reconoce allí donde se
manifieste. Para la Iglesia, esta misión de
verdad es irrenunciable. Su doctrina social
es una dimensión singular de este anuncio:
está al servicio de la verdad que libera.
Abierta a la verdad, de cualquier saber que
provenga, la doctrina social de la Iglesia
la acoge, recompone en unidad los fragmentos
en que a menudo la encuentra, y se hace su
portadora en la vida concreta siempre nueva
de la sociedad de los hombres y los pueblos[12].
CAPÍTULO PRIMERO
EL MENSAJE
DE LA POPULORUM PROGRESSIO
10. A más de cuarenta años de su
publicación, la relectura de la
Populorum progressio insta a
permanecer fieles a su mensaje de caridad y
de verdad, considerándolo en el ámbito del
magisterio específico de Pablo VI y, más en
general, dentro de la tradición de la
doctrina social de la Iglesia. Se han de
valorar después los diversos términos en que
hoy, a diferencia de entonces, se plantea el
problema del desarrollo. El punto de vista
correcto, por tanto, es el de la
Tradición de la fe apostólica[13],
patrimonio antiguo y nuevo, fuera del cual
la
Populorum progressio sería un
documento sin raíces y las cuestiones sobre
el desarrollo se reducirían únicamente a
datos sociológicos.
11. La publicación de la
Populorum progressio tuvo lugar poco
después de la conclusión del Concilio
Ecuménico Vaticano II. La misma Encíclica
señala en los primeros párrafos su íntima
relación con el Concilio.[14]
Veinte años después, Juan Pablo II subrayó
en la
Sollicitudo rei socialis la fecunda
relación de aquella Encíclica con el
Concilio y, en particular, con la
Constitución pastoral
Gaudium et spes[15].
También yo deseo recordar aquí la
importancia del Concilio Vaticano II para la
Encíclica de Pablo VI y para todo el
Magisterio social de los Sumos Pontífices
que le han sucedido. El Concilio profundizó
en lo que pertenece desde siempre a la
verdad de la fe, es decir, que la Iglesia,
estando al servicio de Dios, está al
servicio del mundo en términos de amor y
verdad. Pablo VI partía precisamente de esta
visión para decirnos dos grandes verdades.
La primera es que toda la Iglesia, en
todo su ser y obrar, cuando anuncia, celebra
y actúa en la caridad, tiende a promover el
desarrollo integral del hombre. Tiene un
papel público que no se agota en sus
actividades de asistencia o educación, sino
que manifiesta toda su propia capacidad de
servicio a la promoción del hombre y la
fraternidad universal cuando puede contar
con un régimen de libertad. Dicha libertad
se ve impedida en muchos casos por
prohibiciones y persecuciones, o también
limitada cuando se reduce la presencia
pública de la Iglesia solamente a sus
actividades caritativas. La segunda verdad
es que el auténtico desarrollo del hombre
concierne de manera unitaria a la totalidad
de la persona en todas sus dimensiones[16].
Sin la perspectiva de una vida eterna, el
progreso humano en este mundo se queda sin
aliento. Encerrado dentro de la historia,
queda expuesto al riesgo de reducirse sólo
al incremento del tener; así, la humanidad
pierde la valentía de estar disponible para
los bienes más altos, para las iniciativas
grandes y desinteresadas que la caridad
universal exige. El hombre no se desarrolla
únicamente con sus propias fuerzas, así como
no se le puede dar sin más el desarrollo
desde fuera. A lo largo de la historia, se
ha creído con frecuencia que la creación de
instituciones bastaba para garantizar a la
humanidad el ejercicio del derecho al
desarrollo. Desafortunadamente, se ha
depositado una confianza excesiva en dichas
instituciones, casi como si ellas pudieran
conseguir el objetivo deseado de manera
automática. En realidad, las instituciones
por sí solas no bastan, porque el desarrollo
humano integral es ante todo vocación y, por
tanto, comporta que se asuman libre y
solidariamente responsabilidades por parte
de todos. Este desarrollo exige, además, una
visión trascendente de la persona, necesita
a Dios: sin Él, o se niega el desarrollo, o
se le deja únicamente en manos del hombre,
que cede a la presunción de la
auto-salvación y termina por promover un
desarrollo deshumanizado. Por lo demás, sólo
el encuentro con Dios permite no «ver
siempre en el prójimo solamente al otro»[17],
sino reconocer en él la imagen divina,
llegando así a descubrir verdaderamente al
otro y a madurar un amor que «es ocuparse
del otro y preocuparse por el otro»[18].
12. La relación entre la
Populorum progressio y el Concilio
Vaticano II no representa un fisura entre el
Magisterio social de Pablo VI y el de los
Pontífices que lo precedieron, puesto que el
Concilio profundiza dicho magisterio en la
continuidad de la vida de la Iglesia[19].
En este sentido, algunas subdivisiones
abstractas de la doctrina social de la
Iglesia, que aplican a las enseñanzas
sociales pontificias categorías extrañas a
ella, no contribuyen a clarificarla. No hay
dos tipos de doctrina social, una
preconciliar y otra postconciliar,
diferentes entre sí, sino una única
enseñanza, coherente y al mismo tiempo
siempre nueva[20].
Es justo señalar las peculiaridades de una u
otra Encíclica, de la enseñanza de uno u
otro Pontífice, pero sin perder nunca de
vista la coherencia de todo el corpus
doctrinal en su conjunto[21].
Coherencia no significa un sistema cerrado,
sino más bien la fidelidad dinámica a una
luz recibida. La doctrina social de la
Iglesia ilumina con una luz que no cambia
los problemas siempre nuevos que van
surgiendo[22].
Eso salvaguarda tanto el carácter permanente
como histórico de este «patrimonio»
doctrinal[23]
que, con sus características específicas,
forma parte de la Tradición siempre viva de
la Iglesia[24].
La doctrina social está construida sobre el
fundamento transmitido por los Apóstoles a
los Padres de la Iglesia y acogido y
profundizado después por los grandes
Doctores cristianos. Esta doctrina se remite
en definitiva al hombre nuevo, al «último
Adán, Espíritu que da vida» (1 Co
15,45), y que es principio de la caridad que
«no pasa nunca» (1 Co 13,8). Ha sido
atestiguada por los Santos y por cuantos han
dado la vida por Cristo Salvador en el campo
de la justicia y la paz. En ella se expresa
la tarea profética de los Sumos Pontífices
de guiar apostólicamente la Iglesia de
Cristo y de discernir las nuevas exigencias
de la evangelización. Por estas razones, la
Populorum progressio, insertada en
la gran corriente de la Tradición, puede
hablarnos todavía hoy a nosotros.
13. Además de su íntima unión con toda la
doctrina social de la Iglesia, la
Populorum progressio enlaza
estrechamente con el conjunto de todo el
magisterio de Pablo VI y, en particular,
con su magisterio social. Sus enseñanzas
sociales fueron de gran relevancia: reafirmó
la importancia imprescindible del Evangelio
para la construcción de la sociedad según
libertad y justicia, en la perspectiva ideal
e histórica de una civilización animada por
el amor. Pablo VI entendió claramente que la
cuestión social se había hecho mundial
[25] y captó la relación recíproca entre
el impulso hacia la unificación de la
humanidad y el ideal cristiano de una única
familia de los pueblos, solidaria en la
común hermandad. Indicó en el desarrollo,
humana y cristianamente entendido, el
corazón del mensaje social cristiano y
propuso la caridad cristiana como principal
fuerza al servicio del desarrollo. Movido
por el deseo de hacer plenamente visible al
hombre contemporáneo el amor de Cristo,
Pablo VI afrontó con firmeza cuestiones
éticas importantes, sin ceder a las
debilidades culturales de su tiempo.
14. Con la Carta apostólica
Octogesima adveniens, de 1971, Pablo
VI trató luego el tema del sentido de la
política y el peligro que representaban
las visiones utópicas e ideológicas que
comprometían su cualidad ética y humana. Son
argumentos estrechamente unidos con el
desarrollo. Lamentablemente, las ideologías
negativas surgen continuamente. Pablo VI ya
puso en guardia sobre la ideología
tecnocrática[26],
hoy particularmente arraigada, consciente
del gran riesgo de confiar todo el proceso
del desarrollo sólo a la técnica, porque de
este modo quedaría sin orientación. En sí
misma considerada, la técnica es
ambivalente. Si de un lado hay actualmente
quien es propenso a confiar completamente a
ella el proceso de desarrollo, de otro, se
advierte el surgir de ideologías que niegan
in toto la utilidad misma del
desarrollo, considerándolo radicalmente
antihumano y que sólo comporta degradación.
Así, se acaba a veces por condenar, no sólo
el modo erróneo e injusto en que los hombres
orientan el progreso, sino también los
descubrimientos científicos mismos que, por
el contrario, son una oportunidad de
crecimiento para todos si se usan bien. La
idea de un mundo sin desarrollo expresa
desconfianza en el hombre y en Dios. Por
tanto, es un grave error despreciar las
capacidades humanas de controlar las
desviaciones del desarrollo o ignorar
incluso que el hombre tiende
constitutivamente a «ser más». Considerar
ideológicamente como absoluto el progreso
técnico y soñar con la utopía de una
humanidad que retorna a su estado de
naturaleza originario, son dos modos
opuestos para eximir al progreso de su
valoración moral y, por tanto, de nuestra
responsabilidad.
15. Otros dos documentos de Pablo VI, aunque
no tan estrechamente relacionados con la
doctrina social —la Encíclica
Humanae vitae, del 25 de julio de
1968, y la Exhortación apostólica
Evangelii nuntiandi, del 8 de
diciembre de 1975— son muy importantes para
delinear el sentido plenamente humano del
desarrollo propuesto por la Iglesia. Por
tanto, es oportuno leer también estos textos
en relación con la
Populorum progressio.
La Encíclica
Humanae vitae subraya el sentido
unitivo y procreador a la vez de la
sexualidad, poniendo así como fundamento de
la sociedad la pareja de los esposos, hombre
y mujer, que se acogen recíprocamente en la
distinción y en la complementariedad; una
pareja, pues, abierta a la vida[27].
No se trata de una moral meramente
individual: la
Humanae vitae señala los fuertes
vínculos entre ética de la vida y ética
social, inaugurando una temática del
magisterio que ha ido tomando cuerpo poco a
poco en varios documentos y, por último, en
la Encíclica
Evangelium vitae de Juan Pablo II[28].
La Iglesia propone con fuerza esta relación
entre ética de la vida y ética social,
consciente de que «no puede tener bases
sólidas, una sociedad que —mientras afirma
valores como la dignidad de la persona, la
justicia y la paz— se contradice
radicalmente aceptando y tolerando las más
variadas formas de menosprecio y violación
de la vida humana, sobre todo si es débil y
marginada»[29].
La Exhortación apostólica
Evangelii nuntiandi guarda una
relación muy estrecha con el desarrollo, en
cuanto «la evangelización —escribe Pablo VI—
no sería completa si no tuviera en cuenta la
interpelación recíproca que en el curso de
los tiempos se establece entre el Evangelio
y la vida concreta, personal y social del
hombre»[30].
«Entre evangelización y promoción humana
(desarrollo, liberación) existen
efectivamente lazos muy fuertes»[31]:
partiendo de esta convicción, Pablo VI
aclaró la relación entre el anuncio de
Cristo y la promoción de la persona en la
sociedad. El testimonio de la caridad de
Cristo mediante obras de justicia, paz y
desarrollo forma parte de la evangelización,
porque a Jesucristo, que nos ama, le
interesa todo el hombre. Sobre estas
importantes enseñanzas se funda el aspecto
misionero
[32] de la doctrina social de la
Iglesia, como un elemento esencial de
evangelización[33].
Es anuncio y testimonio de la fe. Es
instrumento y fuente imprescindible para
educarse en ella.
16. En la
Populorum progressio, Pablo VI nos
ha querido decir, ante todo, que el
progreso, en su fuente y en su esencia, es
una vocación: «En los designios de
Dios, cada hombre está llamado a promover su
propio progreso, porque la vida de todo
hombre es una vocación»[34].
Esto es precisamente lo que legitima la
intervención de la Iglesia en la
problemática del desarrollo. Si éste
afectase sólo a los aspectos técnicos de la
vida del hombre, y no al sentido de su
caminar en la historia junto con sus otros
hermanos, ni al descubrimiento de la meta de
este camino, la Iglesia no tendría por qué
hablar de él. Pablo VI, como ya León XIII en
la
Rerum novarum[35],
era consciente de cumplir un deber propio de
su ministerio al proyectar la luz del
Evangelio sobre las cuestiones sociales de
su tiempo[36].
Decir que el desarrollo es vocación
equivale a reconocer, por un lado, que éste
nace de una llamada trascendente y, por
otro, que es incapaz de darse su significado
último por sí mismo. Con buenos motivos, la
palabra «vocación» aparece de nuevo en otro
pasaje de la Encíclica, donde se afirma: «No
hay, pues, más que un humanismo verdadero
que se abre al Absoluto en el reconocimiento
de una vocación que da la idea verdadera de
la vida humana»[37].
Esta visión del progreso es el corazón de la
Populorum progressio y motiva todas
las reflexiones de Pablo VI sobre la
libertad, la verdad y la caridad en el
desarrollo. Es también la razón principal
por lo que aquella Encíclica todavía es
actual en nuestros días.
17. La vocación es una llamada que requiere
una respuesta libre y responsable. El
desarrollo humano integral supone la
libertad responsable de la persona y los
pueblos: ninguna estructura puede garantizar
dicho desarrollo desde fuera y por encima de
la responsabilidad humana. Los «mesianismos
prometedores, pero forjados de ilusiones»[38]
basan siempre sus propias propuestas en la
negación de la dimensión trascendente del
desarrollo, seguros de tenerlo todo a su
disposición. Esta falsa seguridad se
convierte en debilidad, porque comporta el
sometimiento del hombre, reducido a un medio
para el desarrollo, mientras que la humildad
de quien acoge una vocación se transforma en
verdadera autonomía, porque hace libre a la
persona. Pablo VI no tiene duda de que hay
obstáculos y condicionamientos que frenan el
desarrollo, pero tiene también la certeza de
que «cada uno permanece siempre, sean los
que sean los influjos que sobre él se
ejercen, el artífice principal de su éxito o
de su fracaso»[39].
Esta libertad se refiere al desarrollo que
tenemos ante nosotros pero, al mismo tiempo,
también a las situaciones de subdesarrollo,
que no son fruto de la casualidad o de una
necesidad histórica, sino que dependen de la
responsabilidad humana. Por eso, «los
pueblos hambrientos interpelan hoy, con
acento dramático, a los pueblos opulentos»[40].
También esto es vocación, en cuanto llamada
de hombres libres a hombres libres para
asumir una responsabilidad común. Pablo VI
percibía netamente la importancia de las
estructuras económicas y de las
instituciones, pero se daba cuenta con igual
claridad de que la naturaleza de éstas era
ser instrumentos de la libertad humana. Sólo
si es libre, el desarrollo puede ser
integralmente humano; sólo en un régimen de
libertad responsable puede crecer de manera
adecuada.
18. Además de la libertad, el desarrollo
humano integral como vocación exige también
que se respete la verdad. La vocación al
progreso impulsa a los hombres a «hacer,
conocer y tener más para ser más»[41].
Pero la cuestión es: ¿qué significa «ser
más»? A esta pregunta, Pablo VI responde
indicando lo que comporta esencialmente el
«auténtico desarrollo»: «debe ser integral,
es decir, promover a todos los hombres y a
todo el hombre»[42].
En la concurrencia entre las diferentes
visiones del hombre que, más aún que en la
sociedad de Pablo VI, se proponen también en
la de hoy, la visión cristiana tiene la
peculiaridad de afirmar y justificar el
valor incondicional de la persona humana y
el sentido de su crecimiento. La vocación
cristiana al desarrollo ayuda a buscar la
promoción de todos los hombres y de todo el
hombre. Pablo VI escribe: «Lo que cuenta
para nosotros es el hombre, cada hombre,
cada agrupación de hombres, hasta la
humanidad entera»[43].
La fe cristiana se ocupa del desarrollo, no
apoyándose en privilegios o posiciones de
poder, ni tampoco en los méritos de los
cristianos, que ciertamente se han dado y
también hoy se dan, junto con sus naturales
limitaciones[44],
sino sólo en Cristo, al cual debe remitirse
toda vocación auténtica al desarrollo humano
integral. El Evangelio es un elemento
fundamental del desarrollo porque, en
él, Cristo, «en la misma revelación del
misterio del Padre y de su amor, manifiesta
plenamente el hombre al propio hombre»[45].
Con las enseñanzas de su Señor, la Iglesia
escruta los signos de los tiempos, los
interpreta y ofrece al mundo «lo que ella
posee como propio: una visión global del
hombre y de la humanidad»[46].
Precisamente porque Dios pronuncia el «sí»
más grande al hombre[47],
el hombre no puede dejar de abrirse a la
vocación divina para realizar el propio
desarrollo. La verdad del desarrollo
consiste en su totalidad: si no es de todo
el hombre y de todos los hombres, no es el
verdadero desarrollo. Éste es el mensaje
central de la
Populorum progressio, válido hoy y
siempre. El desarrollo humano integral en el
plano natural, al ser respuesta a una
vocación de Dios creador[48],
requiere su autentificación en «un humanismo
trascendental, que da [al hombre] su mayor
plenitud; ésta es la finalidad suprema del
desarrollo personal»[49].
Por tanto, la vocación cristiana a dicho
desarrollo abarca tanto el plano natural
como el sobrenatural; éste es el motivo por
el que, «cuando Dios queda eclipsado,
nuestra capacidad de reconocer el orden
natural, la finalidad y el “bien”, empieza a
disiparse»[50].
19. Finalmente, la visión del desarrollo
como vocación comporta que su centro sea
la caridad. En la Encíclica
Populorum progressio, Pablo VI
señaló que las causas del subdesarrollo no
son principalmente de orden material. Nos
invitó a buscarlas en otras dimensiones del
hombre. Ante todo, en la voluntad, que con
frecuencia se desentiende de los deberes de
la solidaridad. Después, en el pensamiento,
que no siempre sabe orientar adecuadamente
el deseo. Por eso, para alcanzar el
desarrollo hacen falta «pensadores de
reflexión profunda que busquen un humanismo
nuevo, el cual permita al hombre moderno
hallarse a sí mismo»[51].
Pero eso no es todo. El subdesarrollo tiene
una causa más importante aún que la falta de
pensamiento: es «la falta de fraternidad
entre los hombres y entre los pueblos»[52].
Esta fraternidad, ¿podrán lograrla alguna
vez los hombres por sí solos? La sociedad
cada vez más globalizada nos hace más
cercanos, pero no más hermanos. La razón,
por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad
entre los hombres y de establecer una
convivencia cívica entre ellos, pero no
consigue fundar la hermandad. Ésta nace de
una vocación transcendente de Dios Padre, el
primero que nos ha amado, y que nos ha
enseñado mediante el Hijo lo que es la
caridad fraterna. Pablo VI, presentando los
diversos niveles del proceso de desarrollo
del hombre, puso en lo más alto, después de
haber mencionado la fe, «la unidad de la
caridad de Cristo, que nos llama a todos a
participar, como hijos, en la vida del Dios
vivo, Padre de todos los hombres»[53].
20. Estas perspectivas abiertas por la
Populorum progressio siguen siendo
fundamentales para dar vida y orientación a
nuestro compromiso por el desarrollo de los
pueblos. Además, la
Populorum progressio subraya
reiteradamente la urgencia de las
reformas[54] y
pide que, ante los grandes problemas de la
injusticia en el desarrollo de los pueblos,
se actúe con valor y sin demora. Esta
urgencia viene impuesta también por la
caridad en la verdad. Es la caridad
de Cristo la que nos impulsa: «caritas
Christi urget nos» (2 Co 5,14).
Esta urgencia no se debe sólo al estado de
cosas, no se deriva solamente de la
avalancha de los acontecimientos y
problemas, sino de lo que está en juego: la
necesidad de alcanzar una auténtica
fraternidad. Lograr esta meta es tan
importante que exige tomarla en
consideración para comprenderla a fondo y
movilizarse concretamente con el «corazón»,
con el fin de hacer cambiar los procesos
económicos y sociales actuales hacia metas
plenamente humanas. |
|
CAPÍTULO SEGUNDO
EL DESARROLLO
HUMANO
EN NUESTRO TIEMPO
21. Pablo VI tenía una visión articulada
del desarrollo. Con el término
«desarrollo» quiso indicar ante todo el
objetivo de que los pueblos salieran del
hambre, la miseria, las enfermedades
endémicas y el analfabetismo. Desde el punto
de vista económico, eso significaba su
participación activa y en condiciones de
igualdad en el proceso económico
internacional; desde el punto de vista
social, su evolución hacia sociedades
solidarias y con buen nivel de formación;
desde el punto de vista político, la
consolidación de regímenes democráticos
capaces de asegurar libertad y paz. Después
de tantos años, al ver con preocupación el
desarrollo y la perspectiva de las crisis
que se suceden en estos tiempos, nos
preguntamos hasta qué punto se han cumplido
las expectativas de Pablo VI siguiendo
el modelo de desarrollo que se ha adoptado
en las últimas décadas. Por tanto,
reconocemos que estaba fundada la
preocupación de la Iglesia por la capacidad
del hombre meramente tecnológico para fijar
objetivos realistas y poder gestionar
constante y adecuadamente los instrumentos
disponibles. La ganancia es útil si, como
medio, se orienta a un fin que le dé un
sentido, tanto en el modo de adquirirla como
de utilizarla. El objetivo exclusivo del
beneficio, cuando es obtenido mal y sin el
bien común como fin último, corre el riesgo
de destruir riqueza y crear pobreza. El
desarrollo económico que Pablo VI deseaba
era el que produjera un crecimiento real,
extensible a todos y concretamente
sostenible. Es verdad que el desarrollo ha
sido y sigue siendo un factor positivo que
ha sacado de la miseria a miles de millones
de personas y que, últimamente, ha dado a
muchos países la posibilidad de participar
efectivamente en la política internacional.
Sin embargo, se ha de reconocer que el
desarrollo económico mismo ha estado, y lo
está aún, aquejado por desviaciones y
problemas dramáticos, que la crisis
actual ha puesto todavía más de manifiesto.
Ésta nos pone improrrogablemente ante
decisiones que afectan cada vez más al
destino mismo del hombre, el cual, por lo
demás, no puede prescindir de su naturaleza.
Las fuerzas técnicas que se mueven, las
interrelaciones planetarias, los efectos
perniciosos sobre la economía real de una
actividad financiera mal utilizada y en
buena parte especulativa, los imponentes
flujos migratorios, frecuentemente
provocados y después no gestionados
adecuadamente, o la explotación sin reglas
de los recursos de la tierra, nos induce hoy
a reflexionar sobre las medidas necesarias
para solucionar problemas que no sólo son
nuevos respecto a los afrontados por el Papa
Pablo VI, sino también, y sobre todo, que
tienen un efecto decisivo para el bien
presente y futuro de la humanidad. Los
aspectos de la crisis y sus soluciones, así
como la posibilidad de un futuro nuevo
desarrollo, están cada vez más
interrelacionados, se implican
recíprocamente, requieren nuevos esfuerzos
de comprensión unitaria y una nueva
síntesis humanista. Nos preocupa
justamente la complejidad y gravedad de la
situación económica actual, pero hemos de
asumir con realismo, confianza y esperanza
las nuevas responsabilidades que nos reclama
la situación de un mundo que necesita una
profunda renovación cultural y el
redescubrimiento de valores de fondo sobre
los cuales construir un futuro mejor. La
crisis nos obliga a revisar nuestro camino,
a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas
formas de compromiso, a apoyarnos en las
experiencias positivas y a rechazar las
negativas. De este modo, la crisis se
convierte en ocasión de discernir y
proyectar de un modo nuevo. Conviene
afrontar las dificultades del presente en
esta clave, de manera confiada más que
resignada.
22. Hoy, el cuadro del desarrollo se
despliega en múltiples ámbitos. Los
actores y las causas, tanto del
subdesarrollo como del desarrollo, son
múltiples, las culpas y los méritos son
muchos y diferentes. Esto debería llevar a
liberarse de las ideologías, que con
frecuencia simplifican de manera artificiosa
la realidad, y a examinar con objetividad la
dimensión humana de los problemas. Como ya
señaló Juan Pablo II[55],
la línea de demarcación entre países ricos y
pobres ahora no es tan neta como en tiempos
de la
Populorum progressio. La riqueza
mundial crece en términos absolutos, pero
aumentan también las desigualdades. En
los países ricos, nuevas categorías sociales
se empobrecen y nacen nuevas pobrezas. En
las zonas más pobres, algunos grupos gozan
de un tipo de superdesarrollo derrochador y
consumista, que contrasta de modo
inaceptable con situaciones persistentes de
miseria deshumanizadora. Se sigue
produciendo «el escándalo de las
disparidades hirientes»[56].
Lamentablemente, hay corrupción e ilegalidad
tanto en el comportamiento de sujetos
económicos y políticos de los países ricos,
nuevos y antiguos, como en los países
pobres. La falta de respeto de los derechos
humanos de los trabajadores es provocada a
veces por grandes empresas multinacionales y
también por grupos de producción local. Las
ayudas internacionales se han desviado con
frecuencia de su finalidad por
irresponsabilidades tanto en los donantes
como en los beneficiarios. Podemos encontrar
la misma articulación de responsabilidades
también en el ámbito de las causas
inmateriales o culturales del desarrollo y
el subdesarrollo. Hay formas excesivas de
protección de los conocimientos por parte de
los países ricos, a través de un empleo
demasiado rígido del derecho a la propiedad
intelectual, especialmente en el campo
sanitario. Al mismo tiempo, en algunos
países pobres perduran modelos culturales y
normas sociales de comportamiento que frenan
el proceso de desarrollo.
23. Hoy, muchas áreas del planeta se han
desarrollado, aunque de modo problemático y
desigual, entrando a formar parte del grupo
de las grandes potencias destinado a jugar
un papel importante en el futuro. Pero se ha
de subrayar que no basta progresar sólo
desde el punto de vista económico y
tecnológico. El desarrollo necesita ser
ante todo auténtico e integral. El salir del
atraso económico, algo en sí mismo positivo,
no soluciona la problemática compleja de la
promoción del hombre, ni en los países
protagonistas de estos adelantos, ni en los
países económicamente ya desarrollados, ni
en los que todavía son pobres, los cuales
pueden sufrir, además de antiguas formas de
explotación, las consecuencias negativas que
se derivan de un crecimiento marcado por
desviaciones y desequilibrios.
Tras el derrumbe de los sistemas económicos
y políticos de los países comunistas de
Europa Oriental y el fin de los llamados
«bloques contrapuestos», hubiera sido
necesario un replanteamiento total del
desarrollo. Lo pidió Juan Pablo II, quien en
1987 indicó que la existencia de estos
«bloques» era una de las principales causas
del subdesarrollo[57],
pues la política sustraía recursos a la
economía y a la cultura, y la ideología
inhibía la libertad. En 1991, después de los
acontecimientos de 1989, pidió también que
el fin de los bloques se
correspondiera con un nuevo modo de
proyectar globalmente el desarrollo, no sólo
en aquellos países, sino también en
Occidente y en las partes del mundo que se
estaban desarrollando[58].
Esto ha ocurrido sólo en parte, y sigue
siendo un deber llevarlo a cabo, tal vez
aprovechando precisamente las medidas
necesarias para superar los problemas
económicos actuales.
24. El mundo que Pablo VI tenía ante sí,
aunque el proceso de socialización estuviera
ya avanzado y pudo hablar de una cuestión
social que se había hecho mundial, estaba
aún mucho menos integrado que el actual. La
actividad económica y la función política se
movían en gran parte dentro de los mismos
confines y podían contar, por tanto, la una
con la otra. La actividad productiva tenía
lugar predominantemente en los ámbitos
nacionales y las inversiones financieras
circulaban de forma bastante limitada con el
extranjero, de manera que la política de
muchos estados podía fijar todavía las
prioridades de la economía y, de algún modo,
gobernar su curso con los instrumentos que
tenía a su disposición. Por este motivo, la
Populorum progressio asignó un papel
central, aunque no exclusivo, a los «poderes
públicos»[59].
En nuestra época, el Estado se encuentra con
el deber de afrontar las limitaciones que
pone a su soberanía el nuevo contexto
económico-comercial y financiero
internacional, caracterizado también por una
creciente movilidad de los capitales
financieros y los medios de producción
materiales e inmateriales. Este nuevo
contexto ha modificado el poder político de
los estados.
Hoy, aprendiendo también la lección que
proviene de la crisis económica actual, en
la que los poderes públicos del
Estado se ven llamados directamente a
corregir errores y disfunciones, parece más
realista una renovada valoración de su papel
y de su poder, que han de ser sabiamente
reexaminados y revalorizados, de modo que
sean capaces de afrontar los desafíos del
mundo actual, incluso con nuevas modalidades
de ejercerlos. Con un papel mejor ponderado
de los poderes públicos, es previsible que
se fortalezcan las nuevas formas de
participación en la política nacional e
internacional que tienen lugar a través de
la actuación de las organizaciones de la
sociedad civil; en este sentido, es de
desear que haya mayor atención y
participación en la res publica por
parte de los ciudadanos.
25. Desde el punto de vista social, a los
sistemas de protección y previsión, ya
existentes en tiempos de Pablo VI en muchos
países, les cuesta trabajo, y les costará
todavía más en el futuro, lograr sus
objetivos de verdadera justicia social
dentro de un cuadro de fuerzas profundamente
transformado. El mercado, al hacerse global,
ha estimulado, sobre todo en países ricos,
la búsqueda de áreas en las que emplazar la
producción a bajo coste con el fin de
reducir los precios de muchos bienes,
aumentar el poder de adquisición y acelerar
por tanto el índice de crecimiento, centrado
en un mayor consumo en el propio mercado
interior. Consecuentemente, el mercado ha
estimulado nuevas formas de competencia
entre los estados con el fin de atraer
centros productivos de empresas extranjeras,
adoptando diversas medidas, como una
fiscalidad favorable y la falta de
reglamentación del mundo del trabajo. Estos
procesos han llevado a la reducción de la
red de seguridad social a cambio de la
búsqueda de mayores ventajas competitivas en
el mercado global, con grave peligro para
los derechos de los trabajadores, para los
derechos fundamentales del hombre y para la
solidaridad en las tradicionales formas del
Estado social. Los sistemas de seguridad
social pueden perder la capacidad de cumplir
su tarea, tanto en los países pobres, como
en los emergentes, e incluso en los ya
desarrollados desde hace tiempo. En este
punto, las políticas de balance, con los
recortes al gasto social, con frecuencia
promovidos también por las instituciones
financieras internacionales, pueden dejar a
los ciudadanos impotentes ante riesgos
antiguos y nuevos; dicha impotencia aumenta
por la falta de protección eficaz por parte
de las asociaciones de los trabajadores. El
conjunto de los cambios sociales y
económicos hace que las organizaciones
sindicales tengan mayores dificultades
para desarrollar su tarea de representación
de los intereses de los trabajadores,
también porque los gobiernos, por razones de
utilidad económica, limitan a menudo las
libertades sindicales o la capacidad de
negociación de los sindicatos mismos. Las
redes de solidaridad tradicionales se ven
obligadas a superar mayores obstáculos. Por
tanto, la invitación de la doctrina social
de la Iglesia, empezando por la
Rerum novarum[60],
a dar vida a asociaciones de trabajadores
para defender sus propios derechos ha de ser
respetada, hoy más que ayer, dando ante todo
una respuesta pronta y de altas miras a la
urgencia de establecer nuevas sinergias en
el ámbito internacional y local.
La movilidad laboral, asociada a la
desregulación generalizada, ha sido un
fenómeno importante, no exento de aspectos
positivos porque estimula la producción de
nueva riqueza y el intercambio entre
culturas diferentes. Sin embargo, cuando la
incertidumbre sobre las condiciones de
trabajo a causa de la movilidad y la
desregulación se hace endémica, surgen
formas de inestabilidad psicológica, de
dificultad para crear caminos propios
coherentes en la vida, incluido el del
matrimonio. Como consecuencia, se producen
situaciones de deterioro humano y de
desperdicio social. Respecto a lo que
sucedía en la sociedad industrial del
pasado, el paro provoca hoy nuevas formas de
irrelevancia económica, y la actual crisis
sólo puede empeorar dicha situación. El
estar sin trabajo durante mucho tiempo, o la
dependencia prolongada de la asistencia
pública o privada, mina la libertad y la
creatividad de la persona y sus relaciones
familiares y sociales, con graves daños en
el plano psicológico y espiritual. Quisiera
recordar a todos, en especial a los
gobernantes que se ocupan en dar un aspecto
renovado al orden económico y social del
mundo, que el primer capital que se ha de
salvaguardar y valorar es el hombre, la
persona en su integridad: «Pues el
hombre es el autor, el centro y el fin de
toda la vida económico-social»[61].
26. En el plano cultural, las diferencias
son aún más acusadas que en la época de
Pablo VI. Entonces, las culturas estaban
generalmente bien definidas y tenían más
posibilidades de defenderse ante los
intentos de hacerlas homogéneas. Hoy, las
posibilidades de interacción entre las
culturas han aumentado notablemente,
dando lugar a nuevas perspectivas de diálogo
intercultural, un diálogo que, para ser
eficaz, ha de tener como punto de partida
una toma de conciencia de la identidad
específica de los diversos interlocutores.
Pero no se ha de olvidar que la progresiva
mercantilización de los intercambios
culturales aumenta hoy un doble riesgo. Se
nota, en primer lugar, un eclecticismo
cultural asumido con frecuencia de
manera acrítica: se piensa en las culturas
como superpuestas unas a otras,
sustancialmente equivalentes e
intercambiables. Eso induce a caer en un
relativismo que en nada ayuda al verdadero
diálogo intercultural; en el plano social,
el relativismo cultural provoca que los
grupos culturales estén juntos o convivan,
pero separados, sin diálogo auténtico y, por
lo tanto, sin verdadera integración. Existe,
en segundo lugar, el peligro opuesto de
rebajar la cultura y homologar los
comportamientos y estilos de vida. De este
modo, se pierde el sentido profundo de la
cultura de las diferentes naciones, de las
tradiciones de los diversos pueblos, en cuyo
marco la persona se enfrenta a las
cuestiones fundamentales de la existencia[62].
El eclecticismo y el bajo nivel cultural
coinciden en separar la cultura de la
naturaleza humana. Así, las culturas ya no
saben encontrar su lugar en una naturaleza
que las transciende[63],
terminando por reducir al hombre a mero dato
cultural. Cuando esto ocurre, la humanidad
corre nuevos riesgos de sometimiento y
manipulación.
27. En muchos países pobres persiste, y
amenaza con acentuarse, la extrema
inseguridad de vida a causa de la falta de
alimentación: el hambre causa todavía
muchas víctimas entre tantos Lázaros a los
que no se les consiente sentarse a la mesa
del rico epulón, como en cambio Pablo VI
deseaba[64].
Dar de comer a los hambrientos (cf.
Mt 25,35.37.42) es un imperativo
ético para la Iglesia universal, que
responde a las enseñanzas de su Fundador, el
Señor Jesús, sobre la solidaridad y el
compartir. Además, en la era de la
globalización, eliminar el hambre en el
mundo se ha convertido también en una meta
que se ha de lograr para salvaguardar la paz
y la estabilidad del planeta. El hambre no
depende tanto de la escasez material, cuanto
de la insuficiencia de recursos sociales, el
más importante de los cuales es de tipo
institucional. Es decir, falta un sistema de
instituciones económicas capaces, tanto de
asegurar que se tenga acceso al agua y a la
comida de manera regular y adecuada desde el
punto de vista nutricional, como de afrontar
las exigencias relacionadas con las
necesidades primarias y con las emergencias
de crisis alimentarias reales, provocadas
por causas naturales o por la
irresponsabilidad política nacional e
internacional. El problema de la inseguridad
alimentaria debe ser planteado en una
perspectiva de largo plazo, eliminando las
causas estructurales que lo provocan y
promoviendo el desarrollo agrícola de los
países más pobres mediante inversiones en
infraestructuras rurales, sistemas de riego,
transportes, organización de los mercados,
formación y difusión de técnicas agrícolas
apropiadas, capaces de utilizar del mejor
modo los recursos humanos, naturales y
socio-económicos, que se puedan obtener
preferiblemente en el propio lugar, para
asegurar así también su sostenibilidad a
largo plazo. Todo eso ha de llevarse a cabo
implicando a las comunidades locales en las
opciones y decisiones referentes a la tierra
de cultivo. En esta perspectiva, podría ser
útil tener en cuenta las nuevas fronteras
que se han abierto en el empleo correcto de
las técnicas de producción agrícola
tradicional, así como las más innovadoras,
en el caso de que éstas hayan sido
reconocidas, tras una adecuada verificación,
convenientes, respetuosas del ambiente y
atentas a las poblaciones más
desfavorecidas. Al mismo tiempo, no se
debería descuidar la cuestión de una reforma
agraria ecuánime en los países en
desarrollo. El derecho a la alimentación y
al agua tiene un papel importante para
conseguir otros derechos, comenzando ante
todo por el derecho primario a la vida. Por
tanto, es necesario que madure una
conciencia solidaria que considere la
alimentación y el acceso al agua como
derechos universales de todos los seres
humanos, sin distinciones ni
discriminaciones[65].
Es importante destacar, además, que la vía
solidaria hacia el desarrollo de los países
pobres puede ser un proyecto de solución de
la crisis global actual, como lo han intuido
en los últimos tiempos hombres políticos y
responsables de instituciones
internacionales. Apoyando a los países
económicamente pobres mediante planes de
financiación inspirados en la solidaridad,
con el fin de que ellos mismos puedan
satisfacer las necesidades de bienes de
consumo y desarrollo de los propios
ciudadanos, no sólo se puede producir un
verdadero crecimiento económico, sino que se
puede contribuir también a sostener la
capacidad productiva de los países ricos,
que corre peligro de quedar comprometida por
la crisis.
28. Uno de los aspectos más destacados del
desarrollo actual es la importancia del tema
del respeto a la vida, que en modo
alguno puede separarse de las cuestiones
relacionadas con el desarrollo de los
pueblos. Es un aspecto que últimamente está
asumiendo cada vez mayor relieve,
obligándonos a ampliar el concepto de
pobreza
[66] y de subdesarrollo a los problemas
vinculados con la acogida de la vida, sobre
todo donde ésta se ve impedida de diversas
formas.
La situación de pobreza no sólo provoca
todavía en muchas zonas un alto índice de
mortalidad infantil, sino que en varias
partes del mundo persisten prácticas de
control demográfico por parte de los
gobiernos, que con frecuencia difunden la
contracepción y llegan incluso a imponer
también el aborto. En los países
económicamente más desarrollados, las
legislaciones contrarias a la vida están muy
extendidas y han condicionado ya las
costumbres y la praxis, contribuyendo a
difundir una mentalidad antinatalista, que
muchas veces se trata de transmitir también
a otros estados como si fuera un progreso
cultural.
Algunas organizaciones no gubernamentales,
además, difunden el aborto, promoviendo a
veces en los países pobres la adopción de la
práctica de la esterilización, incluso en
mujeres a quienes no se pide su
consentimiento. Por añadidura, existe la
sospecha fundada de que, en ocasiones, las
ayudas al desarrollo se condicionan a
determinadas políticas sanitarias que
implican de hecho la imposición de un fuerte
control de la natalidad. Preocupan también
tanto las legislaciones que aceptan la
eutanasia como las presiones de grupos
nacionales e internacionales que reivindican
su reconocimiento jurídico.
La apertura a la vida está en el centro
del verdadero desarrollo. Cuando una
sociedad se encamina hacia la negación y la
supresión de la vida, acaba por no encontrar
la motivación y la energía necesaria para
esforzarse en el servicio del verdadero bien
del hombre. Si se pierde la sensibilidad
personal y social para acoger una nueva
vida, también se marchitan otras formas de
acogida provechosas para la vida social[67].
La acogida de la vida forja las energías
morales y capacita para la ayuda recíproca.
Fomentando la apertura a la vida, los
pueblos ricos pueden comprender mejor las
necesidades de los que son pobres, evitar el
empleo de ingentes recursos económicos e
intelectuales para satisfacer deseos
egoístas entre los propios ciudadanos y
promover, por el contrario, buenas
actuaciones en la perspectiva de una
producción moralmente sana y solidaria, en
el respeto del derecho fundamental de cada
pueblo y cada persona a la vida.
29. Hay otro aspecto de la vida de hoy, muy
estrechamente unido con el desarrollo: la
negación del derecho a la libertad
religiosa. No me refiero sólo a las
luchas y conflictos que todavía se producen
en el mundo por motivos religiosos, aunque a
veces la religión sea solamente una
cobertura para razones de otro tipo, como el
afán de poder y riqueza. En efecto, hoy se
mata frecuentemente en el nombre sagrado de
Dios, como muchas veces ha manifestado y
deplorado públicamente mi predecesor Juan
Pablo II y yo mismo[68].
La violencia frena el desarrollo auténtico e
impide la evolución de los pueblos hacia un
mayor bienestar socioeconómico y espiritual.
Esto ocurre especialmente con el terrorismo
de inspiración fundamentalista[69],
que causa dolor, devastación y muerte,
bloquea el diálogo entre las naciones y
desvía grandes recursos de su empleo
pacífico y civil. No obstante, se ha de
añadir que, además del fanatismo religioso
que impide el ejercicio del derecho a la
libertad de religión en algunos ambientes,
también la promoción programada de la
indiferencia religiosa o del ateísmo
práctico por parte de muchos países
contrasta con las necesidades del desarrollo
de los pueblos, sustrayéndoles bienes
espirituales y humanos. Dios es el
garante del verdadero desarrollo del hombre
en cuanto, habiéndolo creado a su imagen,
funda también su dignidad trascendente y
alimenta su anhelo constitutivo de «ser
más». El ser humano no es un átomo perdido
en un universo casual[70],
sino una criatura de Dios, a quien Él ha
querido dar un alma inmortal y al que ha
amado desde siempre. Si el hombre fuera
fruto sólo del azar o la necesidad, o si
tuviera que reducir sus aspiraciones al
horizonte angosto de las situaciones en que
vive, si todo fuera únicamente historia y
cultura, y el hombre no tuviera una
naturaleza destinada a transcenderse en una
vida sobrenatural, podría hablarse de
incremento o de evolución, pero no de
desarrollo. Cuando el Estado promueve,
enseña, o incluso impone formas de ateísmo
práctico, priva a sus ciudadanos de la
fuerza moral y espiritual indispensable para
comprometerse en el desarrollo humano
integral y les impide avanzar con renovado
dinamismo en su compromiso en favor de una
respuesta humana más generosa al amor divino[71].
Y también se da el caso de que países
económicamente desarrollados o emergentes
exporten a los países pobres, en el contexto
de sus relaciones culturales, comerciales y
políticas, esta visión restringida de la
persona y su destino. Éste es el daño que el
«superdesarrollo»[72]
produce al desarrollo auténtico, cuando va
acompañado por el «subdesarrollo moral»[73].
30. En esta línea, el tema del desarrollo
humano integral adquiere un alcance aún más
complejo: la correlación entre sus múltiples
elementos exige un esfuerzo para que los
diferentes ámbitos del saber humano sean
interactivos, con vistas a la promoción
de un verdadero desarrollo de los pueblos.
Con frecuencia, se cree que basta aplicar el
desarrollo o las medidas socioeconómicas
correspondientes mediante una actuación
común. Sin embargo, este actuar común
necesita ser orientado, porque «toda acción
social implica una doctrina»[74].
Teniendo en cuenta la complejidad de los
problemas, es obvio que las diferentes
disciplinas deben colaborar en una
interdisciplinariedad ordenada. La caridad
no excluye el saber, más bien lo exige, lo
promueve y lo anima desde dentro. El saber
nunca es sólo obra de la inteligencia.
Ciertamente, puede reducirse a cálculo y
experimentación, pero si quiere ser
sabiduría capaz de orientar al hombre a la
luz de los primeros principios y de su fin
último, ha de ser «sazonado» con la «sal» de
la caridad. Sin el saber, el hacer es ciego,
y el saber es estéril sin el amor. En
efecto, «el que está animado de una
verdadera caridad es ingenioso para
descubrir las causas de la miseria, para
encontrar los medios de combatirla, para
vencerla con intrepidez»[75].
Al afrontar los fenómenos que tenemos
delante, la caridad en la verdad exige ante
todo conocer y entender, conscientes y
respetuosos de la competencia específica de
cada ámbito del saber. La caridad no es una
añadidura posterior, casi como un apéndice
al trabajo ya concluido de las diferentes
disciplinas, sino que dialoga con ellas
desde el principio. Las exigencias del amor
no contradicen las de la razón. El saber
humano es insuficiente y las conclusiones de
las ciencias no podrán indicar por sí solas
la vía hacia el desarrollo integral del
hombre. Siempre hay que lanzarse más allá:
lo exige la caridad en la verdad[76].
Pero ir más allá nunca significa prescindir
de las conclusiones de la razón, ni
contradecir sus resultados. No existe la
inteligencia y después el amor: existe el
amor rico en inteligencia y la inteligencia
llena de amor.
31. Esto significa que la valoración moral y
la investigación científica deben crecer
juntas, y que la caridad ha de animarlas en
un conjunto interdisciplinar armónico, hecho
de unidad y distinción. La doctrina social
de la Iglesia, que tiene «una importante
dimensión interdisciplinar»[77],
puede desempeñar en esta perspectiva una
función de eficacia extraordinaria. Permite
a la fe, a la teología, a la metafísica y a
las ciencias encontrar su lugar dentro de
una colaboración al servicio del hombre. La
doctrina social de la Iglesia ejerce
especialmente en esto su dimensión
sapiencial. Pablo VI vio con claridad que
una de las causas del subdesarrollo es una
falta de sabiduría, de reflexión, de
pensamiento capaz de elaborar una síntesis
orientadora[78],
y que requiere «una clara visión de todos
los aspectos económicos, sociales,
culturales y espirituales»[79].
La excesiva sectorización del saber[80],
el cerrarse de las ciencias humanas a la
metafísica[81],
las dificultades del diálogo entre las
ciencias y la teología, no sólo dañan el
desarrollo del saber, sino también el
desarrollo de los pueblos, pues, cuando eso
ocurre, se obstaculiza la visión de todo el
bien del hombre en las diferentes
dimensiones que lo caracterizan. Es
indispensable «ampliar nuestro concepto de
razón y de su uso»[82]
para conseguir ponderar adecuadamente todos
los términos de la cuestión del desarrollo y
de la solución de los problemas
socioeconómicos.
32. Las grandes novedades que presenta hoy
el cuadro del desarrollo de los pueblos
plantean en muchos casos la exigencia de
nuevas soluciones. Éstas han de
buscarse, a la vez, en el respeto de las
leyes propias de cada cosa y a la luz de una
visión integral del hombre que refleje los
diversos aspectos de la persona humana,
considerada con la mirada purificada por la
caridad. Así se descubrirán singulares
convergencias y posibilidades concretas de
solución, sin renunciar a ningún componente
fundamental de la vida humana.
La dignidad de la persona y las exigencias
de la justicia requieren, sobre todo hoy,
que las opciones económicas no hagan
aumentar de manera excesiva y moralmente
inaceptable las desigualdades
[83] y que se siga buscando como
prioridad el objetivo del acceso al trabajo
por parte de todos, o lo mantengan.
Pensándolo bien, esto es también una
exigencia de la «razón económica». El
aumento sistémico de las desigualdades entre
grupos sociales dentro de un mismo país y
entre las poblaciones de los diferentes
países, es decir, el aumento masivo de la
pobreza relativa, no sólo tiende a erosionar
la cohesión social y, de este modo, poner en
peligro la democracia, sino que tiene
también un impacto negativo en el plano
económico por el progresivo desgaste del
«capital social», es decir, del conjunto de
relaciones de confianza, fiabilidad y
respeto de las normas, que son
indispensables en toda convivencia civil.
La ciencia económica nos dice también que
una situación de inseguridad estructural da
origen a actitudes antiproductivas y al
derroche de recursos humanos, en cuanto que
el trabajador tiende a adaptarse pasivamente
a los mecanismos automáticos, en vez de dar
espacio a la creatividad. También sobre este
punto hay una convergencia entre ciencia
económica y valoración moral. Los costes
humanos son siempre también costes
económicos y las disfunciones económicas
comportan igualmente costes humanos.
Además, se ha de recordar que rebajar las
culturas a la dimensión tecnológica, aunque
puede favorecer la obtención de beneficios a
corto plazo, a la larga obstaculiza el
enriquecimiento mutuo y las dinámicas de
colaboración. Es importante distinguir entre
consideraciones económicas o sociológicas a
corto y largo plazo. Reducir el nivel de
tutela de los derechos de los trabajadores y
renunciar a mecanismos de redistribución del
rédito con el fin de que el país adquiera
mayor competitividad internacional, impiden
consolidar un desarrollo duradero. Por
tanto, se han de valorar cuidadosamente las
consecuencias que tienen sobre las personas
las tendencias actuales hacia una economía
de corto, a veces brevísimo plazo. Esto
exige «una nueva y más profunda reflexión
sobre el sentido de la economía y de sus
fines»[84],
además de una honda revisión con amplitud de
miras del modelo de desarrollo, para
corregir sus disfunciones y desviaciones. Lo
exige, en realidad, el estado de salud
ecológica del planeta; lo requiere sobre
todo la crisis cultural y moral del hombre,
cuyos síntomas son evidentes en todas las
partes del mundo desde hace tiempo.
33. Más de cuarenta años después de la
Populorum progressio, su argumento
de fondo, el progreso, sigue siendo aún
un problema abierto, que se ha hecho más
agudo y perentorio por la crisis
económico-financiera que se está
produciendo. Aunque algunas zonas del
planeta que sufrían la pobreza han
experimentado cambios notables en términos
de crecimiento económico y participación en
la producción mundial, otras viven todavía
en una situación de miseria comparable a la
que había en tiempos de Pablo VI y, en algún
caso, puede decirse que peor. Es
significativo que algunas causas de esta
situación fueran ya señaladas en la
Populorum progressio, como por
ejemplo, los altos aranceles aduaneros
impuestos por los países económicamente
desarrollados, que todavía impiden a los
productos procedentes de los países pobres
llegar a los mercados de los países ricos.
En cambio, otras causas que la Encíclica
sólo esbozó, han adquirido después mayor
relieve. Este es el caso de la valoración
del proceso de descolonización, por entonces
en pleno auge. Pablo VI deseaba un
itinerario autónomo que se recorriera en paz
y libertad. Después de más de cuarenta años,
hemos de reconocer lo difícil que ha sido
este recorrido, tanto por nuevas formas de
colonialismo y dependencia de antiguos y
nuevos países hegemónicos, como por graves
irresponsabilidades internas en los propios
países que se han independizado.
La novedad principal ha sido el estallido
de la interdependencia planetaria, ya
comúnmente llamada globalización. Pablo VI
lo había previsto parcialmente, pero es
sorprendente el alcance y la impetuosidad de
su auge. Surgido en los países
económicamente desarrollados, este proceso
ha implicado por su naturaleza a todas las
economías. Ha sido el motor principal para
que regiones enteras superaran el
subdesarrollo y es, de por sí, una gran
oportunidad. Sin embargo, sin la guía de la
caridad en la verdad, este impulso
planetario puede contribuir a crear riesgo
de daños hasta ahora desconocidos y nuevas
divisiones en la familia humana. Por eso, la
caridad y la verdad nos plantean un
compromiso inédito y creativo, ciertamente
muy vasto y complejo. Se trata de
ensanchar la razón y hacerla capaz de
conocer y orientar estas nuevas e imponentes
dinámicas, animándolas en la perspectiva
de esa «civilización del amor», de la cual
Dios ha puesto la semilla en cada pueblo y
en cada cultura. |
|
CAPÍTULO TERCERO
FRATERNIDAD,
DESARROLLO ECONÓMICO
Y SOCIEDAD CIVIL
34. La caridad en la verdad pone al
hombre ante la sorprendente experiencia del
don. La gratuidad está en su vida de muchas
maneras, aunque frecuentemente pasa
desapercibida debido a una visión de la
existencia que antepone a todo la
productividad y la utilidad. El ser humano
está hecho para el don, el cual manifiesta y
desarrolla su dimensión trascendente. A
veces, el hombre moderno tiene la errónea
convicción de ser el único autor de sí
mismo, de su vida y de la sociedad. Es una
presunción fruto de la cerrazón egoísta en
sí mismo, que procede —por decirlo con una
expresión creyente— del pecado de los
orígenes. La sabiduría de la Iglesia ha
invitado siempre a no olvidar la realidad
del pecado original, ni siquiera en la
interpretación de los fenómenos sociales y
en la construcción de la sociedad: «Ignorar
que el hombre posee una naturaleza herida,
inclinada al mal, da lugar a graves errores
en el dominio de la educación, de la
política, de la acción social y de las
costumbres»[85].
Hace tiempo que la economía forma parte del
conjunto de los ámbitos en que se
manifiestan los efectos perniciosos del
pecado. Nuestros días nos ofrecen una prueba
evidente. Creerse autosuficiente y capaz de
eliminar por sí mismo el mal de la historia
ha inducido al hombre a confundir la
felicidad y la salvación con formas
inmanentes de bienestar material y de
actuación social. Además, la exigencia de la
economía de ser autónoma, de no estar sujeta
a «injerencias» de carácter moral, ha
llevado al hombre a abusar de los
instrumentos económicos incluso de manera
destructiva. Con el pasar del tiempo, estas
posturas han desembocado en sistemas
económicos, sociales y políticos que han
tiranizado la libertad de la persona y de
los organismos sociales y que, precisamente
por eso, no han sido capaces de asegurar la
justicia que prometían. Como he afirmado en
la Encíclica
Spe salvi, se elimina así de la
historia la esperanza cristiana[86],
que no obstante es un poderoso recurso
social al servicio del desarrollo humano
integral, en la libertad y en la justicia.
La esperanza sostiene a la razón y le da
fuerza para orientar la voluntad[87].
Está ya presente en la fe, que la suscita.
La caridad en la verdad se nutre de ella y,
al mismo tiempo, la manifiesta. Al ser un
don absolutamente gratuito de Dios, irrumpe
en nuestra vida como algo que no es debido,
que trasciende toda ley de justicia. Por su
naturaleza, el don supera el mérito, su
norma es sobreabundar. Nos precede en
nuestra propia alma como signo de la
presencia de Dios en nosotros y de sus
expectativas para con nosotros. La verdad
que, como la caridad es don, nos supera,
como enseña San Agustín[88].
Incluso nuestra propia verdad, la de nuestra
conciencia personal, ante todo, nos ha sido
«dada». En efecto, en todo proceso
cognitivo la verdad no es producida por
nosotros, sino que se encuentra o, mejor
aún, se recibe. Como el amor, «no nace del
pensamiento o la voluntad, sino que en
cierto sentido se impone al ser humano»[89].
Al ser un don recibido por todos, la caridad
en la verdad es una fuerza que funda la
comunidad, unifica a los hombres de manera
que no haya barreras o confines. La
comunidad humana puede ser organizada por
nosotros mismos, pero nunca podrá ser sólo
con sus propias fuerzas una comunidad
plenamente fraterna ni aspirar a superar las
fronteras, o convertirse en una comunidad
universal. La unidad del género humano, la
comunión fraterna más allá de toda división,
nace de la palabra de Dios-Amor que nos
convoca. Al afrontar esta cuestión decisiva,
hemos de precisar, por un lado, que la
lógica del don no excluye la justicia ni se
yuxtapone a ella como un añadido externo en
un segundo momento y, por otro, que el
desarrollo económico, social y político
necesita, si quiere ser auténticamente
humano, dar espacio al principio de
gratuidad como expresión de fraternidad.
35. Si hay confianza recíproca y
generalizada, el mercado es la
institución económica que permite el
encuentro entre las personas, como agentes
económicos que utilizan el contrato como
norma de sus relaciones y que intercambian
bienes y servicios de consumo para
satisfacer sus necesidades y deseos. El
mercado está sujeto a los principios de la
llamada justicia conmutativa, que
regula precisamente la relación entre dar y
recibir entre iguales. Pero la doctrina
social de la Iglesia no ha dejado nunca de
subrayar la importancia de la justicia
distributiva y de la justicia social
para la economía de mercado, no sólo porque
está dentro de un contexto social y político
más amplio, sino también por la trama de
relaciones en que se desenvuelve. En efecto,
si el mercado se rige únicamente por el
principio de la equivalencia del valor de
los bienes que se intercambian, no llega a
producir la cohesión social que necesita
para su buen funcionamiento. Sin formas
internas de solidaridad y de confianza
recíproca, el mercado no puede cumplir
plenamente su propia función económica.
Hoy, precisamente esta confianza ha fallado,
y esta pérdida de confianza es algo
realmente grave.
Pablo VI subraya oportunamente en la
Populorum progressio que el sistema
económico mismo se habría aventajado con la
práctica generalizada de la justicia, pues
los primeros beneficiarios del desarrollo de
los países pobres hubieran sido los países
ricos[90].
No se trata sólo de remediar el mal
funcionamiento con las ayudas. No se debe
considerar a los pobres como un «fardo»[91],
sino como una riqueza incluso desde el punto
de vista estrictamente económico. No
obstante, se ha de considerar equivocada la
visión de quienes piensan que la economía de
mercado tiene necesidad estructural de una
cuota de pobreza y de subdesarrollo para
funcionar mejor. Al mercado le interesa
promover la emancipación, pero no puede
lograrlo por sí mismo, porque no puede
producir lo que está fuera de su alcance. Ha
de sacar fuerzas morales de otras instancias
que sean capaces de generarlas.
36. La actividad económica no puede resolver
todos los problemas sociales ampliando sin
más la lógica mercantil. Debe estar
ordenada a la consecución del bien común,
que es responsabilidad sobre todo de la
comunidad política. Por tanto, se debe tener
presente que separar la gestión económica, a
la que correspondería únicamente producir
riqueza, de la acción política, que tendría
el papel de conseguir la justicia mediante
la redistribución, es causa de graves
desequilibrios.
La Iglesia sostiene siempre que la actividad
económica no debe considerarse antisocial.
Por eso, el mercado no es ni debe
convertirse en el ámbito donde el más fuerte
avasalle al más débil. La sociedad no debe
protegerse del mercado, pensando que su
desarrollo comporta ipso facto la
muerte de las relaciones auténticamente
humanas. Es verdad que el mercado puede
orientarse en sentido negativo, pero no por
su propia naturaleza, sino por una cierta
ideología que lo guía en este sentido. No se
debe olvidar que el mercado no existe en su
estado puro, se adapta a las configuraciones
culturales que lo concretan y condicionan.
En efecto, la economía y las finanzas, al
ser instrumentos, pueden ser mal utilizados
cuando quien los gestiona tiene sólo
referencias egoístas. De esta forma, se
puede llegar a transformar medios de por sí
buenos en perniciosos. Lo que produce estas
consecuencias es la razón oscurecida del
hombre, no el medio en cuanto tal. Por eso,
no se deben hacer reproches al medio o
instrumento sino al hombre, a su conciencia
moral y a su responsabilidad personal y
social.
La doctrina social de la Iglesia sostiene
que se pueden vivir relaciones
auténticamente humanas, de amistad y de
sociabilidad, de solidaridad y de
reciprocidad, también dentro de la actividad
económica y no solamente fuera o «después»
de ella. El sector económico no es ni
éticamente neutro ni inhumano o antisocial
por naturaleza. Es una actividad del hombre
y, precisamente porque es humana, debe ser
articulada e institucionalizada éticamente.
El gran desafío que tenemos, planteado por
las dificultades del desarrollo en este
tiempo de globalización y agravado por la
crisis económico-financiera actual, es
mostrar, tanto en el orden de las ideas como
de los comportamientos, que no sólo no se
pueden olvidar o debilitar los principios
tradicionales de la ética social, como la
trasparencia, la honestidad y la
responsabilidad, sino que en las
relaciones mercantiles el principio
de gratuidad y la lógica del don, como
expresiones de fraternidad, pueden y deben
tener espacio en la actividad económica
ordinaria. Esto es una exigencia del
hombre en el momento actual, pero también de
la razón económica misma. Una exigencia de
la caridad y de la verdad al mismo tiempo.
37. La doctrina social de la Iglesia ha
sostenido siempre que la justicia afecta
a todas las fases de la actividad económica,
porque en todo momento tiene que ver con el
hombre y con sus derechos. La obtención de
recursos, la financiación, la producción, el
consumo y todas las fases del proceso
económico tienen ineludiblemente
implicaciones morales. Así, toda decisión
económica tiene consecuencias de carácter
moral. Lo confirman las ciencias
sociales y las tendencias de la economía
contemporánea. Hace algún tiempo, tal vez se
podía confiar primero a la economía la
producción de riqueza y asignar después a la
política la tarea de su distribución. Hoy
resulta más difícil, dado que las
actividades económicas no se limitan a
territorios definidos, mientras que las
autoridades gubernativas siguen siendo sobre
todo locales. Además, las normas de justicia
deben ser respetadas desde el principio y
durante el proceso económico, y no sólo
después o colateralmente. Para eso es
necesario que en el mercado se dé cabida a
actividades económicas de sujetos que optan
libremente por ejercer su gestión movidos
por principios distintos al del mero
beneficio, sin renunciar por ello a producir
valor económico. Muchos planteamientos
económicos provenientes de iniciativas
religiosas y laicas demuestran que esto es
realmente posible.
En la época de la globalización, la economía
refleja modelos competitivos vinculados a
culturas muy diversas entre sí. El
comportamiento económico y empresarial que
se desprende tiene en común principalmente
el respeto de la justicia conmutativa.
Indudablemente, la vida económica
tiene necesidad del contrato para
regular las relaciones de intercambio entre
valores equivalentes. Pero necesita
igualmente leyes justas y formas
de redistribución guiadas por la
política, además de obras caracterizadas por
el espíritu del don. La economía
globalizada parece privilegiar la primera
lógica, la del intercambio contractual, pero
directa o indirectamente demuestra que
necesita a las otras dos, la lógica de la
política y la lógica del don sin
contrapartida.
38. En la
Centesimus annus, mi predecesor Juan
Pablo II señaló esta problemática al
advertir la necesidad de un sistema basado
en tres instancias: el mercado, el
Estado y la sociedad civil[92].
Consideró que la sociedad civil era el
ámbito más apropiado para una economía de
la gratuidad y de la fraternidad, sin
negarla en los otros dos ámbitos. Hoy
podemos decir que la vida económica debe ser
comprendida como una realidad de múltiples
dimensiones: en todas ellas, aunque en
medida diferente y con modalidades
específicas, debe haber respeto a la
reciprocidad fraterna. En la época de la
globalización, la actividad económica no
puede prescindir de la gratuidad, que
fomenta y extiende la solidaridad y la
responsabilidad por la justicia y el bien
común en sus diversas instancias y agentes.
Se trata, en definitiva, de una forma
concreta y profunda de democracia económica.
La solidaridad es en primer lugar que todos
se sientan responsables de todos[93];
por tanto no se la puede dejar solamente en
manos del Estado. Mientras antes se podía
pensar que lo primero era alcanzar la
justicia y que la gratuidad venía después
como un complemento, hoy es necesario decir
que sin la gratuidad no se alcanza ni
siquiera la justicia. Se requiere, por
tanto, un mercado en el cual puedan operar
libremente, con igualdad de oportunidades,
empresas que persiguen fines institucionales
diversos. Junto a la empresa privada,
orientada al beneficio, y los diferentes
tipos de empresa pública, deben poderse
establecer y desenvolver aquellas
organizaciones productivas que persiguen
fines mutualistas y sociales. De su
recíproca interacción en el mercado se puede
esperar una especie de combinación entre los
comportamientos de empresa y, con ella, una
atención más sensible a una civilización
de la economía. En este caso, caridad en
la verdad significa la necesidad de dar
forma y organización a las iniciativas
económicas que, sin renunciar al beneficio,
quieren ir más allá de la lógica del
intercambio de cosas equivalentes y del
lucro como fin en sí mismo.
39. Pablo VI pedía en la
Populorum progressio que se llegase
a un modelo de economía de mercado capaz
de incluir, al menos tendencialmente, a
todos los pueblos, y no solamente a los
particularmente dotados. Pedía un
compromiso para promover un mundo más humano
para todos, un mundo «en donde todos tengan
que dar y recibir, sin que el progreso de
los unos sea un obstáculo para el desarrollo
de los otros»[94].
Así, extendía al plano universal las mismas
exigencias y aspiraciones de la
Rerum novarum, escrita como
consecuencia de la revolución industrial,
cuando se afirmó por primera vez la idea
—seguramente avanzada para aquel tiempo— de
que el orden civil, para sostenerse,
necesitaba la intervención redistributiva
del Estado. Hoy, esta visión de la
Rerum novarum, además de puesta en
crisis por los procesos de apertura de los
mercados y de las sociedades, se muestra
incompleta para satisfacer las exigencias de
una economía plenamente humana. Lo que la
doctrina de la Iglesia ha sostenido siempre,
partiendo de su visión del hombre y de la
sociedad, es necesario también hoy para las
dinámicas características de la
globalización.
Cuando la lógica del mercado y la lógica del
Estado se ponen de acuerdo para mantener el
monopolio de sus respectivos ámbitos de
influencia, se debilita a la larga la
solidaridad en las relaciones entre los
ciudadanos, la participación y el sentido de
pertenencia, que no se identifican con el
«dar para tener», propio de la lógica de la
compraventa, ni con el «dar por deber»,
propio de la lógica de las intervenciones
públicas, que el Estado impone por ley. La
victoria sobre el subdesarrollo requiere
actuar no sólo en la mejora de las
transacciones basadas en la compraventa, o
en las transferencias de las estructuras
asistenciales de carácter público, sino
sobre todo en la apertura progresiva en
el contexto mundial a formas de actividad
económica caracterizada por ciertos márgenes
de gratuidad y comunión. El binomio
exclusivo mercado-Estado corroe la
sociabilidad, mientras que las formas de
economía solidaria, que encuentran su mejor
terreno en la sociedad civil aunque no se
reducen a ella, crean sociabilidad. El
mercado de la gratuidad no existe y las
actitudes gratuitas no se pueden prescribir
por ley. Sin embargo, tanto el mercado como
la política tienen necesidad de personas
abiertas al don recíproco.
40. Las actuales dinámicas económicas
internacionales, caracterizadas por graves
distorsiones y disfunciones, requieren
también cambios profundos en el modo de
entender la empresa. Antiguas
modalidades de la vida empresarial van
desapareciendo, mientras otras más
prometedoras se perfilan en el horizonte.
Uno de los mayores riesgos es sin duda que
la empresa responda casi exclusivamente a
las expectativas de los inversores en
detrimento de su dimensión social. Debido a
su continuo crecimiento y a la necesidad de
mayores capitales, cada vez son menos las
empresas que dependen de un único empresario
estable que se sienta responsable a largo
plazo, y no sólo por poco tiempo, de la vida
y los resultados de su empresa, y cada vez
son menos las empresas que dependen de un
único territorio. Además, la llamada
deslocalización de la actividad productiva
puede atenuar en el empresario el sentido de
responsabilidad respecto a los interesados,
como los trabajadores, los proveedores, los
consumidores, así como al medio ambiente y a
la sociedad más amplia que lo rodea, en
favor de los accionistas, que no están
sujetos a un espacio concreto y gozan por
tanto de una extraordinaria movilidad. El
mercado internacional de los capitales, en
efecto, ofrece hoy una gran libertad de
acción. Sin embargo, también es verdad que
se está extendiendo la conciencia de la
necesidad de una «responsabilidad social»
más amplia de la empresa. Aunque no todos
los planteamientos éticos que guían hoy el
debate sobre la responsabilidad social de la
empresa son aceptables según la perspectiva
de la doctrina social de la Iglesia, es
cierto que se va difundiendo cada vez más la
convicción según la cual la gestión de la
empresa no puede tener en cuenta únicamente
el interés de sus propietarios, sino también
el de todos los otros sujetos que
contribuyen a la vida de la empresa:
trabajadores, clientes, proveedores de los
diversos elementos de producción, la
comunidad de referencia. En los últimos años
se ha notado el crecimiento de una clase
cosmopolita de manager, que a menudo
responde sólo a las pretensiones de los
nuevos accionistas de referencia compuestos
generalmente por fondos anónimos que
establecen su retribución. Pero también hay
muchos managers hoy que, con un análisis más
previsor, se percatan cada vez más de los
profundos lazos de su empresa con el
territorio o territorios en que desarrolla
su actividad. Pablo VI invitaba a valorar
seriamente el daño que la trasferencia de
capitales al extranjero, por puro provecho
personal, puede ocasionar a la propia nación[95].
Juan Pablo II advertía que invertir tiene
siempre un significado moral, además de
económico[96].
Se ha de reiterar que todo esto mantiene su
validez en nuestros días a pesar de que el
mercado de capitales haya sido fuertemente
liberalizado y la moderna mentalidad
tecnológica pueda inducir a pensar que
invertir es sólo un hecho técnico y no
humano ni ético. No se puede negar que un
cierto capital puede hacer el bien cuando se
invierte en el extranjero en vez de en la
propia patria. Pero deben quedar a salvo los
vínculos de justicia, teniendo en cuenta
también cómo se ha formado ese capital y los
perjuicios que comporta para las personas el
que no se emplee en los lugares donde se ha
generado[97].
Se ha de evitar que el empleo de recursos
financieros esté motivado por la
especulación y ceda a la tentación de buscar
únicamente un beneficio inmediato, en vez de
la sostenibilidad de la empresa a largo
plazo, su propio servicio a la economía real
y la promoción, en modo adecuado y oportuno,
de iniciativas económicas también en los
países necesitados de desarrollo. Tampoco
hay motivos para negar que la
deslocalización, que lleva consigo
inversiones y formación, puede hacer bien a
la población del país que la recibe. El
trabajo y los conocimientos técnicos son una
necesidad universal. Sin embargo, no es
lícito deslocalizar únicamente para
aprovechar particulares condiciones
favorables, o peor aún, para explotar sin
aportar a la sociedad local una verdadera
contribución para el nacimiento de un sólido
sistema productivo y social, factor
imprescindible para un desarrollo estable.
41. A este respecto, es útil observar que la
iniciativa empresarial tiene, y debe
asumir cada vez más, un significado
polivalente. El predominio persistente
del binomio mercado-Estado nos ha
acostumbrado a pensar exclusivamente en el
empresario privado de tipo capitalista por
un lado y en el directivo estatal por otro.
En realidad, la iniciativa empresarial se ha
de entender de modo articulado. Así lo
revelan diversas motivaciones metaeconómicas.
El ser empresario, antes de tener un
significado profesional, tiene un
significado humano[98].
Es propio de todo trabajo visto como «actus
personae»[99]
y por eso es bueno que todo trabajador tenga
la posibilidad de dar la propia aportación a
su labor, de modo que él mismo «sea
consciente de que está trabajando en algo
propio»[100].
Por eso, Pablo VI enseñaba que «todo
trabajador es un creador»[101].
Precisamente para responder a las exigencias
y a la dignidad de quien trabaja, y a las
necesidades de la sociedad, existen varios
tipos de empresas, más allá de la pura
distinción entre «privado» y «público». Cada
una requiere y manifiesta una capacidad de
iniciativa empresarial específica. Para
realizar una economía que en el futuro
próximo sepa ponerse al servicio del bien
común nacional y mundial, es oportuno tener
en cuenta este significado amplio de
iniciativa empresarial. Esta concepción más
amplia favorece el intercambio y la mutua
configuración entre los diversos tipos de
iniciativa empresarial, con transvase de
competencias del mundo non profit al
profit y viceversa, del público al
propio de la sociedad civil, del de las
economías avanzadas al de países en vía de
desarrollo.
También la «autoridad política» tiene
un significado polivalente, que no se
puede olvidar mientras se camina hacia la
consecución de un nuevo orden
económico-productivo, socialmente
responsable y a medida del hombre. Al igual
que se pretende cultivar una iniciativa
empresarial diferenciada en el ámbito
mundial, también se debe promover una
autoridad política repartida y que ha de
actuar en diversos planos. El mercado único
de nuestros días no elimina el papel de los
estados, más bien obliga a los gobiernos a
una colaboración recíproca más estrecha. La
sabiduría y la prudencia aconsejan no
proclamar apresuradamente la desaparición
del Estado. Con relación a la solución de la
crisis actual, su papel parece destinado a
crecer, recuperando muchas competencias. Hay
naciones donde la construcción o
reconstrucción del Estado sigue siendo un
elemento clave para su desarrollo. La
ayuda internacional, precisamente dentro
de un proyecto inspirado en la solidaridad
para solucionar los actuales problemas
económicos, debería apoyar en primer lugar
la consolidación de los sistemas
constitucionales, jurídicos y
administrativos en los países que todavía no
gozan plenamente de estos bienes. Las ayudas
económicas deberían ir acompañadas de
aquellas medidas destinadas a reforzar las
garantías propias de un Estado de derecho,
un sistema de orden público y de prisiones
respetuoso de los derechos humanos y a
consolidar instituciones verdaderamente
democráticas. No es necesario que el Estado
tenga las mismas características en todos
los sitios: el fortalecimiento de los
sistemas constitucionales débiles puede ir
acompañado perfectamente por el desarrollo
de otras instancias políticas no estatales,
de carácter cultural, social, territorial o
religioso. Además, la articulación de la
autoridad política en el ámbito local,
nacional o internacional, es uno de los
cauces privilegiados para poder orientar la
globalización económica. Y también el modo
de evitar que ésta mine de hecho los
fundamentos de la democracia.
42. A veces se perciben actitudes fatalistas
ante la globalización, como si las
dinámicas que la producen procedieran de
fuerzas anónimas e impersonales o de
estructuras independientes de la voluntad
humana[102].
A este respecto, es bueno recordar que la
globalización ha de entenderse ciertamente
como un proceso socioeconómico, pero no es
ésta su única dimensión. Tras este proceso
más visible hay realmente una humanidad cada
vez más interrelacionada; hay personas y
pueblos para los que el proceso debe ser de
utilidad y desarrollo[103],
gracias a que tanto los individuos como la
colectividad asumen sus respectivas
responsabilidades. La superación de las
fronteras no es sólo un hecho material, sino
también cultural, en sus causas y en sus
efectos. Cuando se entiende la globalización
de manera determinista, se pierden los
criterios para valorarla y orientarla. Es
una realidad humana y puede ser fruto de
diversas corrientes culturales que han de
ser sometidas a un discernimiento. La verdad
de la globalización como proceso y su
criterio ético fundamental vienen dados por
la unidad de la familia humana y su
crecimiento en el bien. Por tanto, hay que
esforzarse incesantemente para favorecer una
orientación cultural personalista y
comunitaria, abierta a la trascendencia, del
proceso de integración planetaria.
A pesar de algunos aspectos estructurales
innegables, pero que no se deben absolutizar,
«la globalización no es, a priori, ni
buena ni mala. Será lo que la gente haga de
ella»[104].
Debemos ser sus protagonistas, no las
víctimas, procediendo razonablemente,
guiados por la caridad y la verdad. Oponerse
ciegamente a la globalización sería una
actitud errónea, preconcebida, que acabaría
por ignorar un proceso que tiene también
aspectos positivos, con el riesgo de perder
una gran ocasión para aprovechar las
múltiples oportunidades de desarrollo que
ofrece. El proceso de globalización,
adecuadamente entendido y gestionado, ofrece
la posibilidad de una gran redistribución de
la riqueza a escala planetaria como nunca se
ha visto antes; pero, si se gestiona mal,
puede incrementar la pobreza y la
desigualdad, contagiando además con una
crisis a todo el mundo. Es necesario
corregir las disfunciones, a veces
graves, que causan nuevas divisiones entre
los pueblos y en su interior, de modo que la
redistribución de la riqueza no comporte una
redistribución de la pobreza, e incluso la
acentúe, como podría hacernos temer también
una mala gestión de la situación actual.
Durante mucho tiempo se ha pensado que los
pueblos pobres deberían permanecer anclados
en un estadio de desarrollo preestablecido o
contentarse con la filantropía de los
pueblos desarrollados. Pablo VI se pronunció
contra esta mentalidad en la
Populorum progressio. Los recursos
materiales disponibles para sacar a estos
pueblos de la miseria son hoy potencialmente
mayores que antes, pero se han servido de
ellos principalmente los países
desarrollados, que han podido aprovechar
mejor la liberalización de los movimientos
de capitales y de trabajo. Por tanto, la
difusión de ámbitos de bienestar en el mundo
no debería ser obstaculizada con proyectos
egoístas, proteccionistas o dictados por
intereses particulares. En efecto, la
participación de países emergentes o en vías
de desarrollo permite hoy gestionar mejor la
crisis. La transición que el proceso de
globalización comporta, conlleva grandes
dificultades y peligros, que sólo se podrán
superar si se toma conciencia del espíritu
antropológico y ético que en el fondo
impulsa la globalización hacia metas
de humanización solidaria. Desgraciadamente,
este espíritu se ve con frecuencia marginado
y entendido desde perspectivas
ético-culturales de carácter individualista
y utilitarista. La globalización es un
fenómeno multidimensional y polivalente, que
exige ser comprendido en la diversidad y en
la unidad de todas sus dimensiones, incluida
la teológica. Esto consentirá vivir y
orientar la globalización de la humanidad en
términos de relacionalidad, comunión y
participación. |
|
CAPÍTULO CUARTO
DESARROLLO DE
LOS PUEBLOS,
DERECHOS Y DEBERES, AMBIENTE
43. «La solidaridad universal, que es un
hecho y un beneficio para todos, es también
un deber».[105]
En la actualidad, muchos pretenden pensar
que no deben nada a nadie, si no es a sí
mismos. Piensan que sólo son titulares de
derechos y con frecuencia les cuesta madurar
en su responsabilidad respecto al desarrollo
integral propio y ajeno. Por ello, es
importante urgir una nueva reflexión sobre
los deberes que los derechos presuponen,
y sin los cuales éstos se convierten en algo
arbitrario[106].
Hoy se da una profunda contradicción.
Mientras, por un lado, se reivindican
presuntos derechos, de carácter arbitrario y
voluptuoso, con la pretensión de que las
estructuras públicas los reconozcan y
promuevan, por otro, hay derechos
elementales y fundamentales que se ignoran y
violan en gran parte de la humanidad[107].
Se aprecia con frecuencia una relación entre
la reivindicación del derecho a lo
superfluo, e incluso a la transgresión y al
vicio, en las sociedades opulentas, y la
carencia de comida, agua potable,
instrucción básica o cuidados sanitarios
elementales en ciertas regiones del mundo
subdesarrollado y también en la periferia de
las grandes ciudades. Dicha relación
consiste en que los derechos individuales,
desvinculados de un conjunto de deberes que
les dé un sentido profundo, se desquician y
dan lugar a una espiral de exigencias
prácticamente ilimitada y carente de
criterios. La exacerbación de los derechos
conduce al olvido de los deberes. Los
deberes delimitan los derechos porque
remiten a un marco antropológico y ético en
cuya verdad se insertan también los derechos
y así dejan de ser arbitrarios. Por este
motivo, los deberes refuerzan los derechos y
reclaman que se los defienda y promueva como
un compromiso al servicio del bien. En
cambio, si los derechos del hombre se
fundamentan sólo en las deliberaciones de
una asamblea de ciudadanos, pueden ser
cambiados en cualquier momento y,
consiguientemente, se relaja en la
conciencia común el deber de respetarlos y
tratar de conseguirlos. Los gobiernos y los
organismos internacionales pueden olvidar
entonces la objetividad y la cualidad de «no
disponibles» de los derechos. Cuando esto
sucede, se pone en peligro el verdadero
desarrollo de los pueblos[108].
Comportamientos como éstos comprometen la
autoridad moral de los organismos
internacionales, sobre todo a los ojos de
los países más necesitados de desarrollo. En
efecto, éstos exigen que la comunidad
internacional asuma como un deber ayudarles
a ser «artífices de su destino»[109],
es decir, a que asuman a su vez deberes.
Compartir los deberes recíprocos moviliza
mucho más que la mera reivindicación de
derechos.
44. La concepción de los derechos y de los
deberes respecto al desarrollo, debe tener
también en cuenta los problemas relacionados
con el crecimiento demográfico. Es un
aspecto muy importante del verdadero
desarrollo, porque afecta a los valores
irrenunciables de la vida y de la familia[110].
No es correcto considerar el aumento de
población como la primera causa del
subdesarrollo, incluso desde el punto de
vista económico: baste pensar, por un lado,
en la notable disminución de la mortalidad
infantil y al aumento de la edad media que
se produce en los países económicamente
desarrollados y, por otra, en los signos de
crisis que se perciben en la sociedades en
las que se constata una preocupante
disminución de la natalidad. Obviamente, se
ha de seguir prestando la debida atención a
una procreación responsable que, por lo
demás, es una contribución efectiva al
desarrollo humano integral. La Iglesia, que
se interesa por el verdadero desarrollo del
hombre, exhorta a éste a que respete los
valores humanos también en el ejercicio de
la sexualidad: ésta no puede quedar reducida
a un mero hecho hedonista y lúdico, del
mismo modo que la educación sexual no se
puede limitar a una instrucción técnica, con
la única preocupación de proteger a los
interesados de eventuales contagios o del
«riesgo» de procrear. Esto equivaldría a
empobrecer y descuidar el significado
profundo de la sexualidad, que debe ser en
cambio reconocido y asumido con
responsabilidad por la persona y la
comunidad. En efecto, la responsabilidad
evita tanto que se considere la sexualidad
como una simple fuente de placer, como que
se regule con políticas de planificación
forzada de la natalidad. En ambos casos se
trata de concepciones y políticas
materialistas, en las que las personas
acaban padeciendo diversas formas de
violencia. Frente a todo esto, se debe
resaltar la competencia primordial que en
este campo tienen las familias[111]
respecto del Estado y sus políticas
restrictivas, así como una adecuada
educación de los padres.
La apertura moralmente responsable a la
vida es una riqueza social y económica.
Grandes naciones han podido salir de la
miseria gracias también al gran número y a
la capacidad de sus habitantes. Al
contrario, naciones en un tiempo
florecientes pasan ahora por una fase de
incertidumbre, y en algún caso de
decadencia, precisamente a causa del bajo
índice de natalidad, un problema crucial
para las sociedades de mayor bienestar. La
disminución de los nacimientos, a veces por
debajo del llamado «índice de reemplazo
generacional», pone en crisis incluso a los
sistemas de asistencia social, aumenta los
costes, merma la reserva del ahorro y,
consiguientemente, los recursos financieros
necesarios para las inversiones, reduce la
disponibilidad de trabajadores cualificados
y disminuye la reserva de «cerebros» a los
que recurrir para las necesidades de la
nación. Además, las familias pequeñas, o muy
pequeñas a veces, corren el riesgo de
empobrecer las relaciones sociales y de no
asegurar formas eficaces de solidaridad. Son
situaciones que presentan síntomas de escasa
confianza en el futuro y de fatiga moral.
Por eso, se convierte en una necesidad
social, e incluso económica, seguir
proponiendo a las nuevas generaciones la
hermosura de la familia y del matrimonio, su
sintonía con las exigencias más profundas
del corazón y de la dignidad de la persona.
En esta perspectiva, los estados están
llamados a establecer políticas que
promuevan la centralidad y la integridad de
la familia, fundada en el matrimonio
entre un hombre y una mujer, célula
primordial y vital de la sociedad[112],
haciéndose cargo también de sus problemas
económicos y fiscales, en el respeto de su
naturaleza relacional.
45. Responder a las exigencias morales más
profundas de la persona tiene también
importantes efectos beneficiosos en el plano
económico. En efecto, la economía tiene
necesidad de la ética para su correcto
funcionamiento; no de una ética
cualquiera, sino de una ética amiga de la
persona. Hoy se habla mucho de ética en el
campo económico, bancario y empresarial.
Surgen centros de estudio y programas
formativos de business ethics; se
difunde en el mundo desarrollado el sistema
de certificaciones éticas, siguiendo la
línea del movimiento de ideas nacido en
torno a la responsabilidad social de la
empresa. Los bancos proponen cuentas y
fondos de inversión llamados «éticos». Se
desarrolla una «finanza ética», sobre todo
mediante el microcrédito y, más en general,
la microfinanciación. Dichos procesos son
apreciados y merecen un amplio apoyo. Sus
efectos positivos llegan incluso a las áreas
menos desarrolladas de la tierra. Conviene,
sin embargo, elaborar un criterio de
discernimiento válido, pues se nota un
cierto abuso del adjetivo «ético» que, usado
de manera genérica, puede abarcar también
contenidos completamente distintos, hasta el
punto de hacer pasar por éticas decisiones y
opciones contrarias a la justicia y al
verdadero bien del hombre.
En efecto, mucho depende del sistema moral
de referencia. Sobre este aspecto, la
doctrina social de la Iglesia ofrece una
aportación específica, que se funda en la
creación del hombre «a imagen de Dios» (Gn
1,27), algo que comporta la inviolable
dignidad de la persona humana, así como el
valor trascendente de las normas morales
naturales. Una ética económica que prescinda
de estos dos pilares correría el peligro de
perder inevitablemente su propio significado
y prestarse así a ser instrumentalizada; más
concretamente, correría el riesgo de
amoldarse a los sistemas
económico-financieros existentes, en vez de
corregir sus disfunciones. Además, podría
acabar incluso justificando la financiación
de proyectos no éticos. Es necesario, pues,
no recurrir a la palabra «ética» de una
manera ideológicamente discriminatoria,
dando a entender que no serían éticas las
iniciativas no etiquetadas formalmente con
esa cualificación. Conviene esforzarse —la
observación aquí es esencial— no sólo para
que surjan sectores o segmentos «éticos» de
la economía o de las finanzas, sino para que
toda la economía y las finanzas sean éticas
y lo sean no por una etiqueta externa, sino
por el respeto de exigencias intrínsecas de
su propia naturaleza. A este respecto, la
doctrina social de la Iglesia habla con
claridad, recordando que la economía, en
todas sus ramas, es un sector de la
actividad humana[113].
46. Respecto al tema de la relación entre
empresa y ética, así como de la
evolución que está teniendo el sistema
productivo, parece que la distinción hasta
ahora más difundida entre empresas
destinadas al beneficio (profit) y
organizaciones sin ánimo de lucro (non
profit) ya no refleja plenamente la
realidad, ni es capaz de orientar
eficazmente el futuro. En estos últimos
decenios, ha ido surgiendo una amplia zona
intermedia entre los dos tipos de empresas.
Esa zona intermedia está compuesta por
empresas tradicionales que, sin embargo,
suscriben pactos de ayuda a países
atrasados; por fundaciones promovidas por
empresas concretas; por grupos de empresas
que tienen objetivos de utilidad social; por
el amplio mundo de agentes de la llamada
economía civil y de comunión. No se trata
sólo de un «tercer sector», sino de una
nueva y amplia realidad compuesta, que
implica al sector privado y público y que no
excluye el beneficio, pero lo considera
instrumento para objetivos humanos y
sociales. Que estas empresas distribuyan más
o menos los beneficios, o que adopten una u
otra configuración jurídica prevista por la
ley, es secundario respecto a su
disponibilidad para concebir la ganancia
como un instrumento para alcanzar objetivos
de humanización del mercado y de la
sociedad. Es de desear que estas nuevas
formas de empresa encuentren en todos los
países también un marco jurídico y fiscal
adecuado. Así, sin restar importancia y
utilidad económica y social a las formas
tradicionales de empresa, hacen evolucionar
el sistema hacia una asunción más clara y
plena de los deberes por parte de los
agentes económicos. Y no sólo esto. La
misma pluralidad de las formas
institucionales de empresa es lo que
promueve un mercado más cívico y al mismo
tiempo más competitivo.
47. La potenciación de los diversos tipos de
empresas y, en particular, de los que son
capaces de concebir el beneficio como un
instrumento para conseguir objetivos de
humanización del mercado y de la sociedad,
hay que llevarla a cabo incluso en países
excluidos o marginados de los circuitos de
la economía global, donde es muy importante
proceder con proyectos de subsidiaridad
convenientemente diseñados y gestionados,
que tiendan a promover los derechos, pero
previendo siempre que se asuman también las
correspondientes responsabilidades. En las
iniciativas para el desarrollo debe
quedar a salvo el principio de la
centralidad de la persona humana, que es
quien debe asumirse en primer lugar el deber
del desarrollo. Lo que interesa
principalmente es la mejora de las
condiciones de vida de las personas
concretas de una cierta región, para que
puedan satisfacer aquellos deberes que la
indigencia no les permite observar
actualmente. La preocupación nunca puede ser
una actitud abstracta. Los programas de
desarrollo, para poder adaptarse a las
situaciones concretas, han de ser flexibles;
y las personas que se beneficien deben
implicarse directamente en su planificación
y convertirse en protagonistas de su
realización. También es necesario aplicar
los criterios de progresión y acompañamiento
—incluido el seguimiento de los resultados—,
porque no hay recetas universalmente
válidas. Mucho depende de la gestión
concreta de las intervenciones.
«Constructores de su propio desarrollo, los
pueblos son los primeros responsables de él.
Pero no lo realizarán en el aislamiento»[114].
Hoy, con la consolidación del proceso de
progresiva integración del planeta, esta
exhortación de Pablo VI es más válida
todavía. Las dinámicas de inclusión no
tienen nada de mecánico. Las soluciones se
han de ajustar a la vida de los pueblos y de
las personas concretas, basándose en una
valoración prudencial de cada situación. Al
lado de los macroproyectos son necesarios
los microproyectos y, sobre todo, es
necesaria la movilización efectiva de todos
los sujetos de la sociedad civil, tanto de
las personas jurídicas como de las personas
físicas.
La cooperación internacional necesita
personas que participen en el proceso del
desarrollo económico y humano, mediante la
solidaridad de la presencia, el
acompañamiento, la formación y el respeto.
Desde este punto de vista, los propios
organismos internacionales deberían
preguntarse sobre la eficacia real de sus
aparatos burocráticos y administrativos,
frecuentemente demasiado costosos. A veces,
el destinatario de las ayudas resulta útil
para quien lo ayuda y, así, los pobres
sirven para mantener costosos organismos
burocráticos, que destinan a la propia
conservación un porcentaje demasiado elevado
de esos recursos que deberían ser destinados
al desarrollo. A este respecto, cabría
desear que los organismos internacionales y
las organizaciones no gubernamentales se
esforzaran por una transparencia total,
informando a los donantes y a la opinión
pública sobre la proporción de los fondos
recibidos que se destina a programas de
cooperación, sobre el verdadero contenido de
dichos programas y, en fin, sobre la
distribución de los gastos de la institución
misma.
48. El tema del desarrollo está también muy
unido hoy a los deberes que nacen de la
relación del hombre con el ambiente
natural. Éste es un don de Dios para
todos, y su uso representa para nosotros una
responsabilidad para con los pobres, las
generaciones futuras y toda la humanidad.
Cuando se considera la naturaleza, y en
primer lugar al ser humano, fruto del azar o
del determinismo evolutivo, disminuye el
sentido de la responsabilidad en las
conciencias. El creyente reconoce en la
naturaleza el maravilloso resultado de la
intervención creadora de Dios, que el hombre
puede utilizar responsablemente para
satisfacer sus legítimas necesidades
—materiales e inmateriales— respetando el
equilibrio inherente a la creación misma. Si
se desvanece esta visión, se acaba por
considerar la naturaleza como un tabú
intocable o, al contrario, por abusar de
ella. Ambas posturas no son conformes con la
visión cristiana de la naturaleza, fruto de
la creación de Dios.
La naturaleza es expresión de un proyecto
de amor y de verdad. Ella nos precede y
nos ha sido dada por Dios como ámbito de
vida. Nos habla del Creador (cf. Rm
1,20) y de su amor a la humanidad. Está
destinada a encontrar la «plenitud» en
Cristo al final de los tiempos (cf. Ef
1,9-10; Col 1,19-20). También ella,
por tanto, es una «vocación»[115].
La naturaleza está a nuestra disposición no
como un «montón de desechos esparcidos al
azar»,[116]
sino como un don del Creador que ha diseñado
sus estructuras intrínsecas para que el
hombre descubra las orientaciones que se
deben seguir para «guardarla y cultivarla»
(cf. Gn 2,15). Pero se ha de subrayar
que es contrario al verdadero desarrollo
considerar la naturaleza como más importante
que la persona humana misma. Esta postura
conduce a actitudes neopaganas o de nuevo
panteísmo: la salvación del hombre no puede
venir únicamente de la naturaleza, entendida
en sentido puramente naturalista. Por otra
parte, también es necesario refutar la
posición contraria, que mira a su completa
tecnificación, porque el ambiente natural no
es sólo materia disponible a nuestro gusto,
sino obra admirable del Creador y que lleva
en sí una «gramática» que indica finalidad y
criterios para un uso inteligente, no
instrumental y arbitrario. Hoy, muchos
perjuicios al desarrollo provienen en
realidad de estas maneras de pensar
distorsionadas. Reducir completamente la
naturaleza a un conjunto de simples datos
fácticos acaba siendo fuente de violencia
para con el ambiente, provocando además
conductas que no respetan la naturaleza del
hombre mismo. Ésta, en cuanto se compone no
sólo de materia, sino también de espíritu, y
por tanto rica de significados y fines
trascendentes, tiene un carácter normativo
incluso para la cultura. El hombre
interpreta y modela el ambiente natural
mediante la cultura, la cual es orientada a
su vez por la libertad responsable, atenta a
los dictámenes de la ley moral. Por tanto,
los proyectos para un desarrollo humano
integral no pueden ignorar a las
generaciones sucesivas, sino que han de
caracterizarse por la solidaridad y la
justicia intergeneracional, teniendo en
cuenta múltiples aspectos, como el
ecológico, el jurídico, el económico, el
político y el cultural[117].
49. Hoy, las cuestiones relacionadas con el
cuidado y salvaguardia del ambiente han de
tener debidamente en cuenta los problemas
energéticos. En efecto, el acaparamiento
por parte de algunos estados, grupos de
poder y empresas de recursos energéticos no
renovables, es un grave obstáculo para el
desarrollo de los países pobres. Éstos no
tienen medios económicos ni para acceder a
las fuentes energéticas no renovables ya
existentes ni para financiar la búsqueda de
fuentes nuevas y alternativas. La
acumulación de recursos naturales, que en
muchos casos se encuentran precisamente en
países pobres, causa explotación y
conflictos frecuentes entre las naciones y
en su interior. Dichos conflictos se
producen con frecuencia precisamente en el
territorio de esos países, con graves
consecuencias de muertes, destrucción y
mayor degradación aún. La comunidad
internacional tiene el deber imprescindible
de encontrar los modos institucionales para
ordenar el aprovechamiento de los recursos
no renovables, con la participación también
de los países pobres, y planificar así
conjuntamente el futuro.
En este sentido, hay también una urgente
necesidad moral de una renovada solidaridad,
especialmente en las relaciones entre países
en vías de desarrollo y países altamente
industrializados[118].
Las sociedades tecnológicamente avanzadas
pueden y deben disminuir el propio gasto
energético, bien porque las actividades
manufactureras evolucionan, bien porque
entre sus ciudadanos se difunde una mayor
sensibilidad ecológica. Además, se debe
añadir que hoy se puede mejorar la eficacia
energética y al mismo tiempo progresar en la
búsqueda de energías alternativas. Pero es
también necesaria una redistribución
planetaria de los recursos energéticos, de
manera que también los países que no los
tienen puedan acceder a ellos. Su destino no
puede dejarse en manos del primero que llega
o depender de la lógica del más fuerte. Se
trata de problemas relevantes que, para ser
afrontados de manera adecuada, requieren por
parte de todos una responsable toma de
conciencia de las consecuencias que
afectarán a las nuevas generaciones, y sobre
todo a los numerosos jóvenes que viven en
los pueblos pobres, los cuales «reclaman
tener su parte activa en la construcción de
un mundo mejor»[119].
50. Esta responsabilidad es global, porque
no concierne sólo a la energía, sino a toda
la creación, para no dejarla a las nuevas
generaciones empobrecida en sus recursos. Es
lícito que el hombre gobierne
responsablemente la naturaleza para
custodiarla, hacerla productiva y cultivarla
también con métodos nuevos y tecnologías
avanzadas, de modo que pueda acoger y
alimentar dignamente a la población que la
habita. En nuestra tierra hay lugar para
todos: en ella toda la familia humana debe
encontrar los recursos necesarios para vivir
dignamente, con la ayuda de la naturaleza
misma, don de Dios a sus hijos, con el tesón
del propio trabajo y de la propia inventiva.
Pero debemos considerar un deber muy grave
el dejar la tierra a las nuevas generaciones
en un estado en el que puedan habitarla
dignamente y seguir cultivándola. Eso
comporta «el compromiso de decidir juntos
después de haber ponderado responsablemente
la vía a seguir, con el objetivo de
fortalecer esa alianza entre ser humano y
medio ambiente que ha de ser reflejo del
amor creador de Dios, del cual procedemos y
hacia el cual caminamos»[120].
Es de desear que la comunidad internacional
y cada gobierno sepan contrarrestar
eficazmente los modos de utilizar el
ambiente que le sean nocivos. Y también las
autoridades competentes han de hacer los
esfuerzos necesarios para que los costes
económicos y sociales que se derivan del uso
de los recursos ambientales comunes se
reconozcan de manera transparente y sean
sufragados totalmente por aquellos que se
benefician, y no por otros o por las futuras
generaciones. La protección del entorno, de
los recursos y del clima requiere que todos
los responsables internacionales actúen
conjuntamente y demuestren prontitud para
obrar de buena fe, en el respeto de la ley y
la solidaridad con las regiones más débiles
del planeta[121].
Una de las mayores tareas de la economía es
precisamente el uso más eficaz de los
recursos, no el abuso, teniendo siempre
presente que el concepto de eficiencia no es
axiológicamente neutral.
51. El modo en que el hombre trata el
ambiente influye en la manera en que se
trata a sí mismo, y viceversa. Esto
exige que la sociedad actual revise
seriamente su estilo de vida que, en muchas
partes del mundo, tiende al hedonismo y al
consumismo, despreocupándose de los daños
que de ello se derivan[122].
Es necesario un cambio efectivo de
mentalidad que nos lleve a adoptar nuevos
estilos de vida, «a tenor de los
cuales la búsqueda de la verdad, de la
belleza y del bien, así como la comunión con
los demás hombres para un crecimiento común
sean los elementos que determinen las
opciones del consumo, de los ahorros y de
las inversiones»[123].
Cualquier menoscabo de la solidaridad y del
civismo produce daños ambientales, así como
la degradación ambiental, a su vez, provoca
insatisfacción en las relaciones sociales.
La naturaleza, especialmente en nuestra
época, está tan integrada en la dinámica
social y culturales que prácticamente ya no
constituye una variable independiente. La
desertización y el empobrecimiento
productivo de algunas áreas agrícolas son
también fruto del empobrecimiento de sus
habitantes y de su atraso. Cuando se
promueve el desarrollo económico y cultural
de estas poblaciones, se tutela también la
naturaleza. Además, muchos recursos
naturales quedan devastados con las guerras.
La paz de los pueblos y entre los pueblos
permitiría también una mayor salvaguardia de
la naturaleza. El acaparamiento de los
recursos, especialmente del agua, puede
provocar graves conflictos entre las
poblaciones afectadas. Un acuerdo pacífico
sobre el uso de los recursos puede
salvaguardar la naturaleza y, al mismo
tiempo, el bienestar de las sociedades
interesadas.
La Iglesia tiene una responsabilidad
respecto a la creación y la debe hacer
valer en público. Y, al hacerlo, no sólo
debe defender la tierra, el agua y el aire
como dones de la creación que pertenecen a
todos. Debe proteger sobre todo al hombre
contra la destrucción de sí mismo. Es
necesario que exista una especie de ecología
del hombre bien entendida. En efecto, la
degradación de la naturaleza está
estrechamente unida a la cultura que modela
la convivencia humana: cuando se respeta
la «ecología humana»[124]
en la sociedad, también la ecología
ambiental se beneficia. Así como las
virtudes humanas están interrelacionadas, de
modo que el debilitamiento de una pone en
peligro también a las otras, así también el
sistema ecológico se apoya en un proyecto
que abarca tanto la sana convivencia social
como la buena relación con la naturaleza.
Para salvaguardar la naturaleza no basta
intervenir con incentivos o desincentivos
económicos, y ni siquiera basta con una
instrucción adecuada. Éstos son instrumentos
importantes, pero el problema decisivo es
la capacidad moral global de la sociedad.
Si no se respeta el derecho a la vida y a la
muerte natural, si se hace artificial la
concepción, la gestación y el nacimiento del
hombre, si se sacrifican embriones humanos a
la investigación, la conciencia común acaba
perdiendo el concepto de ecología humana y
con ello de la ecología ambiental. Es una
contradicción pedir a las nuevas
generaciones el respeto al ambiente natural,
cuando la educación y las leyes no las
ayudan a respetarse a sí mismas. El libro de
la naturaleza es uno e indivisible, tanto en
lo que concierne a la vida, la sexualidad,
el matrimonio, la familia, las relaciones
sociales, en una palabra, el desarrollo
humano integral. Los deberes que tenemos con
el ambiente están relacionados con los que
tenemos para con la persona considerada en
sí misma y en su relación con los otros. No
se pueden exigir unos y conculcar otros. Es
una grave antinomia de la mentalidad y de la
praxis actual, que envilece a la persona,
trastorna el ambiente y daña a la sociedad.
52. La verdad, y el amor que ella desvela,
no se pueden producir, sólo se pueden
acoger. Su última fuente no es, ni puede
ser, el hombre, sino Dios, o sea Aquel que
es Verdad y Amor. Este principio es muy
importante para la sociedad y para el
desarrollo, en cuanto que ni la Verdad ni el
Amor pueden ser sólo productos humanos; la
vocación misma al desarrollo de las personas
y de los pueblos no se fundamenta en una
simple deliberación humana, sino que está
inscrita en un plano que nos precede y que
para todos nosotros es un deber que ha de
ser acogido libremente. Lo que nos precede y
constituye —el Amor y la Verdad
subsistentes— nos indica qué es el bien y en
qué consiste nuestra felicidad. Nos
señala así el camino hacia el verdadero
desarrollo.
|
|
CAPÍTULO QUINTO
LA COLABORACIÓN
DE LA FAMILIA HUMANA
53. Una de las pobrezas más hondas que el
hombre puede experimentar es la soledad.
Ciertamente, también las otras pobrezas,
incluidas las materiales, nacen del
aislamiento, del no ser amados o de la
dificultad de amar. Con frecuencia, son
provocadas por el rechazo del amor de Dios,
por una tragedia original de cerrazón del
hombre en sí mismo, pensando ser
autosuficiente, o bien un mero hecho
insignificante y pasajero, un «extranjero»
en un universo que se ha formado por
casualidad. El hombre está alienado cuando
vive solo o se aleja de la realidad, cuando
renuncia a pensar y creer en un Fundamento[125].
Toda la humanidad está alienada cuando se
entrega a proyectos exclusivamente humanos,
a ideologías y utopías falsas[126].
Hoy la humanidad aparece mucho más
interactiva que antes: esa mayor vecindad
debe transformarse en verdadera comunión.
El desarrollo de los pueblos depende sobre
todo de que se reconozcan como parte de una
sola familia, que colabora con verdadera
comunión y está integrada por seres que no
viven simplemente uno junto al otro[127].
Pablo VI señalaba que «el mundo se encuentra
en un lamentable vacío de ideas»[128].
La afirmación contiene una constatación,
pero sobre todo una aspiración: es preciso
un nuevo impulso del pensamiento para
comprender mejor lo que implica ser una
familia; la interacción entre los pueblos
del planeta nos urge a dar ese impulso, para
que la integración se desarrolle bajo el
signo de la solidaridad[129]
en vez del de la marginación. Dicho
pensamiento obliga a una profundización
crítica y valorativa de la categoría de la
relación. Es un compromiso que no puede
llevarse a cabo sólo con las ciencias
sociales, dado que requiere la aportación de
saberes como la metafísica y la teología,
para captar con claridad la dignidad
trascendente del hombre.
La criatura humana, en cuanto de naturaleza
espiritual, se realiza en las relaciones
interpersonales. Cuanto más las vive de
manera auténtica, tanto más madura también
en la propia identidad personal. El hombre
se valoriza no aislándose sino poniéndose en
relación con los otros y con Dios. Por
tanto, la importancia de dichas relaciones
es fundamental. Esto vale también para los
pueblos. Consiguientemente, resulta muy útil
para su desarrollo una visión metafísica de
la relación entre las personas. A este
respecto, la razón encuentra inspiración y
orientación en la revelación cristiana,
según la cual la comunidad de los hombres no
absorbe en sí a la persona anulando su
autonomía, como ocurre en las diversas
formas del totalitarismo, sino que la
valoriza más aún porque la relación entre
persona y comunidad es la de un todo hacia
otro todo[130].
De la misma manera que la comunidad familiar
no anula en su seno a las personas que la
componen, y la Iglesia misma valora
plenamente la «criatura nueva» (Ga
6,15; 2 Co 5,17), que por el bautismo
se inserta en su Cuerpo vivo, así también la
unidad de la familia humana no anula de por
sí a las personas, los pueblos o las
culturas, sino que los hace más
transparentes los unos con los otros, más
unidos en su legítima diversidad.
54. El tema del desarrollo coincide con el
de la inclusión relacional de todas las
personas y de todos los pueblos en la única
comunidad de la familia humana, que se
construye en la solidaridad sobre la base de
los valores fundamentales de la justicia y
la paz. Esta perspectiva se ve iluminada de
manera decisiva por la relación entre las
Personas de la Trinidad en la única
Sustancia divina. La Trinidad es absoluta
unidad, en cuanto las tres Personas divinas
son relacionalidad pura. La transparencia
recíproca entre las Personas divinas es
plena y el vínculo de una con otra total,
porque constituyen una absoluta unidad y
unicidad. Dios nos quiere también asociar a
esa realidad de comunión: «para que sean
uno, como nosotros somos uno» (Jn
17,22). La Iglesia es signo e instrumento de
esta unidad[131].
También las relaciones entre los hombres a
lo largo de la historia se han beneficiado
de la referencia a este Modelo divino. En
particular, a la luz del misterio
revelado de la Trinidad, se comprende
que la verdadera apertura no significa
dispersión centrífuga, sino compenetración
profunda. Esto se manifiesta también en las
experiencias humanas comunes del amor y de
la verdad. Como el amor sacramental une a
los esposos espiritualmente en «una sola
carne» (Gn 2,24; Mt 19,5;
Ef 5,31), y de dos que eran hace de
ellos una unidad relacional y real, de
manera análoga la verdad une los espíritus
entre sí y los hace pensar al unísono,
atrayéndolos y uniéndolos en ella.
55. La revelación cristiana sobre la unidad
del género humano presupone una
interpretación metafísica del humanum,
en la que la relacionalidad es elemento
esencial. También otras culturas y otras
religiones enseñan la fraternidad y la paz
y, por tanto, son de gran importancia para
el desarrollo humano integral. Sin embargo,
no faltan actitudes religiosas y culturales
en las que no se asume plenamente el
principio del amor y de la verdad,
terminando así por frenar el verdadero
desarrollo humano e incluso por impedirlo.
El mundo de hoy está siendo atravesado por
algunas culturas de trasfondo religioso, que
no llevan al hombre a la comunión, sino que
lo aíslan en la búsqueda del bienestar
individual, limitándose a gratificar las
expectativas psicológicas. También una
cierta proliferación de itinerarios
religiosos de pequeños grupos, e incluso de
personas individuales, así como el
sincretismo religioso, pueden ser factores
de dispersión y de falta de compromiso. Un
posible efecto negativo del proceso de
globalización es la tendencia a favorecer
dicho sincretismo[132],
alimentando formas de «religión» que alejan
a las personas unas de otras, en vez de
hacer que se encuentren, y las apartan de la
realidad. Al mismo tiempo, persisten a veces
parcelas culturales y religiosas que
encasillan la sociedad en castas sociales
estáticas, en creencias mágicas que no
respetan la dignidad de la persona, en
actitudes de sumisión a fuerzas ocultas. En
esos contextos, el amor y la verdad
encuentran dificultad para afianzarse,
perjudicando el auténtico desarrollo.
Por este motivo, aunque es verdad que, por
un lado, el desarrollo necesita de las
religiones y de las culturas de los diversos
pueblos, por otro lado, sigue siendo verdad
también que es necesario un adecuado
discernimiento. La libertad religiosa no
significa indiferentismo religioso y no
comporta que todas las religiones sean
iguales[133].
El discernimiento sobre la contribución de
las culturas y de las religiones es
necesario para la construcción de la
comunidad social en el respeto del bien
común, sobre todo para quien ejerce el poder
político. Dicho discernimiento deberá
basarse en el criterio de la caridad y de la
verdad. Puesto que está en juego el
desarrollo de las personas y de los pueblos,
tendrá en cuenta la posibilidad de
emancipación y de inclusión en la óptica de
una comunidad humana verdaderamente
universal. El criterio para evaluar las
culturas y las religiones es también «todo
el hombre y todos los hombres». El
cristianismo, religión del «Dios que tiene
un rostro humano»[134],
lleva en sí mismo un criterio similar.
56. La religión cristiana y las otras
religiones pueden contribuir al desarrollo
solamente si Dios tiene un lugar en la
esfera pública, con específica
referencia a la dimensión cultural, social,
económica y, en particular, política. La
doctrina social de la Iglesia ha nacido para
reivindicar esa «carta de ciudadanía»[135]
de la religión cristiana. La negación del
derecho a profesar públicamente la propia
religión y a trabajar para que las verdades
de la fe inspiren también la vida pública,
tiene consecuencias negativas sobre el
verdadero desarrollo. La exclusión de la
religión del ámbito público, así como, el
fundamentalismo religioso por otro lado,
impiden el encuentro entre las personas y su
colaboración para el progreso de la
humanidad. La vida pública se empobrece de
motivaciones y la política adquiere un
aspecto opresor y agresivo. Se corre el
riesgo de que no se respeten los derechos
humanos, bien porque se les priva de su
fundamento trascendente, bien porque no se
reconoce la libertad personal. En el
laicismo y en el fundamentalismo se pierde
la posibilidad de un diálogo fecundo y de
una provechosa colaboración entre la razón y
la fe religiosa. La razón necesita
siempre ser purificada por la fe, y esto
vale también para la razón política, que no
debe creerse omnipotente. A su vez, la
religión tiene siempre necesidad de ser
purificada por la razón para mostrar su
auténtico rostro humano. La ruptura de este
diálogo comporta un coste muy gravoso para
el desarrollo de la humanidad.
57. El diálogo fecundo entre fe y razón hace
más eficaz el ejercicio de la caridad en el
ámbito social y es el marco más apropiado
para promover la colaboración fraterna
entre creyentes y no creyentes, en la
perspectiva compartida de trabajar por la
justicia y la paz de la humanidad. Los
Padres conciliares afirmaban en la
Constitución pastoral
Gaudium et spes: «Según la opinión
casi unánime de creyentes y no creyentes,
todo lo que existe en la tierra debe
ordenarse al hombre como su centro y su
culminación»[136].
Para los creyentes, el mundo no es fruto de
la casualidad ni de la necesidad, sino de un
proyecto de Dios. De ahí nace el deber de
los creyentes de aunar sus esfuerzos con
todos los hombres y mujeres de buena
voluntad de otras religiones, o no
creyentes, para que nuestro mundo responda
efectivamente al proyecto divino: vivir como
una familia, bajo la mirada del Creador. Sin
duda, el principio de subsidiaridad[137],
expresión de la inalienable libertad humana.
La subsidiaridad es ante todo una ayuda a la
persona, a través de la autonomía de los
cuerpos intermedios. Dicha ayuda se ofrece
cuando la persona y los sujetos sociales no
son capaces de valerse por sí mismos,
implicando siempre una finalidad
emancipadora, porque favorece la libertad y
la participación a la hora de asumir
responsabilidades. La subsidiaridad respeta
la dignidad de la persona, en la que ve un
sujeto siempre capaz de dar algo a los
otros. La subsidiaridad, al reconocer que la
reciprocidad forma parte de la constitución
íntima del ser humano, es el antídoto más
eficaz contra cualquier forma de
asistencialismo paternalista. Ella puede dar
razón tanto de la múltiple articulación de
los niveles y, por ello, de la pluralidad de
los sujetos, como de su coordinación. Por
tanto, es un principio particularmente
adecuado para gobernar la globalización y
orientarla hacia un verdadero desarrollo
humano. Para no abrir la puerta a un
peligroso poder universal de tipo
monocrático, el gobierno de la
globalización debe ser de tipo subsidiario,
articulado en múltiples niveles y planos
diversos, que colaboren recíprocamente. La
globalización necesita ciertamente una
autoridad, en cuanto plantea el problema de
la consecución de un bien común global; sin
embargo, dicha autoridad deberá estar
organizada de modo subsidiario y con
división de poderes[138],
tanto para no herir la libertad como para
resultar concretamente eficaz.
58. El principio de subsidiaridad debe
mantenerse íntimamente unido al principio de
la solidaridad y viceversa, porque así
como la subsidiaridad sin la solidaridad
desemboca en el particularismo social,
también es cierto que la solidaridad sin la
subsidiaridad acabaría en el asistencialismo
que humilla al necesitado. Esta regla de
carácter general se ha de tener muy en
cuenta incluso cuando se afrontan los temas
sobre las ayudas internacionales al
desarrollo. Éstas, por encima de las
intenciones de los donantes, pueden mantener
a veces a un pueblo en un estado de
dependencia, e incluso favorecer situaciones
de dominio local y de explotación en el país
que las recibe. Las ayudas económicas, para
que lo sean de verdad, no deben perseguir
otros fines. Han de ser concedidas
implicando no sólo a los gobiernos de los
países interesados, sino también a los
agentes económicos locales y a los agentes
culturales de la sociedad civil, incluidas
las Iglesias locales. Los programas de ayuda
han de adaptarse cada vez más a la forma de
los programas integrados y compartidos desde
la base. En efecto, sigue siendo verdad que
el recurso humano es más valioso de los
países en vías de desarrollo: éste es el
auténtico capital que se ha de potenciar
para asegurar a los países más pobres un
futuro verdaderamente autónomo. Conviene
recordar también que, en el campo económico,
la ayuda principal que necesitan los países
en vías de desarrollo es permitir y
favorecer cada vez más el ingreso de sus
productos en los mercados internacionales,
posibilitando así su plena participación en
la vida económica internacional. En el
pasado, las ayudas han servido con demasiada
frecuencia sólo para crear mercados
marginales de los productos de esos países.
Esto se debe muchas veces a una falta de
verdadera demanda de estos productos: por
tanto, es necesario ayudar a esos países a
mejorar sus productos y a adaptarlos mejor a
la demanda. Además, algunos han temido con
frecuencia la competencia de las
importaciones de productos, normalmente
agrícolas, provenientes de los países
económicamente pobres. Sin embargo, se ha de
recordar que la posibilidad de comercializar
dichos productos significa a menudo
garantizar su supervivencia a corto o largo
plazo. Un comercio internacional justo y
equilibrado en el campo agrícola puede
reportar beneficios a todos, tanto en la
oferta como en la demanda. Por este motivo,
no sólo es necesario orientar comercialmente
esos productos, sino establecer reglas
comerciales internacionales que los
sostengan, y reforzar la financiación del
desarrollo para hacer más productivas esas
economías.
59. La cooperación para el desarrollo
no debe contemplar solamente la dimensión
económica; ha de ser una gran ocasión
para el encuentro cultural y humano. Si
los sujetos de la cooperación de los países
económicamente desarrollados, como a veces
sucede, no tienen en cuenta la identidad
cultural propia y ajena, con sus valores
humanos, no podrán entablar diálogo alguno
con los ciudadanos de los países pobres. Si
éstos, a su vez, se abren con indiferencia y
sin discernimiento a cualquier propuesta
cultural, no estarán en condiciones de
asumir la responsabilidad de su auténtico
desarrollo[139].
Las sociedades tecnológicamente avanzadas no
deben confundir el propio desarrollo
tecnológico con una presunta superioridad
cultural, sino que deben redescubrir en sí
mismas virtudes a veces olvidadas, que las
han hecho florecer a lo largo de su
historia. Las sociedades en crecimiento
deben permanecer fieles a lo que hay de
verdaderamente humano en sus tradiciones,
evitando que superpongan automáticamente a
ellas las formas de la civilización
tecnológica globalizada. En todas las
culturas se dan singulares y múltiples
convergencias éticas, expresiones de una
misma naturaleza humana, querida por el
Creador, y que la sabiduría ética de la
humanidad llama ley natural[140].
Dicha ley moral universal es fundamento
sólido de todo diálogo cultural, religioso y
político, ayudando al pluralismo multiforme
de las diversas culturas a que no se alejen
de la búsqueda común de la verdad, del bien
y de Dios. Por tanto, la adhesión a esa ley
escrita en los corazones es la base de toda
colaboración social constructiva. En todas
las culturas hay costras que limpiar y
sombras que despejar. La fe cristiana, que
se encarna en las culturas trascendiéndolas,
puede ayudarlas a crecer en la convivencia y
en la solidaridad universal, en beneficio
del desarrollo comunitario y planetario.
60. En la búsqueda de soluciones para la
crisis económica actual, la ayuda al
desarrollo de los países pobres debe
considerarse un verdadero instrumento de
creación de riqueza para todos. ¿Qué
proyecto de ayuda puede prometer un
crecimiento de tan significativo valor
—incluso para la economía mundial— como la
ayuda a poblaciones que se encuentran
todavía en una fase inicial o poco avanzada
de su proceso de desarrollo económico? En
esta perspectiva, los estados económicamente
más desarrollados harán lo posible por
destinar mayores porcentajes de su producto
interior bruto para ayudas al desarrollo,
respetando los compromisos que se han tomado
sobre este punto en el ámbito de la
comunidad internacional. Lo podrán hacer
también revisando sus políticas internas de
asistencia y de solidaridad social,
aplicando a ellas el principio de
subsidiaridad y creando sistemas de
seguridad social más integrados, con la
participación activa de las personas y de la
sociedad civil. De esta manera, es posible
también mejorar los servicios sociales y
asistenciales y, al mismo tiempo, ahorrar
recursos, eliminando derroches y rentas
abusivas, para destinarlos a la solidaridad
internacional. Un sistema de solidaridad
social más participativo y orgánico, menos
burocratizado pero no por ello menos
coordinado, podría revitalizar muchas
energías hoy adormecidas en favor también de
la solidaridad entre los pueblos.
Una posibilidad de ayuda para el desarrollo
podría venir de la aplicación eficaz de la
llamada subsidiaridad fiscal, que permitiría
a los ciudadanos decidir sobre el destino de
los porcentajes de los impuestos que pagan
al Estado. Esto puede ayudar, evitando
degeneraciones particularistas, a fomentar
formas de solidaridad social desde la base,
con obvios beneficios también desde el punto
de vista de la solidaridad para el
desarrollo.
61. Una solidaridad más amplia a nivel
internacional se manifiesta ante todo en
seguir promoviendo, también en condiciones
de crisis económica, un mayor acceso a la
educación que, por otro lado, es una
condición esencial para la eficacia de la
cooperación internacional misma. Con el
término «educación» no nos referimos sólo a
la instrucción o a la formación para el
trabajo, que son dos causas importantes para
el desarrollo, sino a la formación completa
de la persona. A este respecto, se ha de
subrayar un aspecto problemático: para
educar es preciso saber quién es la persona
humana, conocer su naturaleza. Al afianzarse
una visión relativista de dicha naturaleza
plantea serios problemas a la educación,
sobre todo a la educación moral,
comprometiendo su difusión universal.
Cediendo a este relativismo, todos se
empobrecen más, con consecuencias negativas
también para la eficacia de la ayuda a las
poblaciones más necesitadas, a las que no
faltan sólo recursos económicos o técnicos,
sino también modos y medios pedagógicos que
ayuden a las personas a lograr su plena
realización humana.
Un ejemplo de la importancia de este
problema lo tenemos en el fenómeno del
turismo internacional[141],
que puede ser un notable factor de
desarrollo económico y crecimiento cultural,
pero que en ocasiones puede transformarse en
una forma de explotación y degradación
moral. La situación actual ofrece
oportunidades singulares para que los
aspectos económicos del desarrollo, es
decir, los flujos de dinero y la aparición
de experiencias empresariales locales
significativas, se combinen con los
culturales, y en primer lugar el educativo.
En muchos casos es así, pero en muchos otros
el turismo internacional es una experiencia
deseducativa, tanto para el turista como
para las poblaciones locales. Con
frecuencia, éstas se encuentran con
conductas inmorales, y hasta perversas, como
en el caso del llamado turismo sexual, al
que se sacrifican tantos seres humanos,
incluso de tierna edad. Es doloroso
constatar que esto ocurre muchas veces con
el respaldo de gobiernos locales, con el
silencio de aquellos otros de donde proceden
los turistas y con la complicidad de tantos
operadores del sector. Aún sin llegar a ese
extremo, el turismo internacional se plantea
con frecuencia de manera consumista y
hedonista, como una evasión y con modos de
organización típicos de los países de
origen, de forma que no se favorece un
verdadero encuentro entre personas y
culturas. Hay que pensar, pues, en un
turismo distinto, capaz de promover un
verdadero conocimiento recíproco, que nada
quite al descanso y a la sana diversión: hay
que fomentar un turismo así, también a
través de una relación más estrecha con las
experiencias de cooperación internacional y
de iniciativas empresariales para el
desarrollo.
62. Otro aspecto digno de atención, hablando
del desarrollo humano integral, es el
fenómeno de las migraciones.
Es un fenómeno que impresiona por sus
grandes dimensiones, por los problemas
sociales, económicos, políticos, culturales
y religiosos que suscita, y por los
dramáticos desafíos que plantea a las
comunidades nacionales y a la comunidad
internacional. Podemos decir que estamos
ante un fenómeno social de que marca época,
que requiere una fuerte y clarividente
política de cooperación internacional para
afrontarlo debidamente. Esta política hay
que desarrollarla partiendo de una estrecha
colaboración entre los países de procedencia
y de destino de los emigrantes; ha de ir
acompañada de adecuadas normativas
internacionales capaces de armonizar los
diversos ordenamientos legislativos, con
vistas a salvaguardar las exigencias y los
derechos de las personas y de las familias
emigrantes, así como las de las sociedades
de destino. Ningún país por sí solo puede
ser capaz de hacer frente a los problemas
migratorios actuales. Todos podemos ver el
sufrimiento, el disgusto y las aspiraciones
que conllevan los flujos migratorios. Como
es sabido, es un fenómeno complejo de
gestionar; sin embargo, está comprobado que
los trabajadores extranjeros, no obstante
las dificultades inherentes a su
integración, contribuyen de manera
significativa con su trabajo al desarrollo
económico del país que los acoge, así como a
su país de origen a través de las remesas de
dinero. Obviamente, estos trabajadores no
pueden ser considerados como una mercancía o
una mera fuerza laboral. Por tanto no deben
ser tratados como cualquier otro factor de
producción. Todo emigrante es una persona
humana que, en cuanto tal, posee derechos
fundamentales inalienables que han de ser
respetados por todos y en cualquier
situación[142].
63. Al considerar los problemas del
desarrollo, se ha de resaltar relación entre
pobreza y desocupación. Los pobres
son en muchos casos el resultado de la
violación de la dignidad del trabajo humano,
bien porque se limitan sus posibilidades
(desocupación, subocupación), bien porque se
devalúan «los derechos que fluyen del mismo,
especialmente el derecho al justo salario, a
la seguridad de la persona del trabajador y
de su familia»[143].
Por esto, ya el 1 de mayo de 2000, mi
predecesor Juan Pablo II, de venerada
memoria, con ocasión del Jubileo de los
Trabajadores, lanzó un llamamiento para «una
coalición mundial a favor del trabajo
decente»[144],
alentando la estrategia de la Organización
Internacional del Trabajo. De esta manera,
daba un fuerte apoyo moral a este objetivo,
como aspiración de las familias en todos los
países del mundo. Pero ¿qué significa la
palabra «decencia» aplicada al trabajo?
Significa un trabajo que, en cualquier
sociedad, sea expresión de la dignidad
esencial de todo hombre o mujer: un trabajo
libremente elegido, que asocie efectivamente
a los trabajadores, hombres y mujeres, al
desarrollo de su comunidad; un trabajo que,
de este modo, haga que los trabajadores sean
respetados, evitando toda discriminación; un
trabajo que permita satisfacer las
necesidades de las familias y escolarizar a
los hijos sin que se vean obligados a
trabajar; un trabajo que consienta a los
trabajadores organizarse libremente y hacer
oír su voz; un trabajo que deje espacio para
reencontrarse adecuadamente con las propias
raíces en el ámbito personal, familiar y
espiritual; un trabajo que asegure una
condición digna a los trabajadores que
llegan a la jubilación.
64. En la reflexión sobre el tema del
trabajo, es oportuno hacer un llamamiento a
las organizaciones sindicales de los
trabajadores, desde siempre alentadas y
sostenidas por la Iglesia, ante la urgente
exigencia de abrirse a las nuevas
perspectivas que surgen en el ámbito
laboral. Las organizaciones sindicales están
llamadas a hacerse cargo de los nuevos
problemas de nuestra sociedad, superando las
limitaciones propias de los sindicatos de
clase. Me refiero, por ejemplo, a ese
conjunto de cuestiones que los estudiosos de
las ciencias sociales señalan en el
conflicto entre persona-trabajadora y
persona-consumidora. Sin que sea necesario
adoptar la tesis de que se ha efectuado un
desplazamiento de la centralidad del
trabajador a la centralidad del consumidor,
parece en cualquier caso que éste es también
un terreno para experiencias sindicales
innovadoras. El contexto global en el que se
desarrolla el trabajo requiere igualmente
que las organizaciones sindicales
nacionales, ceñidas sobre todo a la defensa
de los intereses de sus afiliados, vuelvan
su mirada también hacia los no afiliados y,
en particular, hacia los trabajadores de los
países en vía de desarrollo, donde tantas
veces se violan los derechos sociales. La
defensa de estos trabajadores, promovida
también mediante iniciativas apropiadas en
favor de los países de origen, permitirá a
las organizaciones sindicales poner de
relieve las auténticas razones éticas y
culturales que las han consentido ser, en
contextos sociales y laborales diversos, un
factor decisivo para el desarrollo. Sigue
siendo válida la tradicional enseñanza de la
Iglesia, que propone la distinción de
papeles y funciones entre sindicato y
política. Esta distinción permitirá a las
organizaciones sindicales encontrar en la
sociedad civil el ámbito más adecuado
para su necesaria actuación en defensa y
promoción del mundo del trabajo, sobre todo
en favor de los trabajadores explotados y no
representados, cuya amarga condición pasa
desapercibida tantas veces ante los ojos
distraídos de la sociedad.
65. Además, se requiere que las finanzas
mismas, que han de renovar necesariamente
sus estructuras y modos de funcionamiento
tras su mala utilización, que ha dañado la
economía real, vuelvan a ser un
instrumento encaminado a producir mejor
riqueza y desarrollo. Toda la economía y
todas las finanzas, y no sólo algunos de sus
sectores, en cuanto instrumentos, deben ser
utilizados de manera ética para crear las
condiciones adecuadas para el desarrollo del
hombre y de los pueblos. Es ciertamente
útil, y en algunas circunstancias
indispensable, promover iniciativas
financieras en las que predomine la
dimensión humanitaria. Sin embargo, esto no
debe hacernos olvidar que todo el sistema
financiero ha de tener como meta el
sostenimiento de un verdadero desarrollo.
Sobre todo, es preciso que el intento de
hacer el bien no se contraponga al de la
capacidad efectiva de producir bienes. Los
agentes financieros han de redescubrir el
fundamento ético de su actividad para no
abusar de aquellos instrumentos sofisticados
con los que se podría traicionar a los
ahorradores. Recta intención, transparencia
y búsqueda de los buenos resultados son
compatibles y nunca se deben separar. Si el
amor es inteligente, sabe encontrar también
los modos de actuar según una conveniencia
previsible y justa, como muestran de manera
significativa muchas experiencias en el
campo del crédito cooperativo.
Tanto una regulación del sector capaz de
salvaguardar a los sujetos más débiles e
impedir escandalosas especulaciones, cuanto
la experimentación de nuevas formas de
finanzas destinadas a favorecer proyectos de
desarrollo, son experiencias positivas que
se han de profundizar y alentar, reclamando
la propia responsabilidad del ahorrador.
También la experiencia de la
microfinanciación, que hunde sus raíces
en la reflexión y en la actuación de los
humanistas civiles —pienso sobre todo en el
origen de los Montes de Piedad—, ha de ser
reforzada y actualizada, sobre todo en los
momentos en que los problemas financieros
pueden resultar dramáticos para los sectores
más vulnerables de la población, que deben
ser protegidos de la amenaza de la usura y
la desesperación. Los más débiles deben ser
educados para defenderse de la usura, así
como los pueblos pobres han de ser educados
para beneficiarse realmente del microcrédito,
frenando de este modo posibles formas de
explotación en estos dos campos. Puesto que
también en los países ricos se dan nuevas
formas de pobreza, la microfinanciación
puede ofrecer ayudas concretas para crear
iniciativas y sectores nuevos que favorezcan
a las capas más débiles de la sociedad,
también ante una posible fase de
empobrecimiento de la sociedad.
66. La interrelación mundial ha hecho surgir
un nuevo poder político, el de los
consumidores y sus asociaciones. Es un
fenómeno en el que se debe profundizar, pues
contiene elementos positivos que hay que
fomentar, como también excesos que se han de
evitar. Es bueno que las personas se den
cuenta de que comprar es siempre un acto
moral, y no sólo económico. El consumidor
tiene una responsabilidad social
específica, que se añade a la
responsabilidad social de la empresa. Los
consumidores deben ser constantemente
educados[145]
para el papel que ejercen diariamente y que
pueden desempeñar respetando los principios
morales, sin que disminuya la racionalidad
económica intrínseca en el acto de comprar.
También en el campo de las compras,
precisamente en momentos como los que se
están viviendo, en los que el poder
adquisitivo puede verse reducido y se deberá
consumir con mayor sobriedad, es necesario
abrir otras vías como, por ejemplo, formas
de cooperación para las adquisiciones, como
ocurre con las cooperativas de consumo, que
existen desde el s. XIX, gracias también a
la iniciativa de los católicos. Además, es
conveniente favorecer formas nuevas de
comercialización de productos provenientes
de áreas deprimidas del planeta para
garantizar una retribución decente a los
productores, a condición de que se trate de
un mercado transparente, que los productores
reciban no sólo mayores márgenes de ganancia
sino también mayor formación,
profesionalidad y tecnología y, finalmente,
que dichas experiencias de economía para el
desarrollo no estén condicionadas por
visiones ideológicas partidistas. Es de
desear un papel más incisivo de los
consumidores como factor de democracia
económica, siempre que ellos mismos no estén
manipulados por asociaciones escasamente
representativas.
67. Ente el imparable aumento de la
interdependencia mundial, y también en
presencia de una recesión de alcance global,
se siente mucho la urgencia de la reforma
tanto de la Organización de las Naciones
Unidas como de la arquitectura
económica y financiera internacional,
para que se dé una concreción real al
concepto de familia de naciones. Y se siente
la urgencia de encontrar formas innovadoras
para poner en práctica el principio de la
responsabilidad de proteger[146]
y dar también una voz eficaz en las
decisiones comunes a las naciones más
pobres. Esto aparece necesario precisamente
con vistas a un ordenamiento político,
jurídico y económico que incremente y
oriente la colaboración internacional hacia
el desarrollo solidario de todos los
pueblos. Para gobernar la economía mundial,
para sanear las economías afectadas por la
crisis, para prevenir su empeoramiento y
mayores desequilibrios consiguientes, para
lograr un oportuno desarme integral, la
seguridad alimenticia y la paz, para
garantizar la salvaguardia del ambiente y
regular los flujos migratorios, urge la
presencia de una verdadera Autoridad
política mundial, como fue ya esbozada
por mi Predecesor, el Beato Juan XXIII. Esta
Autoridad deberá estar regulada por el
derecho, atenerse de manera concreta a los
principios de subsidiaridad y de
solidaridad, estar ordenada a la realización
del bien común[147],
comprometerse en la realización de un
auténtico desarrollo humano integral
inspirado en los valores de la caridad en la
verdad. Dicha Autoridad, además, deberá
estar reconocida por todos, gozar de poder
efectivo para garantizar a cada uno la
seguridad, el cumplimiento de la justicia y
el respeto de los derechos[148].
Obviamente, debe tener la facultad de hacer
respetar sus propias decisiones a las
diversas partes, así como las medidas de
coordinación adoptadas en los diferentes
foros internacionales. En efecto, cuando
esto falta, el derecho internacional, no
obstante los grandes progresos alcanzados en
los diversos campos, correría el riesgo de
estar condicionado por los equilibrios de
poder entre los más fuertes. El desarrollo
integral de los pueblos y la colaboración
internacional exigen el establecimiento de
un grado superior de ordenamiento
internacional de tipo subsidiario para el
gobierno de la globalización[149],
que se lleve a cabo finalmente un orden
social conforme al orden moral, así como esa
relación entre esfera moral y social, entre
política y mundo económico y civil, ya
previsto en el Estatuto de las Naciones
Unidas. |
|
CAPÍTULO SEXTO
EL DESARROLLO DE
LOS PUEBLOS
Y LA TÉCNICA
68. El tema del desarrollo de los pueblos
está íntimamente unido al del desarrollo de
cada hombre. La persona humana tiende por
naturaleza a su propio desarrollo. Éste no
está garantizado por una serie de mecanismos
naturales, sino que cada uno de nosotros es
consciente de su capacidad de decidir libre
y responsablemente. Tampoco se trata de un
desarrollo a merced de nuestro capricho, ya
que todos sabemos que somos un don y no el
resultado de una autogeneración. Nuestra
libertad está originariamente caracterizada
por nuestro ser, con sus propias
limitaciones. Ninguno da forma a la propia
conciencia de manera arbitraria, sino que
todos construyen su propio «yo» sobre
la base de un «sí mismo» que nos ha
sido dado. No sólo las demás personas se nos
presentan como no disponibles, sino también
nosotros para nosotros mismos. El
desarrollo de la persona se degrada cuando
ésta pretende ser la única creadora de sí
misma. De modo análogo, también el
desarrollo de los pueblos se degrada cuando
la humanidad piensa que puede recrearse
utilizando los «prodigios» de la tecnología.
Lo mismo ocurre con el desarrollo económico,
que se manifiesta ficticio y dañino cuando
se apoya en los «prodigios» de las finanzas
para sostener un crecimiento antinatural y
consumista. Ante esta pretensión prometeica,
hemos de fortalecer el aprecio por una
libertad no arbitraria, sino verdaderamente
humanizada por el reconocimiento del bien
que la precede. Para alcanzar este objetivo,
es necesario que el hombre entre en sí mismo
para descubrir las normas fundamentales de
la ley moral natural que Dios ha inscrito en
su corazón.
69. El problema del desarrollo en la
actualidad está estrechamente unido al
progreso tecnológico y a sus
aplicaciones deslumbrantes en campo
biológico. La técnica — conviene subrayarlo
— es un hecho profundamente humano,
vinculado a la autonomía y libertad del
hombre. En la técnica se manifiesta y
confirma el dominio del espíritu sobre la
materia. «Siendo éste [el espíritu] “menos
esclavo de las cosas, puede más fácilmente
elevarse a la adoración y a la contemplación
del Creador”»[150].
La técnica permite dominar la materia,
reducir los riesgos, ahorrar esfuerzos,
mejorar las condiciones de vida. Responde a
la misma vocación del trabajo humano: en la
técnica, vista como una obra del propio
talento, el hombre se reconoce a sí mismo y
realiza su propia humanidad. La técnica es
el aspecto objetivo del actuar humano[151],
cuyo origen y razón de ser está en el
elemento subjetivo: el hombre que trabaja.
Por eso, la técnica nunca es sólo técnica.
Manifiesta quién es el hombre y cuáles son
sus aspiraciones de desarrollo, expresa la
tensión del ánimo humano hacia la superación
gradual de ciertos condicionamientos
materiales. La técnica, por lo tanto, se
inserta en el mandato de cultivar y
custodiar la tierra (cf. Gn
2,15), que Dios ha confiado al hombre, y se
orienta a reforzar esa alianza entre ser
humano y medio ambiente que debe reflejar el
amor creador de Dios.
70. El desarrollo tecnológico puede alentar
la idea de la autosuficiencia de la técnica,
cuando el hombre se pregunta sólo por el
cómo, en vez de considerar los
porqués que lo impulsan a actuar. Por
eso, la técnica tiene un rostro ambiguo.
Nacida de la creatividad humana como
instrumento de la libertad de la persona,
puede entenderse como elemento de una
libertad absoluta, que desea prescindir de
los límites inherentes a las cosas. El
proceso de globalización podría sustituir
las ideologías por la técnica[152],
transformándose ella misma en un poder
ideológico, que expondría a la humanidad al
riesgo de encontrarse encerrada dentro de un
a priori del cual no podría salir
para encontrar el ser y la verdad. En ese
caso, cada uno de nosotros conocería,
evaluaría y decidiría los aspectos de su
vida desde un horizonte cultural
tecnocrático, al que perteneceríamos
estructuralmente, sin poder encontrar jamás
un sentido que no sea producido por nosotros
mismos. Esta visión refuerza mucho hoy la
mentalidad tecnicista, que hace coincidir la
verdad con lo factible. Pero cuando el único
criterio de verdad es la eficiencia y la
utilidad, se niega automáticamente el
desarrollo. En efecto, el verdadero
desarrollo no consiste principalmente en
hacer. La clave del desarrollo está en una
inteligencia capaz de entender la técnica y
de captar el significado plenamente humano
del quehacer del hombre, según el horizonte
de sentido de la persona considerada en la
globalidad de su ser. Incluso cuando el
hombre opera a través de un satélite o de un
impulso electrónico a distancia, su actuar
permanece siempre humano, expresión de una
libertad responsable. La técnica atrae
fuertemente al hombre, porque lo rescata de
las limitaciones físicas y le amplía el
horizonte. Pero la libertad humana es
ella misma sólo cuando responde a esta
atracción de la técnica con decisiones que
son fruto de la responsabilidad moral.
De ahí la necesidad apremiante de una
formación para un uso ético y responsable de
la técnica. Conscientes de esta atracción de
la técnica sobre el ser humano, se debe
recuperar el verdadero sentido de la
libertad, que no consiste en la seducción de
una autonomía total, sino en la respuesta a
la llamada del ser, comenzando por nuestro
propio ser.
71. Esta posible desviación de la mentalidad
técnica de su originario cauce humanista se
muestra hoy de manera evidente en la
tecnificación del desarrollo y de la paz. El
desarrollo de los pueblos es considerado con
frecuencia como un problema de ingeniería
financiera, de apertura de mercados, de
bajadas de impuestos, de inversiones
productivas, de reformas institucionales, en
definitiva como una cuestión exclusivamente
técnica. Sin duda, todos estos ámbitos
tienen un papel muy importante, pero
deberíamos preguntarnos por qué las
decisiones de tipo técnico han funcionado
hasta ahora sólo en parte. La causa es mucho
más profunda. El desarrollo nunca estará
plenamente garantizado plenamente por
fuerzas que en gran medida son automáticas e
impersonales, ya provengan de las leyes de
mercado o de políticas de carácter
internacional. El desarrollo es imposible
sin hombres rectos, sin operadores
económicos y agentes políticos que sientan
fuertemente en su conciencia la llamada al
bien común. Se necesita tanto la
preparación profesional como la coherencia
moral. Cuando predomina la absolutización de
la técnica se produce una confusión entre
los fines y los medios, el empresario
considera como único criterio de acción el
máximo beneficio en la producción; el
político, la consolidación del poder; el
científico, el resultado de sus
descubrimientos. Así, bajo esa red de
relaciones económicas, financieras y
políticas persisten frecuentemente
incomprensiones, malestar e injusticia; los
flujos de conocimientos técnicos aumentan,
pero en beneficio de sus propietarios,
mientras que la situación real de las
poblaciones que viven bajo y casi siempre al
margen de estos flujos, permanece
inalterada, sin posibilidades reales de
emancipación.
72. También la paz corre a veces el riesgo
de ser considerada como un producto de la
técnica, fruto exclusivamente de los
acuerdos entre los gobiernos o de
iniciativas tendentes a asegurar ayudas
económicas eficaces. Es cierto que la
construcción de la paz necesita una red
constante de contactos diplomáticos,
intercambios económicos y tecnológicos,
encuentros culturales, acuerdos en proyectos
comunes, como también que se adopten
compromisos compartidos para alejar las
amenazas de tipo bélico o cortar de raíz las
continuas tentaciones terroristas. No
obstante, para que esos esfuerzos produzcan
efectos duraderos, es necesario que se
sustenten en valores fundamentados en la
verdad de la vida. Es decir, es preciso
escuchar la voz de las poblaciones
interesadas y tener en cuenta su situación
para poder interpretar de manera adecuada
sus expectativas. Todo esto debe estar unido
al esfuerzo anónimo de tantas personas que
trabajan decididamente para fomentar el
encuentro entre los pueblos y favorecer la
promoción del desarrollo partiendo del amor
y de la comprensión recíproca. Entre estas
personas encontramos también fieles
cristianos, implicados en la gran tarea de
dar un sentido plenamente humano al
desarrollo y la paz.
73. El desarrollo tecnológico está
relacionado con la influencia cada vez mayor
de los medios de comunicación social.
Es casi imposible imaginar ya la existencia
de la familia humana sin su presencia. Para
bien o para mal, se han introducido de tal
manera en la vida del mundo, que parece
realmente absurda la postura de quienes
defienden su neutralidad y,
consiguientemente, reivindican su autonomía
con respecto a la moral de las personas.
Muchas veces, tendencias de este tipo, que
enfatizan la naturaleza estrictamente
técnica de estos medios, favorecen de hecho
su subordinación a los intereses económicos,
al dominio de los mercados, sin olvidar el
deseo de imponer parámetros culturales en
función de proyectos de carácter ideológico
y político. Dada la importancia fundamental
de los medios de comunicación en determinar
los cambios en el modo de percibir y de
conocer la realidad y la persona humana
misma, se hace necesaria una seria reflexión
sobre su influjo, especialmente sobre la
dimensión ético-cultural de la globalización
y el desarrollo solidario de los pueblos. Al
igual que ocurre con la correcta gestión de
la globalización y el desarrollo, el
sentido y la finalidad de los medios de
comunicación debe buscarse en su fundamento
antropológico. Esto quiere decir que
pueden ser ocasión de humanización no
sólo cuando, gracias al desarrollo
tecnológico, ofrecen mayores posibilidades
para la comunicación y la información, sino
sobre todo cuando se organizan y se orientan
bajo la luz de una imagen de la persona y el
bien común que refleje sus valores
universales. El mero hecho de que los medios
de comunicación social multipliquen las
posibilidades de interconexión y de
circulación de ideas, no favorece la
libertad ni globaliza el desarrollo y la
democracia para todos. Para alcanzar estos
objetivos se necesita que los medios de
comunicación estén centrados en la promoción
de la dignidad de las personas y de los
pueblos, que estén expresamente animados por
la caridad y se pongan al servicio de la
verdad, del bien y de la fraternidad natural
y sobrenatural. En efecto, la libertad
humana está intrínsecamente ligada a estos
valores superiores. Los medios pueden
ofrecer una valiosa ayuda al aumento de la
comunión en la familia humana y al ethos
de la sociedad, cuando se convierten en
instrumentos que promueven la participación
universal en la búsqueda común de lo que es
justo.
74. En la actualidad, la bioética es
un campo prioritario y crucial en la lucha
cultural entre el absolutismo de la técnica
y la responsabilidad moral, y en el que está
en juego la posibilidad de un desarrollo
humano e integral. Éste es un ámbito muy
delicado y decisivo, donde se plantea con
toda su fuerza dramática la cuestión
fundamental: si el hombre es un producto de
sí mismo o si depende de Dios. Los
descubrimientos científicos en este campo y
las posibilidades de una intervención
técnica han crecido tanto que parecen
imponer la elección entre estos dos tipos de
razón: una razón abierta a la trascendencia
o una razón encerrada en la inmanencia.
Estamos ante un aut aut decisivo.
Pero la racionalidad del quehacer técnico
centrada sólo en sí misma se revela como
irracional, porque comporta un rechazo firme
del sentido y del valor. Por ello, la
cerrazón a la trascendencia tropieza con la
dificultad de pensar cómo es posible que de
la nada haya surgido el ser y de la
casualidad la inteligencia[153].
Ante estos problemas tan dramáticos, razón y
fe se ayudan mutuamente. Sólo juntas
salvarán al hombre. Atraída por el puro
quehacer técnico, la razón sin la fe se ve
avocada a perderse en la ilusión de su
propia omnipotencia. La fe sin la razón
corre el riesgo de alejarse de la vida
concreta de las personas[154].
75. Pablo VI había percibido y señalado ya
el alcance mundial de la cuestión social[155].
Siguiendo esta línea, hoy es preciso afirmar
que la cuestión social se ha convertido
radicalmente en una cuestión antropológica,
en el sentido de que implica no sólo el modo
mismo de concebir, sino también de manipular
la vida, cada día más expuesta por la
biotecnología a la intervención del hombre.
La fecundación in vitro, la
investigación con embriones, la posibilidad
de la clonación y de la hibridación humana
nacen y se promueven en la cultura actual
del desencanto total, que cree haber
desvelado cualquier misterio, puesto que se
ha llegado ya a la raíz de la vida. Es aquí
donde el absolutismo de la técnica encuentra
su máxima expresión. En este tipo de
cultura, la conciencia está llamada
únicamente a tomar nota de una mera
posibilidad técnica. Pero no han de
minimizarse los escenarios inquietantes para
el futuro del hombre, ni los nuevos y
potentes instrumentos que la «cultura de la
muerte» tiene a su disposición. A la plaga
difusa, trágica, del aborto, podría añadirse
en el futuro, aunque ya subrepticiamente
in nuce, una sistemática planificación
eugenésica de los nacimientos. Por otro
lado, se va abriendo paso una mens
eutanasica, manifestación no menos
abusiva del dominio sobre la vida, que en
ciertas condiciones ya no se considera digna
de ser vivida. Detrás de estos escenarios
hay planteamientos culturales que niegan la
dignidad humana. A su vez, estas prácticas
fomentan una concepción materialista y
mecanicista de la vida humana. ¿Quién puede
calcular los efectos negativos sobre el
desarrollo de esta mentalidad? ¿Cómo podemos
extrañarnos de la indiferencia ante tantas
situaciones humanas degradantes, si la
indiferencia caracteriza nuestra actitud
ante lo que es humano y lo que no lo es?
Sorprende la selección arbitraria de aquello
que hoy se propone como digno de respeto.
Muchos, dispuestos a escandalizarse por
cosas secundarias, parecen tolerar
injusticias inauditas. Mientras los pobres
del mundo siguen llamando a la puerta de la
opulencia, el mundo rico corre el riesgo de
no escuchar ya estos golpes a su puerta,
debido a una conciencia incapaz de reconocer
lo humano. Dios revela el hombre al hombre;
la razón y la fe colaboran a la hora de
mostrarle el bien, con tal que lo quiera
ver; la ley natural, en la que brilla la
Razón creadora, indica la grandeza del
hombre, pero también su miseria, cuando
desconoce el reclamo de la verdad moral.
76. Uno de los aspectos del actual espíritu
tecnicista se puede apreciar en la
propensión a considerar los problemas y los
fenómenos que tienen que ver con la vida
interior sólo desde un punto de vista
psicológico, e incluso meramente
neurológico. De esta manera, la interioridad
del hombre se vacía y el ser conscientes de
la consistencia ontológica del alma humana,
con las profundidades que los Santos han
sabido sondear, se pierde progresivamente.
El problema del desarrollo está
estrechamente relacionado con el concepto
que tengamos del alma del hombre, ya que
nuestro yo se ve reducido muchas veces a la
psique, y la salud del alma se confunde con
el bienestar emotivo. Estas reducciones
tienen su origen en una profunda
incomprensión de lo que es la vida
espiritual y llevan a ignorar que el
desarrollo del hombre y de los pueblos
depende también de las soluciones que se dan
a los problemas de carácter espiritual.
El desarrollo debe abarcar, además de un
progreso material, uno espiritual,
porque el hombre es «uno en cuerpo y alma»[156],
nacido del amor creador de Dios y destinado
a vivir eternamente. El ser humano se
desarrolla cuando crece espiritualmente,
cuando su alma se conoce a sí misma y la
verdad que Dios ha impreso germinalmente en
ella, cuando dialoga consigo mismo y con su
Creador. Lejos de Dios, el hombre está
inquieto y se hace frágil. La alienación
social y psicológica, y las numerosas
neurosis que caracterizan las sociedades
opulentas, remiten también a este tipo de
causas espirituales. Una sociedad del
bienestar, materialmente desarrollada, pero
que oprime el alma, no está en sí misma bien
orientada hacia un auténtico desarrollo. Las
nuevas formas de esclavitud, como la droga,
y la desesperación en la que caen tantas
personas, tienen una explicación no sólo
sociológica o psicológica, sino
esencialmente espiritual. El vacío en que el
alma se siente abandonada, contando incluso
con numerosas terapias para el cuerpo y para
la psique, hace sufrir. No hay desarrollo
pleno ni un bien común universal sin el bien
espiritual y moral de las personas,
consideradas en su totalidad de alma y
cuerpo.
77. El absolutismo de la técnica tiende a
producir una incapacidad de percibir todo
aquello que no se explica con la pura
materia. Sin embargo, todos los hombres
tienen experiencia de tantos aspectos
inmateriales y espirituales de su vida.
Conocer no es sólo un acto material, porque
lo conocido esconde siempre algo que va más
allá del dato empírico. Todo conocimiento,
hasta el más simple, es siempre un pequeño
prodigio, porque nunca se explica
completamente con los elementos materiales
que empleamos. En toda verdad hay siempre
algo más de lo que cabía esperar, en el amor
que recibimos hay siempre algo que nos
sorprende. Jamás deberíamos dejar de
sorprendernos ante estos prodigios. En todo
conocimiento y acto de amor, el alma del
hombre experimenta un «más» que se asemeja
mucho a un don recibido, a una altura a la
que se nos lleva. También el desarrollo del
hombre y de los pueblos alcanza un nivel
parecido, si consideramos la dimensión
espiritual que debe incluir
necesariamente el desarrollo para ser
auténtico. Para ello se necesitan unos ojos
nuevos y un corazón nuevo, que superen la
visión materialista de los acontecimientos
humanos y que vislumbren en el
desarrollo ese «algo más» que la técnica no
puede ofrecer. Por este camino se podrá
conseguir aquel desarrollo humano e
integral, cuyo criterio orientador se halla
en la fuerza impulsora de la caridad en la
verdad. |
|
CONCLUSIÓN
78. Sin Dios el hombre no
sabe donde ir ni tampoco logra entender
quién es. Ante los grandes problemas
del desarrollo de los pueblos, que nos
impulsan casi al desasosiego y al
abatimiento, viene en nuestro auxilio la
palabra de Jesucristo, que nos hace saber:
«Sin mí no podéis hacer nada» (Jn
15,5). Y nos anima: «Yo estoy con vosotros
todos los días, hasta el final del mundo» (Mt
28,20). Ante el ingente trabajo que
queda por hacer, la fe en la presencia de
Dios nos sostiene, junto con los que se unen
en su nombre y trabajan por la justicia.
Pablo VI nos ha recordado en la
Populorum progressio que el hombre
no es capaz de gobernar por sí mismo su
propio progreso, porque él solo no puede
fundar un verdadero humanismo. Sólo si
pensamos que se nos ha llamado
individualmente y como comunidad a formar
parte de la familia de Dios como hijos
suyos, seremos capaces de forjar un
pensamiento nuevo y sacar nuevas energías al
servicio de un humanismo íntegro y
verdadero. Por tanto, la fuerza más poderosa
al servicio del desarrollo es un humanismo
cristiano,[157]
que vivifique la caridad y que se deje guiar
por la verdad, acogiendo una y otra como un
don permanente de Dios. La disponibilidad
para con Dios provoca la disponibilidad para
con los hermanos y una vida entendida como
una tarea solidaria y gozosa. Al contrario,
la cerrazón ideológica a Dios y el
indiferentismo ateo, que olvida al Creador y
corre el peligro de olvidar también los
valores humanos, se presentan hoy como uno
de los mayores obstáculos para el
desarrollo. El humanismo que excluye a
Dios es un humanismo inhumano. Solamente
un humanismo abierto al Absoluto nos puede
guiar en la promoción y realización de
formas de vida social y civil —en el ámbito
de las estructuras, las instituciones, la
cultura y el ethos—, protegiéndonos
del riesgo de quedar apresados por las modas
del momento. La conciencia del amor
indestructible de Dios es la que nos
sostiene en el duro y apasionante compromiso
por la justicia, por el desarrollo de los
pueblos, entre éxitos y fracasos, y en la
tarea constante de dar un recto ordenamiento
a las realidades humanas. El amor de Dios
nos invita a salir de lo que es limitado y
no definitivo, nos da valor para trabajar y
seguir en busca del bien de todos, aun
cuando no se realice inmediatamente, aun
cuando lo que consigamos nosotros, las
autoridades políticas y los agentes
económicos, sea siempre menos de lo que
anhelamos[158].
Dios nos da la fuerza para luchar y sufrir
por amor al bien común, porque Él es nuestro
Todo, nuestra esperanza más grande.
79. El desarrollo necesita
cristianos con los brazos levantados hacia
Dios en oración, cristianos conscientes
de que el amor lleno de verdad, caritas
in veritate, del que procede el
auténtico desarrollo, no es el resultado de
nuestro esfuerzo sino un don. Por ello,
también en los momentos más difíciles y
complejos, además de actuar con sensatez,
hemos de volvernos ante todo a su amor. El
desarrollo conlleva atención a la vida
espiritual, tener en cuenta seriamente la
experiencia de fe en Dios, de fraternidad
espiritual en Cristo, de confianza en la
Providencia y en la Misericordia divina, de
amor y perdón, de renuncia a uno mismo, de
acogida del prójimo, de justicia y de paz.
Todo esto es indispensable para transformar
los «corazones de piedra» en «corazones de
carne» (Ez 36,26), y hacer así la
vida terrena más «divina» y por tanto más
digna del hombre. Todo esto es del
hombre, porque el hombre es sujeto de su
existencia; y a la vez es de Dios,
porque Dios es el principio y el fin de
todo lo que tiene valor y nos redime: «el
mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo
futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo,
y Cristo de Dios» (1 Co 3,22-23). El
anhelo del cristiano es que toda la familia
humana pueda invocar a Dios como «Padre
nuestro». Que junto al Hijo unigénito, todos
los hombres puedan aprender a rezar al Padre
y a suplicarle con las palabras que el mismo
Jesús nos ha enseñado, que sepamos
santificarlo viviendo según su voluntad, y
tengamos también el pan necesario de cada
día, comprensión y generosidad con los que
nos ofenden, que no se nos someta
excesivamente a las pruebas y se nos libre
del mal (cf. Mt 6,9-13).
Al concluir el Año Paulino,
me complace expresar este deseo con las
mismas palabras del Apóstol en su carta a
los Romanos: «Que vuestra caridad no
sea una farsa: aborreced lo malo y apegaos a
lo bueno. Como buenos hermanos, sed
cariñosos unos con otros, estimando a los
demás más que a uno mismo» (12,9-10).
Que la Virgen María, proclamada por
Pablo VI Mater Ecclesiae y honrada
por el pueblo cristiano como Speculum
iustitiae y Regina pacis, nos
proteja y nos obtenga por su intercesión
celestial la fuerza, la esperanza y la
alegría necesaria para continuar
generosamente la tarea en favor del
«desarrollo de todo el hombre y de todos los
hombres»[159].
Dado en Roma, junto a San
Pedro, el 29 de junio, solemnidad de San
Pedro y San Pablo, del año 2009, quinto de
mi Pontificado.
BENEDICTO XVI
[1]
Cf. Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio (26 marzo
1967), 22: AAS 59 (1967), 268; Conc. Ecum.
Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes, sobre la Iglesia en
el mundo actual, 69.
[2]
Homilía para la «Jornada del desarrollo» (
23 agosto 1968): AAS 60 (1968),
626-627.
[3]
Cf. Juan Pablo II,
Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz
2002: AAS 94 (2002),
132-140.
[4]
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes, sobre la Iglesia en
el mundo actual, 26.
[5]
Cf. Juan XXIII, Carta enc.
Pacem in terris (11 abril 1963):
AAS 55 (1963), 268-270.
[6]
Cf. n. 16: l.c., 265.
[7]
Cf. ibíd., 82: l.c., 297.
[8]
Ibíd., 42: l.c., 278.
[9]
Ibíd., 20: l.c., 267.
[10]
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes, sobre la Iglesia en
el mundo actual, 36; Pablo VI, Carta ap.
Octogesima adveniens (14 mayo 1971),
4: AAS 63 (1971), 403-404; Juan Pablo
II, Carta enc.
Centesimus annus (1 mayo 1991), 43:
AAS 83 (1991), 847.
[11]
Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 13: l.c.,
263-264.
[12]
Cf. Consejo Pontificio de Justicia y Paz,
Compendio de la doctrina social de la
Iglesia, n. 76.
[13]
Cf.
Discurso en la inauguración de la V
Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano y del Caribe (13
mayo 2007): L’Osservatore Romano, ed. en
lengua española (25 mayo 2007), pp.
9-11.
[14]
Cf. nn. 3-5: l.c., 258-260.
[15]
Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Sollicitudo rei socialis (30
diciembre 1987) 6-7: AAS 80 (1988),
517-519.
[16]
Cf. Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 14: l.c.,
264.
[17]
Carta enc.
Deus caritas est (25 diciembre
2005), 18: AAS 98 (2006), 232.
[18]
Ibíd., 6: l.c., 222.
[19]
Cf.
Discurso a la Curia Romana con motivo de
las felicitaciones navideñas (22
diciembre 2005): L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (30
diciembre 2005), pp. 9-12.
[20]
Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Sollicitudo rei socialis, 3: l.c.,
515.
[21]
Cf.
ibíd., 1: l.c., 513-514.
[22]
Cf.
ibíd., 3: l.c., 515.
[23]
Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Laborem exercens (14 septiembre
1981), 3: AAS 73 (1981), 583-584.
[24]
Cf. Id., Carta enc.
Centesimus annus, 3: l.c.,
794-796.
[25]
Cf. Carta enc.
Populorum progressio, 3: l.c.,
258.
[26] Cf.
ibíd., 34: l.c., 274.
[27]
Cf. nn. 8-9: AAS 60 (1968), 485-487;
Benedicto XVI,
Discurso a los participantes en el Congreso
Internacional con ocasión del 40 aniversario
de la encíclica «Humanae vitae» (10
mayo 2008): L’Osservatore Romano, ed. en
lengua española (16 mayo 2008), p. 8.
[28]
Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Evangelium vitae (25 marzo 1995),
93: AAS 87 (1995), 507-508.
[29]
Ibíd., 101: l.c., 516-518.
[30]
N. 29: AAS 68 (1976), 25.
[31]
Ibíd., 31: l.c., 26.
[32]
Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Sollicitudo rei socialis, 41:
l.c., 570-572.
[33]
Ibíd.; Id., Carta enc. Centesimus
annus,
5.
54: l.c., 799. 859-860.
[34]
N. 15: l.c., 265.
[35]
Cf. ibíd., 2: l.c., 258; León
XIII, Carta enc.
Rerum novarum (15 mayo 1891):
Leonis XIII P.M. Acta, XI, Romae 1892,
97-144; Juan Pablo II, Carta enc.
Sollicitudo rei socialis, 8: l.c.,
519-520; Id., Carta enc.
Centesimus annus, 5: l.c.,
799.
[36]
Cf. Carta enc.
Populorum progressio, 2. 13:
l.c., 258. 263-264.
[37]
Ibíd., 42: l.c., 278.
[38]
Ibíd., 11: l.c., 262; Juan
Pablo II, Carta enc.
Centesimus annus, 25: l.c.,
822-824.
[39]
Carta enc.
Populorum progressio, 15:
l.c., 265.
[40]
Ibíd., 3: l.c., 258.
[41]
Ibíd., 6: l.c., 260.
[42]
Ibíd., 14: l.c., 264.
[43]
Ibíd.; cf. Juan Pablo II, Carta
enc.
Centesimus annus, 53-62: l.c.,
859-867; Id., Carta enc. Redemptor
hominis (4 marzo 1979),
13-14:
AAS 71 (1979), 282-286.
[44]
Cf. Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 12:
l.c., 262-263.
[45]
Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 22.
[46]
Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 13:
l.c., 263-264.
[47]
Cf.
Discurso a los participantes en la IV
Asamblea Eclesial Nacional Italiana
(19 octubre 2006): L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (27
octubre 2006), pp. 8-10.
[48]
Cf. Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 16:
l.c., 265.
[49]
Ibíd.
[50]
Discurso en la ceremonia de acogida de
los jóvenes (17 julio 2008):
L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (25 julio 2008), pp. 4-5.
[51]
Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 20:
l.c., 267.
[52]
Ibíd., 66: l.c., 289-290.
[53]
Ibíd., 21: l.c., 267-268.
[54]
Cf. nn. 3. 29. 32: l.c.,
258. 272. 273.
[55]
Cf. Carta enc.Sollicitudo
rei socialis, 28: l.c.,
548-550.
[56]
Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 9: l.c.,
261-262.
[57]
Cf. Carta enc.
Sollicitudo rei socialis, 20:
l.c., 536-537.
[58]
Cf. Carta enc.Centesimus
annus, 22-29: l.c.,
819-830.
[59]
Cf. nn. 23. 33: l.c., 268-269.
273-274.
[60]
Cf. l.c., 135.
[61]
Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 63.
[62]
Cf. Juan Pablo II, Carta enc.Centesimus
annus, 24: l.c., 821-822.
[63]
Cf. Id., Carta enc. Veritatis
splendor (6 agosto 1993),
33.
46.
51: AAS 85 (1993), 1160.
1169-1171. 1174-1175; Id.,
Discurso a la Asamblea General de la
Organización de las Naciones Unidas
(5 octubre 1995), 3: L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española
(13 octubre 1995), p. 7.
[64]
Cf. Carta enc.
Populorum progressio, 47:
l.c., 280-281; Juan Pablo II, Carta
enc.
Sollicitudo rei socialis, 42:
l.c., 572-574.
[65]
Cf.
Mensaje con ocasión de la Jornada
Mundial de la Alimentación 2007:
AAS 99 (2007), 933-935.
[66]
Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Evangelium vitae,
18.
59.
63-64:
l.c., 419-421. 467-468. 472-475.
[67]
Cf.
Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz 2007, 5: L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (15
diciembre 2006), p. 5.
[68]
Cf. Juan Pablo II,
Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz 2002, 4-7. 12-15: AAS
94 (2002), 134-136. 138-140; Id.,
Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz 2004, 8: AAS 96
(2004), 119; Id.,
Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz 2005, 4: AAS 97
(2005), 177-178; Benedicto XVI,
Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz 2006, 9-10: AAS 98
(2006), 60-61; Id.,
Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz 2007, 5. 14: l.c.,
5-6.
[69]
Cf. Juan Pablo II,
Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz 2002, 6: l.c.,
135; Benedicto XVI,
Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz 2006, 9-10: l.c.,
60-61.
[70]
Cf.
Homilía durante la Santa Misa en la
explanada de «Isling» de Ratisbona
(12 septiembre 2006): L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (22
septiembre 2006), pp. 9-10.
[71]
Cf. Carta enc.
Deus caritas est, 1: l.c.,
217-218.
[72]
Juan Pablo II, Carta enc.
Sollicitudo rei socialis, 28:
l.c., 548-550.
[73]
Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 19:
l.c., 266-267.
[74]
Ibíd., 39: l.c., 276-277.
[75] Ibíd.,
75: l.c., 293-294.
[76]
Cf. Carta enc.
Deus caritas est, 28: l.c.,
238-240.
[77]
Juan Pablo II, Carta enc.
Centesimus annus, 59: l.c.,
864.
[78]
Cf. Carta enc.
Populorum progressio, 40. 85:
l.c., 277. 298-299.
[79]
Ibíd., 13: l.c., 263-264.
[80]
Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Fides et ratio (14 septiembre
1998),
85: AAS 91 (1999), 72-73.
[81]
Cf. ibíd.,
83: l.c., 70-71.
[82]
Discurso en la Universidad de Ratisbona (12
septiembre 2006): L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (22
septiembre 2006), pp. 11-13.
[83]
Cf. Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 33:
l.c., 273-274.
[84]
Juan Pablo II,
Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz 2000, 15: AAS 92
(2000), 366.
[85]
Catecismo de la Iglesia Católica,
407; cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Centesimus annus, 25: l.c.,
822-824.
[86]
Cf. Carta enc.
Spe salvi (30 noviembre 2007),
17: AAS 99 (2007), 1000.
[87]
Cf.
ibíd., 23: l.c.,
1004-1005.
[88]
San Agustín explica detalladamente esta
enseñanza en el diálogo sobre el libre
albedrío (De libero arbitrio II
3, 8 ss.). Señala la existencia en el
alma humana de un «sentido interior».
Este sentido consiste en una acción que
se realiza al margen de las funciones
normales de la razón, una acción previa
a la reflexión y casi instintiva, por la
que la razón, dándose cuenta de su
condición transitoria y falible, admite
por encima de ella la existencia de algo
externo, absolutamente verdadero y
cierto. El nombre que San Agustín asigna
a veces a esta verdad interior es el de
Dios (Confesiones X, 24, 35; XII,
25, 35; De libero arbitrio II 3,
8), pero más a menudo el de Cristo (De
Magistro 11, 38; Confesiones
VII, 18, 24; XI, 2, 4).
[89]
Carta enc.
Deus caritas est, 3: l.c.,
219.
[90]
Cf. n. 49: l.c., 281.
[91]
Juan Pablo II, Carta enc.
Centesimus annus, 28: l.c.,
827-828.
[92]
Cf. n. 35: l.c., 836-838.
[93]
Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Sollicitudo rei socialis, 38:
l.c., 565-566.
[94]
N. 44: l.c., 279.
[95]
Cf. ibíd., 24: l.c., 269.
[96]
Cf. Carta enc.
Centesimus annus, 36: l.c.,
838-840.
[97]
Cf. Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 24:
l.c., 269.
[98]
Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Centesimus annus, 32: l.c.,
832-833; Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 25:
l.c.,
269-270.
[99]
Juan Pablo II, Carta enc.
Laborem exercens, 24: l.c.,
637-638.
[100]
Ibíd., 15: l.c., 616-618.
[101]
Carta enc.
Populorum progressio, 27:
l.c., 271.
[102]
Cf. Congregación para la doctrina de la
fe, Instr. Libertatis conscientia,
sobre la libertad cristiana y la
liberación (22 marzo 1987), 74: AAS
79 (1987), 587.
[103]
Cf. Juan Pablo II, Entrevista al
periódico «La Croix», 20 de agosto de
1997.
[104]
Juan Pablo II,
Discurso a la Pontificia Academia de las
Ciencias Sociales (27 abril
2001): AAS 93 (2001), 598-601.
[105]
Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 17:
l.c., 265-266.
[106] Cf.
Juan Pablo II,
Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz 2003, 5: AAS 95
(2003), 343.
[107]
Cf. ibíd.
[108]
Cf.
Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz 2007, 13: l.c., 6.
[109]
Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 65:
l.c., 289.
[110]
Cf., ibíd., 36-37: l.c.,
275-276.
[111]
Cf. ibíd., 37: l.c.,
275-276.
[112]
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Apostolicam actuositatem, sobre
el apostolado de los laicos, 11.
[113]
Cf. Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 14:
l.c., 264; Juan Pablo II, Carta enc.
Centesimus annus, 32: l.c.,
832-833.
[114]
Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 77:
l.c., 295.
[115]
Cf. Juan Pablo II,
Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz 1990, 6: AAS 82
(1990), 150.
[116]
Heráclito de Éfeso (Éfeso 535 a.C. ca. —
475 a.C. ca.), Fragmento 22B124,
en: H. Diels — w. kranz, Die
Fragmente der Vorsokratiker,
Weidmann, Berlín 1952.
[117]
Cf. Consejo Pontificio de Justicia y
Paz, Compendio de la doctrina social
de la Iglesia, nn. 451-487.
[118]
Cf. Juan Pablo II,
Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz 1990, 10: l.c.,
152-153.
[119]
Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 65:
l.c., 289.
[120]
Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz 2008, 7: AAS 100
(2008), 41.
[121]
Cf.
Discurso a los miembros de la Asamblea
General de la Organización de las
Naciones Unidas (18 abril 2008):
L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (25 abril 2008), pp. 10-11.
[122]
Cf. Juan Pablo II,
Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz 1990, 13: l.c.,
154-155.
[123]
Id., Carta enc.
Centesimus annus, 36: l.c.,
838-840.
[124]
Ibíd., 38: l.c.,
840-841;cf. Benedicto XVI,
Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz 2007, 8: l.c., 6.
[125]
Cf. Juan Pablo II, Carta Enc.
Centesimus annus, 41: l.c.,
843-845.
[126]
Ibíd.
[127]
Cf. Id., Carta Enc.
Evangelium vitae, 20: l.c.,
422-424.
[128]
Carta Enc.
Populorum progressio, 85: l.c.,
298-299.
[129]
Cf. Juan Pablo II,
Mensaje para la Jornada Mundial de la
Paz 1998, 3: AAS 90
(1998), 150; Id.,
Discurso a los Miembros de la
Fundación «Centesimus Annus»
pro Pontífice (9 mayo 1998), 2:
L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (22 mayo 1998), p. 6; Id.,
Discurso a las autoridades y al
Cuerpo diplomático durante el encuentro
en el «Wiener Hofburg»
(20 junio 1998), 8: L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (26
junio 1998), p. 10; Id.,
Mensaje al Rector Magnífico de la
Universidad Católica del Sagrado Corazón
(5 mayo 2000), 6: L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (26
mayo 2000), p. 3.
[130]
Según Santo Tomás «ratio partis
contrariatur rationi personae» en III
Sent d. 5, 3, 2; también: «Homo non
ordinatur ad communitatem politicam
secundum se totum et secundum omnia sua»
en Summa Theologiae, I-II, q.
21, a. 4., ad 3um.
[131]
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia,
1.
[132]
Cf. Juan Pablo II,
Discurso a la VI sesión pública de las
Academias Pontificias (8
noviembre 2001), 3: L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (16
noviembre 2001), p. 7.
[133]
Cf. Congregación para la Doctrina de la
Fe, Declaración
Dominus Iesus, sobre la unicidad
y la universalidad salvífica de
Jesucristo y de la Iglesia (6 agosto
2000), 22: AAS 92 (2000),
763-764; Id.,
Nota doctrinal sobre algunas cuestiones
relativas al compromiso y la conducta de
los católicos en la vida política
(24 noviembre 2002), 8:
AAS 96 (2004), 369-370.
[134]
Carta Enc.
Spe salvi, 31: l.c.,
1010; cf.
Discurso a los participantes en la IV
Asamblea Eclesial Nacional Italiana
(19 octubre 2006): l.c., 8-10.
[135]
Juan Pablo II, Carta Enc.
Centesimus annus, 5: l.c.,
798-800; cf. Benedicto XVI,
Discurso a los participantes en la IV
Asamblea Eclesial Nacional Italiana
(19 octubre 2006): l.c., 8-10.
[136]
N. 12.
[137]
Cf. Pío XI, Carta enc.
Quadragesimo anno (15 mayo
1931): AAS 23 (1931), 203; Juan
Pablo II, Carta enc.
Centesimus annus, 48: l.c.,
852-854;
Catecismo de la Iglesia Católica,
1883.
[138]
Cf. Juan XXIII, Carta enc.
Pacem in terris: l.c.,
274.
[139]
Cf. Pablo VI, Carta Enc.
Populorum progressio, 10. 41:
l.c., 262. 277-278.
[140]
Cf.
Discurso a los participantes en la
sesión plenaria de la Comisión Teológica
Internacional (5 octubre 2007):
L’Osservatore Romano, ed. en lengua
española (12 octubre 2007), p. 3;
Discurso a los participantes en el
Congreso Internacional sobre «La ley
moral natural» organizado por la
Pontificia Universidad Lateranense
(12 febrero 2007): L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (16
febrero 2007), p. 3.
[141]
Cf.
Discurso a los Obispos de Tailandia en
visita «ad limina apostolorum»
(16 mayo 2008): L’Osservatore Romano,
ed. en lengua española (30 mayo
2008), p. 14.
[142]
Cf. Pontificio Consejo para la Pastoral
de los Emigrantes e Itinerantes,
Instr. Erga migrantes caritas Christi
(3 mayo 2004): AAS 96 (2004),
762-822.
[143]
Juan Pablo II, Carta enc.
Laborem exercens, 8: l.c.,
594-598.
[144]
Jubileo de los Trabajadores.
Saludos después de la Misa (1
mayo 2000): L’Osservatore Romano, ed.
en lengua española (5 mayo 2000), p.
6.
[145]
Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Centesimus annus, 36: l.c.,
838-840.
[146]
Cf.
Discurso a los Miembros de la Asamblea
General de la Organización de las
Naciones Unidas (18 abril 2008):
l.c., 10-11.
[147]
Cf. Juan XXIII, Carta enc.
Pacem in terris: l.c.,
293; Consejo Pontificio Justicia y Paz,
Compendio de la doctrina social de la
Iglesia, n. 441.
[148]
Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 82.
[149]
Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Sollicitudo rei socialis, 43:
l.c., 574-575.
[150]
Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 41: l.c.,
277-278; cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const.
past,
Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 57.
[151]
Cf. Juan Pablo II, Carta enc.
Laborem exercens, 5: l.c.,
586-589.
[152]
Cf. Pablo IV, Carta apost.
Octogesima adveniens, 29:
l.c., 420.
[153]
Cf.
Discurso a los participantes en el IV
Asamblea Eclesial Nacional Italiana,
(19 octubre 2006): l.c.,
8-10;
Homilía durante la Santa Misa en la
explanada de «Isling» de Ratisbona
(12 septiembre 2006): l.c., 9-10.
[154]
Cf. Congregación para la Doctrina de la
Fe, Instr.
Dignitas personae sobre algunas
cuestiones de bioética (8 septiembre
2008): AAS 100 (2008), 858-887.
[155]
Cf. Carta enc.
Populorum progressio, 3: l.c.,
258.
[156] Conc.
Ecum. Vat. II, Const. past.
Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 14.
[157]
Cf. n. 42: l.c., 278.
[158]
Cf. Carta enc.
Spe salvi, 35: l.c.,
1013-1014.
[159]
Pablo VI, Carta enc.
Populorum progressio, 42:
l.c., 278.
|
|